Ellos serán los próximos
No entraré ahora en el debate de las razones que pueden o deben llevar a alguien a la calle a expresar su descontento o malestar con el gobierno o los gobiernos. Tampoco pretendo cuestionar el derecho inalienable de la protesta. Hasta ahí podíamos llegar. Lo que pasa es que hemos llegado a tal punto de trivialización del recurso/herramienta que ya casi nada o nadie se entiende sin una manifestación, porque las manifestaciones son las nuevas conferencias. Si a las nueve de la noche no estás manifestándote es que tienes a la manifestación debajo de tu ventana. Pero lo peor no es eso. Lo preocupante es que los que sienten afición y verdadera fascinación por estas coreografías multitudinarias (hay gente que ve una plaza llena y tiende a pensar que toda esa afluencia tiene que llevar razón en lo que sea) podrán sentirse todo lo cargados de verdades como estimen oportuno y podrán considerarse poseedores de todas las soluciones, las claves y las respuestas a la crisis, pero una cosa está clara: no saben, no quieren o no pueden evitar que sus demostraciones acaben contaminadas y marcadas por la actuación de grupos de auténticos indeseables. Y es la falta de rapidez y contundencia a la hora de desmarcarse y condenar los incidentes lo que me hace llamar la atención sobre un aspecto que quizás les pase desapercibido: los indignados manifestantes se equivocan si piensan que los alborotadores están de su lado. Las cabezas encapuchadas no quieren otra cosa que no sea la destrucción del sistema. Y podrán empezar por los bancos, la Policía, la Iglesia Católica o el Partido Popular, pero no les quepa duda de que los siguientes serán ellos, los cabreados pacíficos, los posibilistas, los bienintencionados de la guitarra y la pancarta, porque ellos también forman parte del modelo social que aspiran a destruir. Y si no se detiene esta deriva a tiempo, la cosa se nos puede ir de las manos a todos.

-José Fernández-
