Domingo III del Tiempo Ordinario
En mi niñez escribí muchas cartas por encargo de familiares y novias a los chicos que estaban cumpliendo con su servicio militar. Ya se sabe que, por desgracia, en aquellos tiempos grises las letras eran más bien escasas. El esquema de la carta siempre era igual y el encabezado rezaba, más o menos, del mismo modo. Comenzaba con el nombre del destinatario y se añadía a modo de plantilla: “espero que estés bien, yo por la presente, estoy bien, gracias a Dios”. Después de este saludo se pasaba a redactar las preocupaciones o razones que movían a escribir la misiva. Esta circunstancia, sin duda llena de recuerdos, viene a mi memoria cuando escucho el inicio del evangelio de san Lucas (1,1-4) donde el evangelista, hombre de letras y médico, dirigió en su momento la carta a su amigo y compañero Teófilo, cuyo nombre se traduce “amante de Dios” o “amado por Dios”. El significado del nombre propio hace que los comentaristas discrepen si verdaderamente fue dirigido a una persona concreta o a la comunidad. La verdad es que, para el lector del siglo XXI, como escribió san Ambrosio comentando el texto, es que “el Evangelio está escrito para Teófilo, es decir, para aquel a quien Dios ama. Si amas a Dios, entonces está escrito para ti”. En definitiva, los primeros versos de la lectura de este domingo tercero del tiempo ordinario nos recuerdan que los evangelios son textos de creyentes escritos para creyentes y, en consecuencia, la preocupación primera es el anuncio y la trasmisión de la fe en un marco de oración y celebración litúrgica. San Lucas presenta su obra, al estilo de los clásicos griegos, con un prólogo, una dedicatoria y una descripción del trabajo seguido en la composición. Curiosamente la preocupación en la narración, exclusiva del evangelio de san Lucas, no es cronológica, sino que más bien el esquema de sus escritos se encuadra dentro de la historia de la salvación que comienza por el tiempo de Israel, sigue por el tiempo de Jesús y finaliza con el tiempo de la Iglesia.
La lectura continuada del evangelio, después de la introducción programática, da un salto para situar al oyente en los primeros pasos de la predicación de Jesús en Galilea (4,14-21) y, en concreto, el marco de su pueblo y sinagoga donde presenta el programa de su misión. La cita de Isaías evidencia los rasgos fundamentales de su misión enviado “para anunciar la Buena Noticia a los pobres” y para “anunciar el año de gracia del Señor”. Sirve de enlace entre el prólogo y la sección de Galilea la expresión “en aquel tiempo”. En efecto, el anuncio de Reino se hace actual y presente en nuestro hoy y en las circunstancias en las que nos hallamos. El anuncio, en verdad, se dirige a mí y en la situación en que me encuentro.
No podemos dejar pasar por alto que el anuncio se hace en la región de la Galilea “de los gentiles”. El comienzo del ministerio de Jesús en Galilea es un dato común a los tres evangelios sinópticos. Además, el texto lucano añade que la primera predicación de Jesús fue en Nazaret “donde se había criado”. Allí se conocen todos. Participan de las mismas celebraciones y fiestas del pueblo. Asisten el sábado a la sinagoga. Es un detalle interesante de san Lucas contemplar el anuncio desde los más cercanos y próximos hasta los confines de la tierra.
Jesús al finalizar la lectura del profeta Isaías, ante la expectación de aquellos “que tenían fijos los ojos en él”, anuncia la gran novedad esperada por el pueblo: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”. Jesús explica que la novedad profética es de consolación poniendo énfasis en la importancia del “hoy” que se hace concreto y cercano con la novedad del Mesías y el anuncio del Evangelio a los últimos y a los que nada cuentan.
En este Domingo de la Palabra el lema elegido dentro del Año Jubilar, es un versículo del Salmo 119, 74, “Espero en tu Palabra”. Es un grito de esperanza. ¡Escucha y confía!
Manuel Pozo Oller
Párroco de Montserrat
