Celo policial y dejación de funciones
El video completo de la detención de una niña de seis años en un centro de educación primaria de los Estados Unidos lleva ya un tiempo circulando por Internet, pero aun así no acabo de asimilar que una aberración semejante pueda llegar a suceder en el llamado país de las libertades. Mi reacción al verlo por primera vez fue de verdadera indignación más que de lástima, y eso que suscitar lo que viene conociéndose como desasosiego ajeno, suscita un rato.
Aunque por el proceder del agente del orden público, en todo momento de la intervención laxo y distante, no me cabe la menor duda de que para cometer tamaño atropello con una criatura que apenas levanta tres palmos del suelo, hay que estar en buena medida mentalmente desequilibrado. No había ninguna necesidad, no ya de esposarla sino tan siquiera de detenerla, tal y como se puede observar claramente en la grabación hecha pública por el propio departamento de policía, el cual se ha apresurado a despedir ipso facto al sujeto de marras.
El llanto desesperado de la chiquilla no conmovió ni un ápice al policía, pero es que el director del colegio tampoco movió un dedo para rebajar la creciente tensión. Es más, los cargos que se le imputaron en primera instancia a la menor partieron precisamente de una denuncia suya, que al verse incapaz de gestionar una simple e inocente pataleta de la niña solicitó ayuda a las fuerzas de orden público. Vamos, que el uno por el otro y la casa sin barrer. La incompetencia del policía es flagrante, qué duda cabe, pero es que la del director del colegio tampoco le va a la zaga; y sin embargo, de éste ultimo no han llegado noticias de una posible sanción por no interceder entre el policía y la niña para, cuando menos, rebajar de alguna forma la indignación general.
Si por mi fuese, ese impresentable no volvería a dirigir un centro escolar en su vida, a menos que se reciclase en valores humanos y nuevos métodos de enseñanza, claro está, para poder acometer con garantías un trabajo que precisa mano izquierda a raudales, pero sobre todo montañas de humildad para poder contemporizar con toda clase de alumnos, independientemente del estrato social del que procedan.
Francisco J. Caparrós
Diplomado en Educación Social y Experto Universitario en Autoconocimiento, Emociones y Diálogo.
Miembro del Comité de Ética y Deontología del CEESIB.
