Fascistas
A la secretaria de Política Institucional del PSOE de Andalucía, Verónica Pérez, le parece “inoportuna” la expresión de “fascista” con la que el ministro de Educación, José Ignacio Wert, definió la actitud de cuantos le impidieron, a base de gritos y abucheos, ofrecer una charla hace unos días en Sevilla. Desconozco si la idea que la señora Pérez tiene del fascismo se limita a cuatro lugares comunes sobre los que no militan en el PSOE o si se siente usufructuaria exclusiva del término, pero cualquiera que tenga un mínimo conocimiento histórico capaz de ir más allá de las charletas de agrupación sabe perfectamente que la coreografía de la intolerancia, la coacción y la intransigencia es natural y genuinamente fascista, con independencia de si en el fondo de armario hay camisa parda, camisa negra, camisa azul o pañuelo palestino. Y por desgracia sabemos que lo que alimenta al fascismo (entendido como una manifestación totalitaria) es el gesto comprensivo y el silencio apaciguante. Y es que no se pueden establecer zonas de neutralidad o no beligerancia cuando se amenaza e impide el derecho a la libre expresión de los ciudadanos, porque hoy es un ministro pero mañana podemos ser usted o yo, porque los fascistas no entienden más que su propia prevalencia al coste que sea. Me gustaría ver qué no estaría diciendo la responsable de política institucional del PSOE andaluz si la silenciada con una berrea de descerebrados hubiera sido ella misma o alguien de su partido. Pero claro, como el abucheado no era de los nuestros, bien abucheado está. No hay mejor caldo de cultivo para el fascismo que la miopía del sectarismo ignorante.

