Despedida del Vicario episcopal para el Clero, Manuel Antonio Menchón, fallecido inesperadamente
Al declinar la tarde del domingo saltaba la noticia de la muerte inesperada de don Manuel Antonio Menchón Domínguez, Vicario episcopal para el Clero, párroco de la parroquia de Santa Teresa de Jesús, en Oliveros, en la capital de la diócesis y provincia. Su muerte ha caído como un mazazo sobre el clero diocesano y los fieles, que viven apenados la desaparición de un sacerdote bueno y celoso, culto y ágil escritor, cuyos textos están al alcance de todos en esta página web del Obispado de Almería.
Licenciado en Teología bíblica por la Universidad Pontificia de Salamanca, don Manuel Antonio ha sido desde el retorno de los seminaristas mayores a la capital, profesor de Introducción a la Sagrada Escritura y de Antiguo Testamento, materias de las que era profesor ordinario desde 2005. Desde 2008 tenía a su cargo la dirección del Centro de Estudios Eclesiásticos del Seminario Conciliar de Almería.
Miembro del Consejo Episcopal desde 2003, ejerció durante algunos años como Vicario territorial de la zona Norte y Levante, mientras fue párroco de Vera, desempeñando al mismo tiempo el cargo sectorial de Vicario episcopal para la Acción caritativa y social de la Iglesia. En 2009 fue nombrado Canónigo Capitular del Cabildo de Catedral, Vicario territorial para la Ciudad y zona centro de la diócesis, y Vicario episcopal para el Clero. Este mismo año de 2009 fue asimismo nombrado párroco de Santa Teresa de Jesús, importante comunidad parroquial de la capital diocesana.
En los últimos dos años se había resentido su salud, motivo por el cual el Obispo quiso aligerar su trabajo pastoral relevándole de su condición de Vicario territorial de la ciudad y zona centro.
Escritor ameno y con gancho, sus comentarios sobre la vida de la Iglesia han sido siempre muy apreciadas por un gran número de lectores que le seguían y descargaban sus trabajos de nuestra página. Comentarista de las lecturas bíblicas dominicales, don Manuel llevó la palabra de la Escritura a cuantos le habían hecho lectura habitual sus escritos.
La misa exequial, presidida por el Obispo diocesano, concentró gran número de fieles que le despidieron apenados, con fe y la confianza puesta en el Buen Pastor, al que amó y representó como servidor fiel y discípulo llamado al ministerio del Evangelio. Descanse en paz.
A continuación reproducimos la homilía predicada por el Obispo diocesano:
Homilía en la misa exequial de D. Manuel A. Menchón Domínguez, Vicario Episcopal para el Clero
Lecturas bíblicas: Lam 3,17-26
Sal 62
Rom 6,3-9
Mt 25,1-13
Queridos hermanos y hermanas:
El autor del libro de las Lamentaciones habla hoy por todos nosotros para expresar con un grito de auxilio el dolor de la desdicha. Pareciera que la muerte prematura de nuestro Vicario episcopal para el Clero nos hubiera sumido en el sinsentido, desaparecido en entrega plena al ejercicio de su ministerio. Su muerte viene a ser iluminada por las palabras del autor sagrado que llora la ruina de Jerusalén, que cayó cautiva de sus enemigos en el siglo VI a. C. dejando sumida en el llanto a la ciudad santa.
El libro de las Lamentaciones refleja el estado de patética desolación tras la desgracia, y el autor manifiesta este estado de ruina de la ciudad santa tras la derrota con estas palabras: “Se me acabaron las fuerza y mi esperanza en el Señor” (Lam 3,18). Pareciera que la desolación padecida ha inclinado al autor sagrado a pronunciar palabras temerarias que expresan dramáticamente la pérdida de la fe en Dios. Sin embargo, apenas ha tomado conciencia del estado de abatimiento y amargura comparable a la hiel que envenena el alma, confiesa con humildad que Dios es siempre fiel a sus promesas y el fundamento de la esperanza. Hay esperanza, porque hay un Dios de misericordia; porque Dios se compadece y perdona, y la misericordia y la compasión de Dios “se renuevan cada mañana” (3,23).
Ante la desgracia que nos acecha y la muerte que sale al encuentro de quien no la espera, siempre emerge de la conciencia del hombre abatido la pregunta por el sentido del drama que acaba con la vida. Frente a este grito desgarrador del ser humano, reflejo de la pasión y del amor por la vida como bien irrenunciable, la fe viene a iluminar el sentido de la muerte como tránsito hacia la vida definitiva. El autor sagrado sabe que Dios es siempre fiel y no abandona a su pueblo y concluye esperanzado: “¡Qué grande es su fidelidad! «El Señor es mi lote», me digo, y espero en él” (3,23-24)
Tememos la muerte porque no tenemos suficiente fe en Dios, que nos ha devuelto la vida cuando ya estábamos destinados a la muerte eterna. San Pablo lo enseña con apasionado entusiasmo: “Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva” (Rom 6,4).
A anunciar esta vida que nos ha sido dada por la muerte de Cristo dedicó nuestro Vicario episcopal don Manuel Menchón la suya, vida mortal y limitada como la de todos los humanos, convencido de que merece perder esta vida por Cristo con tal de ganar a los demás para la vida eterna; la vida sin fin y feliz que Dios da a quienes sin la muerte de Cristo y su gloriosa resurrección estarían destinados a perder definitivamente toda esperanza de superar la propia muerte, que es destino común de todos los mortales. El autor de las Lamentaciones recuerda el verso del salmo, que parece conocer y seguir de cerca: “El Señor es el lote de mi heredad y mi copa; / mi suerte está en tu mano: /me ha tocado un lote hermoso, / me encanta mi heredad” (Sal 15,6). Cada uno de nosotros, configurado con la muerte y resurrección de Cristo, puede decir con el salmista que Dios es nuestro haber y el fundamento de nuestra esperanza. Una convicción de fe difícil en estos tiempos materialistas, tiempos sin otra esperanza que la puesta en los bienes pasajeros y la felicidad provisional y transitoria del momento presente. Hasta que somos sorprendidos por la muerte y Dios sale a nuestro encuentro para hallarnos sin esperanza.
No seamos como las vírgenes necias de las que habla la parábola del evangelio, que ahogaron la esperanza en la oscuridad de la noche y se durmieron. Don Manuel sabía que el Esposo de la Iglesia podía llegar y no quiso interrumpir su generosa entrega a las tareas del ministerio, consciente como él era de la insustituible misión del sacerdote. Se había venido recuperando de sus dolencias, pero conocía el estado precario de su salud y sabía cuáles eran sus límites. Quise descargarle de algunas de sus tareas y sólo le convencí de que dejara la Vicaría de la Ciudad. Me decía cuánto le estimulaba servir a los sacerdotes en lo que pudiera como responsable del clero. Confiaba en superar limitaciones de su salud, pero era consciente de ellas y creía con intensa certeza de fe cuanto afirma el Apóstol: “Ninguno de vosotros vive para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor” (Rom 14,7-8). Su lámpara estaba encendida y podía olvidarse de sí mismo, sabiéndose en las manos de Dios; y Cristo, el Esposo de la Iglesia, vino a buscar al amigo para llevarlo al encuentro definitivo con la vida que no termina y es plena participación de la vida de Dios.
Pedimos al Buen Pastor que, cargado sobre sus hombros, sea introducido en el banquete de las bodas eternas, y a nosotros nos dé quien pueda sustituirle, para seguir proponiendo al mundo de hoy que Cristo es “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6). Pedimos a la Santísima Virgen que interceda por él y maternalmente ampare el perdón de sus faltas, para que nada pueda interponerse en su accenso, acompañado por Cristo, a la casa del Padre de las misericordias.
Iglesia parroquial de Santa Teresa de Jesús
Almería, 17 de marzo de 2014
+Adolfo González Montes
Obispo de Almería
