¿Acabará la envidia y la hipocresía del pueblo con los buenos políticos?
El francés, premio Nóbel de literatura del año 1021, Anatole France, se expresó en el siguiente sentido cuando le preguntaron por qué no se dedicaba a la política: “No estoy tan desprovisto de aptitudes como para tenerme que dedicar a la política”. Una frase sobre la que los votantes españoles deberíamos reflexionar, cuando nos entra este espíritu justiciero, del que todos estamos tan poseídos, siempre que se trata de exigir a otras personas lo que, en la mayoría de ocasiones, seríamos incapaces de pedirnos a nosotros mismos.
El espíritu crítico de los españoles respeto a la actuación de quienes nos gobiernan siempre se ha caracterizado por la poca profundidad con la que se opina sobre su gestión, la superficialidad con la que nos permitimos juzgar sobre sus actuaciones, la facilidad con la que nos dejamos influir por opiniones de otros, en muchas ocasiones, provenientes de noticias falsas o deformadas o, no suficientemente comprobadas y calibradas. Las opiniones de cafetín, las sentencias de los “enterados” de turno o las maledicencias que los agitadores o charlatanes callejeros, en muchas ocasiones, son suficientes para crear un estado de opinión contrario a políticas bien enfocadas, cuando no se tiene la precaución de valorar con seriedad las causas, las circunstancias y las opciones que, el gobernante, ha tenido que valorar antes de decidirse por optar por la que a él le ha parecido la mejor o la menos mala o, incluso, la única que, en el contexto en el que se ha de tomar, es posible llevar a cabo.
Es cierto que, en cada ciudadano, existe un juez capaz de juzgar a los demás con una exigencia, una dureza y una intolerancia que nada tendría que ver con la forma en la que califica a sus familiares, a aquellos con los que tiene una buena amistad o a los políticos de su partido de toda la vida, para los que siempre halla justificaciones, excusas, explicaciones y motivos de tolerancia, indulgencia y disimulo. Y me voy a referir, a contra corriente por supuesto, a todos estos exigentes líderes de estos nuevos partidos que, recientemente, han surgido como setas en esta vieja y empolvada piel de toro de nuestra península patria. Tanto los de Ciudadanos, como los de Podemos o incluso estos separatistas catalanes de nuevo cuño integrados en las huestes comunistoides de la señora Ada Colau o las Mareas de Galicia etc., que presumen de íntegros, de puros, de no haberse apropiado nunca de un solo euro y, al menos de boquilla, de no haber estafado nunca a Hacienda en sus declaraciones del IBA, del IRPF, en sus compraventas de inmuebles o en los pagos que puedan haber hecho, sin ningún remordimiento, de muchas de sus facturas a proveedores en esta clase de dinero que todos conocemos como “negro”. En definitiva de aquellos que sólo hablan de “regeneración”
Hay que distinguir entre los que nunca han defraudado un duro a la Hacienda, porque no han querido hacerlo que, seguramente, serán tantos como aquellos que nunca han pecado y, aquellos otros que no lo han hecho porque no han tenido ocasión ni posibilidad alguna de poder hacerlo (todos aquellos que cobran una nómina de la que, quieran o no, tienen que soportar que se les retenga el tanto por ciento fijado por la Ley.) Y ahora nos haremos la pregunta de ritual: ¿Es pecado defraudar a Hacienda? Si nos remontamos a más de 50 años atrás se puede decir que no había ciudadano en España que declarase lo que las leyes que regulaban los impuestos, especialmente el que gravaba las percepciones anuales, hoy IRPF, fijaban. La diferencia entre lo recaudado y lo declarado eran abismales y la práctica de defraudar al fisco era bien acogida por la mayoría de los tributantes. Entonces los pecados sólo se referían al sexo, a los malos pensamientos y en la pornografía. Nunca en un púlpito ningún sacerdote predicaba la obligación de pagar los impuestos que reclamaba el Estado.
Ahora, por el contrario, nunca se habla de los pecados de la carne, de los manoseos de las partes íntimas y de los yacimientos carnales, tan en boga en la actual sociedad pero, señores, se ha convertido en un pecado capital el tener dinero, el defraudar al fisco o el dejar de pagar la paga a un empleado. No es que defendamos estas actitudes, pero lo que argumentamos es que, en todas estas descalificaciones tan extendidas, en esta intransigencia con quien quiera evitar que Hacienda le desplume suele existir un poso de envidia, de disgusto por no haber podido hacerlo uno mismo, de mala voluntad hacia quien ha conseguido hacerlo sin que le pillen y de pataleta por ver que hay quien, ganando mucho más que uno, se las arregla para pagar menos al fisco, aunque, en realidad, en muchos casos, consiga hacerlo sin salirse de la legalidad.
Y todo este largo preámbulo viene a colación con esta nueva Inquisición establecida en nuestra nación, encabezada por Ciudadanos, Podemos y todos aquellos partidos que nunca han gobernado, que no han tenido ocasión de meter mano en la caja del Estado y que, por ello, no se exponen a nada si piden el imposible, mientras los humanos no seamos una raza perfecta lo que, ya llevamos miles de años intentándolo y todavía no se ha conseguido. Estos perfeccionistas, estos radicales de la moralina regeneracionista, estos censores del comportamiento ajeno, a los que no les basta la acción de la Justicia, por cierto dedicada con ahínco y afición a sacar los trapos sucios de todo aquel que hoy sea alguien en la sociedad española y en la política; sino que intentan convertirse ellos mismos en justicieros para juzgar, incluso antes de que se pueda demostrar la culpabilidad de aquellos que han sido imputados o investigados, como ahora se dice, algo que se presta a juicios injustos, a sambenitos que producen indefensión y a prejuzgar situaciones, en ocasiones con graves perjuicios para los injustamente acusados que, aún en caso de que la Justicia resuelva a su favor, ya se ven afectados por el rechazo de la sociedad, siempre propensa a dar por bueno lo primero malo que se oye respecto a la persona sobre la que se han proferido juicios falsos y precipitados.
Incluso por el mero hecho de tener dinero en otros países, como ha sido el caso del ministro Soria, cuya familia tenía, desde hacía años, inversiones o depósitos en Guatemala, que se ha visto obligado, por las injustas y maledicentes acusaciones de la oposición, a tener que presentar su dimisión y, por si fuera poco, ahondando en la injusticia, se le impide ocupar un cargo, fuera de la política, para el cual estaba profesionalmente perfectamente capacitado. ¿Alguien puede pensar que el señor Pablo Iglesias de Podemos, estaría capacitado para un puesto semejante el en FMI o que el mismo señor Rivera, un simple abogado, podría asumir tal responsabilidad y ya no hablemos de este sujeto, incapaz de contener su soberbia, un irresponsable que se ha negado a negociar un plan de gobierno con el señor Rajoy, el señor Sánchez, tendría la menor posibilidad de ser elegido para semejante puesto? ¡No!, evidentemente que no, pero no pueden dejar pasar la ocasión de verter su bilis de políticos de baja estofa, para intentar perjudicar a su adversario, para ellos enemigo a batir, el PP del señor Rajoy.
Y cuando uno empieza a analizar la situación a la que nos va a llevar ¿qué digo?, ¡pero si ya estamos! , el que los cargos de políticos no tengan aspirantes válidos, no haya persona preparada, que se gane bien la vida, que sea inteligente y que tenga las dotes precisas pera ser un buen gobernante que, visto lo visto, comprobando las exigencias absurdas que se requieren para serlo, observando los salarios miserables que cobran y la cantidad de tiempo que precisan invertir para ocupar un cargo público y, por añadidura, las incompetencias que le van a reportar, no sólo durante la duración de su estancia en el cargo, sino, en los años siguiente al abandono del mismo; que decida dejar todas las ventajas de las que goza para meterse en un avispero en el que, aquellos con los que va a tener que competir, van a ser simples enchufados, personas sin preparación alguna chupópteros de los respectivos partidos, meros empleados y funcionarios que han ido a la caza de un buen sueldo y que, una vez instalados en su destino, no hay quien sea capaz de arrancarles de las bicocas que han conseguido.
O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, es como vemos, con espanto, como nuestra clase política va de mal en peor, cada vez con una más deficiente preparación para la función que deberá asumir; con sujetos incapaces de velar por el bien de los ciudadanos, nada más preocupados por alcanzar el poder y llevar a cabo sus propios y personales objetivos; por individuos formados en las calles, bregando contra las fuerzas del orden o quemando contenedores, convertidos, en virtud de la idiocia ciudadana, en representantes públicos, sin otra virtud que la de haber vivido del cuento y de lo que les han pagado para alterar el orden y provocar algaradas en las calles o, finalmente, por unos cuantos universitarios, sin experiencia alguna, sin oficio ni beneficio, que han encontrado, como medio de sobrevivir, dedicarse a la política y entrar en liza con los pocos buenos políticos que apenas quedan en nuestro arco parlamentario.
-Miguel Massanet-
