Esa cotidiana legión de censores
Uno de los efectos más perversos del imperio del discurso políticamente correcto es la creciente legión de adeptos (muchos de ellos recientemente convertidos al dogma y, por lo tanto, más atorrantes) que permanentemente vigilan, escrutan y analizan su entorno en busca de elementos o acciones denunciables y punibles que les permitan, de ese modo, crecer en mérito y figurar en el escalafón de los más puros. Entre la pena y la risa, comprobamos que vivimos en una sociedad medrosa y acomplejada que ha cambiado el miedo a la admonición sacerdotal por el temor al dedo progre que enfila y señala y etiqueta como incorrecto. Pero a veces pasa que los efectos de esta cruzada colectiva son peores que el mal que presuntamente pretenden no ya corregir (en ese celo sólo son comparables a los clérigos más radicales) sino erradicar. Me explico. Un par de asociaciones agrícolas almerienses la han tomado ahora con un anuncio publicitario de pésimo gusto y desafortunada factura que, según su denuncia, “atenta contra la dignidad del sector agrícola, especialmente de las mujeres”. La razón del encono está en una apelación comercial lo suficientemente chusca como para emplear el concepto “polvo” en el sentido que ustedes se malician. En fin. Siempre he pensado que el peor castigo que puede tener un anuncio (y este lo merece, por zafio) es la falta de respuesta. Pasar sin pena ni gloria es lo peor que le puede pasar a la marca, al producto y a la agencia. Y es justo lo contrario que ha logrado todo este esfuerzo censor. Antes teníamos un anuncio malo de solemnidad, y ahora tenemos un anuncio famoso del que todo el mundo habla. Los groseros tienen razones para celebrarlo. Enhorabuena a los premiados.

-José Fernández-
