Construir o matar
Todo lo haces sin ayudas porque no perteneces a ningún colectivo.
Últimamente no paras de escuchar barbaridad tras barbaridad, con respecto a lo que hacen nuestros gobernantes con esa parte de tu dinero que tanto te costó ganar y que ellos se llevan como sacrificio al altar de la solidaridad (o de la “progresividad”, se dice a veces). Y te indignas y, talvez, berreas en la barra del bar. Pero sigues adelante, buscándote la vida y ganándote esos cuartos que, sabes muy bien, te volverán a robar. Qué otra cosa podrías hacer.
Quizá no eres mayor de cuarenta y cinco, ni menor de treinta, ni madre soltera, ni inmigrante sin papeles. Acaso porque eres madre casada o soltera sin hijos; acaso porque eres un inmigrante perfectamente legal; puede que porque seas un persona normal que no entra en los rangos por los que se miden las subvenciones.
No compraste acciones preferentes ni invertiste de ninguna otra forma, porque eras tan poca cosa que tu banco nunca se fijo en ti, a no ser para acribillarte a comisiones. No tienes ahorros, porque vives al día, a consecuencia (quién sabe) de un hipoteca excesiva que firmaste sin pensarlo demasiado bien, en la que no sabías que ibas a invertir tanto tiempo de tu vida y tanta vida de tu tiempo; y porque tienes, tal vez, una familia, unos hijos que sacar adelante y, si tuviste suerte, un matrimonio que defender.
Todo lo haces sin ayudas, ayudas que, de todos modos, ya casi nadie tiene, porque no perteneces a ningún “colectivo” y eres tan poquita cosa, que ni siquiera te consideran “desfavorecido”. Y te indignas y, tal vez, berreas en la barra del bar, preguntándote por qué ellos sí y tú no.
Pero sigues adelante. Conservas tu trabajo a base de ir despojándote de jirones de tu dignidad, como aquel Príncipe Feliz que cuidaba de su pueblo desprendiéndose de jirones de su piel de oro. Te has convertido en un persona muy, muy fuerte, quién te lo iba a decir, a ti que todo te daba miedo; ya eres, casi, como una roca, como aquel pescador sobre el que se fundó una Iglesia. Porque, quieras o no, ya no puedes permitirte ceder, y acabar quemándote a ti mismo en la sucursal del banco al que no puedes pagar aquella hipoteca excesiva que, admítelo, no te pensaste bien. Pero, quieras o no, has decidido asumir las responsabilidades que una vez elegiste.
Y te sientes, muchas veces, caminando sobre la cuerda floja. Sin red ni balancín. Y tienes miedo, mucho miedo, cuando piensas en qué poco bastaría para perder lo poco que has conseguido, con unos años ya de sacrificio y de dejarse robar. Incluso, a veces, cuando nadie te ve, cuando escuchas aquella canción o recuerdas aquel momento tan feliz, en el que no tenías miedo, lloras.
Mientras tanto, como todos, tratas de sobrellevar la vida lo mejor posible. Tratas de conseguir la mayor cantidad posible de buenos momentos, de momentos inolvidables, de esos que hacen llorar cuando uno los recuerda. Momentos que siempre hay que celebrar contratando servicios o comprando productos. Salir a cenar el día que puedas, valorar cada momento gris en familia, en tu casa hipotecada.
Siempre buscando construir ese recuerdo en el que, por un momento, la vida tiene sentido, en el que parece que uno es fuerte de verdad, que es de verdad un roca. Que nada malo puede ocurrir. Siempre buscando un momento divertido y lleno de sonrisas, susceptible de ser fotografiado y colgado en el muro de Facebook. Y siempre acompañado de esa tristeza moral, que sientes al comprobar que la vida casi no se compone de esos momentos.
“Divertirse hasta la muerte”. Te has dejado convencer, no sabes muy bien por quién, de que tu vida consiste, fuera de la jornada laboral, en matar tu tiempo, y no en construir tu persona, como quizá se hacía en una época que ya no recordamos. Hay que entretener a los niños en clase, hay que amenizar la estancia de los feligreses en la Iglesia, hay que sorprender a los votantes con eslóganes (y no con aburridos razonamientos). Porque ni los votantes, ni los feligreses, ni los niños están construyendo nada: solo están matando el tiempo.
Hoy, el mayor pecado del hombre es ser aburrido. No se te permite la duda. Ni un segundo. La duda es una sensación funesta y, sobre todo, aburrida. Incluyo te agotas de mantener los compromisos que una vez elegiste, porque ya no son divertidos. Porque nada es divertido a largo plazo y quizá sea esto lo que quieren decir aquellos que dicen que nada es para siempre. Qué profundo.
Incluso el trabajo, que casi nunca es divertido, ya no es, tampoco, para siempre. Es por eso, que has empezado a pensar que tal vez tengan razón, que quizá, como ocurre en el trabajo, la lealtad y el compromiso ya no sirven de nada; que ya no tienen valor, ni siquiera, el sacrificio; que el sentido de la vida está en la diversión, como si el sentido de la boda estuviera en los fuegos artificiales.
Has dejado de creer en aquello que creías; y empiezas a pensar que el cansancio tiene algo que ver con la verdad. Pero sigues adelante. Y, al cabo de los años, cuando vuelves a escuchar aquella canción, o cuando recuerdas aquel momento tan feliz, que quizá no viviste, aquellos momentos por los que tanto has luchado y por los que tanto has pagado, ya no lloras. Porque, por fin, has descubierto lo que, de verdad, merece la pena, una razón para vivir que no es una razón para morir. Y no quieres volver a perder el tiempo.
-Felipe Muñoz-
