Gibraltar español
Esta semana se reunían en Londres David Cameron y Mariano Rajoy. Sobre la mesa, entre otros asuntos de mayor calado, Gibraltar. El gobierno español ya había manifestado que quería dar un nuevo impulso al contencioso del peñón, al tiempo que Downing Street contestaba con buenas palabras que de eso, nada. Porque nada nuevo hay bajo el sol.
El tema arranca allá por 1713, fecha en la que se firma el Tratado de Utrech -ese por la que la familia política de don Iñaki Urdangarín accedió al trono de España-. En su artículo 10, que ponía fin a nuestra Guerra de Sucesión, se dice que “el Rey Católico, por sí y por sus herederos y sucesores, cede por este Tratado a la Corona de la Gran Bretaña la plena y entera propiedad de la ciudad y castillo de Gibraltar, juntamente con su puerto, defensas y fortalezas que le pertenecen”. O lo que es lo mismo, la “roca” y poco más.
Cualquiera que haya estado en Gibraltar se dará cuenta de que algo no cuadra. Porque, o son los siete kilómetros cuadrados más grandes del mundo, o aquí alguien ha tomado más de lo que le correspondía. Una costumbre, la de apropiarse de lo ajeno sin el mayor pudor, netamente británica. Durante la primera mitad del siglo XIX, la corona española toleró que los británicos edificasen una serie de campamentos “provisionales” en el istmo que media entre Gibraltar y La Línea; es decir, sobre suelo español. Ni que decir tiene que dicha “provisionalidad” aún perdura a día de hoy, y que la extensión de esas edificaciones fue a más desde entonces. Como colofón, en 1938 durante la Guerra Civil española, la transformó en un aeródromo adentrándose más de medio kilómetro en aguas de la Bahía de Algeciras.
En la actualidad, Gibraltar es técnicamente un “Territorio Británico de Ultramar”; o lo que es lo mismo, una antigua colonia que no llegó a independizarse del todo pero cuya territorialidad sigue bajo auspicios británicos. No pagan IVA, no forman parte de la UE y, en consonancia, la normativa comunitaria se la trae al pairo. Viven de los réditos que les supone ser un paraíso, y no sólo fiscal: contrabandistas y traficantes de drogas hacen su agosto desde el Peñón impunemente. Barcos mercantes de medio mundo acuden allí a limpiar sus bodegas -y, por ende, a contaminar las aguas españolas-, sin que las autoridades gibraltareñas muevan un dedo.
Sus habitantes -conocidos como llanitos- son población importada hace dos siglos, ya que la autóctona fue desplazada a lo que hoy es San Roque. Su actitud está a caballo entre el desprecio a España y un cierto resquemor hacia Gran Bretaña por sentirse algo olvidados. Como español, una parte de mí reclama la españolidad de Gibraltar. Si fuera inglés, pensaría que la roca es mía en virtud de un tratado internacional firmado hace casi dos siglos. El rol de Madrid es reclamar Gibraltar y el de Londres, mirar hacia otro lado. Así ha sido hasta ahora y así seguirá siendo. Hay prioridades más acuciantes. Eso sí, una de ellas es meter en vereda a ese puñado de contaminadores y piratas que pueblan el Peñón, y hacerles ver que, por muy llanitos que sean, las leyes están para cumplirse.
-Antonio Hualde-
