Cuando no hay palabras
De los líderes lo esperamos casi todo, pero luego no dan casi nada. En campaña, todo son promesas, pero después viene la cruda realidad, la marcha atrás, la horrible herencia dejada por los antecesores y el desastre. Aquí, lo que cuenta realmente es el ansia de poder y, por ese ansia se miente, se manipula o –simplemente– se llegan a creer sus propias aseveraciones electorales. No, no todos son iguales. Con Zapatero o con Rubalcaba todo esto sería aún mucho peor. Pero, sin embargo, qué triste es ver cómo Europa es mucho más madrastra que madre, cómo el euro se diluye y se cuestiona ya sin tapujos.
Ahora resulta que todos están de acuerdo en que el problema de las Cajas de ahorros consistía en que las dirigían politicastros y sindicaleros de tres al cuarto; que las llamadas fusiones frías no fueron sino un simple parche que sólo sirvió para tapar el problema, pero agravándolo aún más. Y todos los que han estado en sus órganos de dirección se han forrado, mientras Fernández Ordóñez silbaba al oído de Zapatero una tonadilla de enmascaramiento y ocultación que era la que él quería oír.
Aquí se manejan los miles –ya los centenares de miles– de millones de euros como el que lava, y los recortes se administran al peso, por porcentajes, cuadrando las cuentas a martillazos porque sí, sin establecer con claridad las prioridades. Pero, mientras tanto, la grasa mala del Estado, el gasto público superfluo e ineficiente sigue sin ser realmente rebajado ni, mucho menos, desaparecido. Comparecerán políticos ex dirigentes financieros en el Congreso a dar explicaciones muy técnicas, siempre exculpatorias y no pasará nada más; nos conformaremos con eso, mientras ellos, los que nos han metido en todo este lío, se van de rositas. Por eso, porque no hay catarsis real, porque siempre pagarán los mismos ¡ya no hay más palabras!, salvo las malsonantes.
-Miguel Durán-
