De qué se habla, que me opongo
De qué se habla, que me opongo. Así podríamos resumir la diversidad del paisaje emocional almeriense, tan dado a la controversia pintoresca y a la permanente búsqueda de aristas y puntos de fricción. Nos gusta llevar la contraria, qué le vamos a hacer. A mí el primero, que conste. Pero no hablaré de mí, que ese pecado está perfectamente descrito en Primero de Columnismo. Hablemos de la imposibilidad metafísica de encontrar amplitudes de consenso o acuerdos razonables sobre aspectos aparentemente beneficiosos en nuestra querida ciudad. Por alguna razón que los sociólogos venideros habrán de establecer, en Almería es imposible desarrollar un proyecto sin que de modo espontáneamente orquestado o meticulosamente improvisado se articule una oposición más o menos severa al mismo. Ya no es que un animal le tire un perro al árbitro o que un paralítico se empeñe en participar en un concurso televisivo de mucho movimiento. Es algo que resulta más difícil de entender. Y esta actitud de embestida permanente depara situaciones tan pintorescas como ver que Almería es, quizás, la única ciudad del mundo en donde los comerciantes han protestado por la peatonalización de calles céntricas, o en la que hay vecinos se quejan porque el Ayuntamiento anuncie hacer un grandísimo parque. En este caso concreto la cosa es incluso graciosa, porque los mismos que articulan la repulsa son los mismos que luego organizan amargas comitivas de protesta por la falta de zonas verdes en nuestra capital. Pero qué le vamos a hacer. Así que no me extrañaría que, después del anuncio del Ayuntamiento de celebrar este carnaval la “Fiesta de la Sobrasá”, saliera alguna asociación de vecinos asegurando que ellos preferían la “Fiesta de la Haba” y después, el colegio de nutricionistas censurando la falta de compromiso municipal con la lucha contra el colesterol. Ah, que es una sobrasada vegetal. Pues denuncia al canto por publicidad engañosa. El caso es oponerse.

-José Fernández-
