Árboles, plenitud de vida
Los árboles, adorno majestuoso de los campos, los conductores de la frescura y fertilidad, los que nos prestan sombra ante los rayos más directos del sol, son tan necesarios en la economía del mundo, que el hombre que estudia el arte de hacer bien a sus semejantes, no puede menos de fijar su atención en uno de los más poderosos recursos puestos a su alcance para dar un ensanche inmenso a la industria de los individuos y de las naciones.
Si tratásemos de presentar una verdad nueva y desconocida, cuando vamos a recomendar la propagación y conservación de los árboles, sólo nos valdríamos de un argumento que nos parece bastante enérgico y poderoso, y se reduciría a señalar los países que carecen de estos útiles vegetales, sea por el criminal descuido del hombre o sea por alguna otra causa. Cualquiera que ésta sea, presenta los caracteres peores para el porvenir.
El aspecto que ofrecen a los ojos del viajero estas desventuradas regiones, dice más que todo lo que podría inventar la más sublime imaginación. Todo está ligado en el orden natural de las cosas. La falta de árboles trae consigo la sequía, y son resultados de la falta de vegetación, la aridez, las enfermedades, la miseria, y por consecuencia la muerte. Es un hecho que una sola calamidad arrastra en pos de sí una larga cadena de desventuras. Los fines de la sociedad se pervierten y distraen, el hombre se degenera, su imaginación se aletarga, sus vínculos se disuelven y desaparecen los goces que ennoblecen nuestro espíritu y hermosean nuestra vida.
Considerados como vínculos de humedad y frescura, los árboles son de la mayor importancia en todos los países, y de una necesidad indispensable. Una vasta extensión de terreno desnudo produce una fuerte reverberación de rayos solares. La acción de estos se gradúa y llega a ser más intensa a medida que el terreno se calcina y se despoja de los restos de humedad que conservaba. Los vapores no se fijan, porque el calor reverberado los devuelve, y desde entonces la tierra sólo ofrece la imagen de la muerte.
No ha sido otro el origen de esos mares de arena que cubren una gran parte de la superficie del África, oponiendo una barrera eterna a la civilización y perpetuando los crímenes, la degradación, la pobreza, la esclavitud y el fanatismo.
Por el contrario, cuando los árboles cubren el suelo, el calor solar disminuye por la refracción de una superficie variada y fresca. La atmósfera superior adquiere la densidad necesaria para congregar y fijar los vapores. Disuelto éstos en lluvias saludables que riegan el suelo, fecundando los gérmenes que encierra. La agricultura encuentra preparados todos los elementos y recursos que ha menester para llegar al más alto grado de perfección. Los animales que tanto ayudan al hombre en sus trabajos de la hacienda, hallan pastos abundantes, los ríos conservan sus raudales y ofrecen riegos y útiles medios de comunicación, y de aquí se origina una serie de bienes diametralmente opuestos a los males que acabamos de describir. Más árboles para alcanzar una plenitud de vida a pie de calle.
Rafael Leopoldo Aguilera Martínez
