Cuatro duros por mear
Como todo no va a ser tensión sucesoria y secesión territorial, les invito hoy a que me acompañen brevemente al excusado informativo de la anécdota, porque no todo van a ser aguas turbulentas. En la actualidad hay aguas menores, como la polémica que está provocando la intención de ADIF de instalar en la madrileña estación de Atocha unos urinarios de diseño y de pago. Se acabó el regomello y la angustia de evacuar con aprensión y encogimiento ante lo desconocido. Ahora, por sesenta céntimos (unas cien pesetas/veinte duros) los apurados y urgidos disfrutarán de un entorno limpio, colorido y perfumado capaz de convertir una necesidad fisiológica en una inolvidable popó-party. Naturalmente el tema ha suscitado la controversia porque no todo el mundo es capaz de pagar por garantizarse una deposición feliz y prefiere la tradicional incertidumbre bacteriológica de la inmensa mayoría de servicios públicos. Pero no se trata, ni mucho menos, de una cuestión nueva. He puesto antes el precio en pesetas porque a finales del S. XIX hubo en Madrid un alcalde, José Isidro Osorio y Silva-Bazán, Duque de Sesto, que dedicó gran parte de su mandato a intentar erradicar la suciedad y malos olores para crear una capital limpia y moderna. Ya ven que hay cosas que no cambian. Para ello creó urinarios públicos e incluso publicó un bando prohibiendo realizar necesidades fisiológicas en la vía pública (circunstancia indisociable al festivo carácter excretor español) bajo una multa de 20 pesetas, cantidad considerable para la época. Este hecho hizo que empezaran a aparecer por Madrid pintadas con el famoso epigrama: “¿Cuatro duros por mear? ¡Caramba, qué caro es esto!¿Cuánto cobra por cagar el señor Duque de Sesto?”. Apuntes históricos al margen, está claro que una vejiga repleta (sin distinción de género) ni respeta el decoro, ni sigue otra ley que no sea la de la gravedad. Y el que venga detrás, que se aguante.

