Gibraltar y la ETA / Tenaza contra España
La ETA y Gibraltar, tumores en el cuerpo de España. La izquierda y el separaratismo van juntos, desgarrando a la nación; la derecha busca la disolución del país.
****Los versos de Fray Josepho, siempre ingeniosos y bien medidos, deberían tener mucha más difusión de la que tienen. Cada lector puede difundirlos por su cuenta, merece mucho la pena.
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El caso de Gibraltar tiene bastantes analogías con el de la ETA. En ambos se trata del enquistamiento de un tumor antiespañol protegido especialmente por la izquierda y con intervención extranjera. La ETA, con toda probabilidad, habría desaparecido ya en el franquismo si no hubiera dispuesto del “santuario” francés y de la colaboración de los antifranquistas. Después, una vez aclarado en la transición que la ETA no iba a dejar sus hábitos, en lugar de tratarla como la organización de asesinos profesionales que en el fondo es, lo fue como un grupo político al que debía buscarse una salida acorde. Aunque esta deriva nefasta fue comenzada con Suárez, la incrementó al máximo el PSOE con Felipe González, si bien en un momento determinado creó el GAL sin dejar la salida política, ambos contrarios al estado de derecho. La ETA siempre siguió siendo un grupo socialista, antifranquista y antiespañol (no es que el PSOE sea esto último abiertamente, pero tampoco le importa mucho el asunto), de grandes afinidades con aquel gobierno. Y con Zapatero, la colaboración con los asesinos alcanzó su máximo (el PSOE tiene su propio historial terrorista, no debe olvidarse).
Algo semejante ocurrió con Gibraltar: en tiempos de Franco, la colonia se veía acosada por el cierre de la verja y convertida en una carga cada vez más pesada para una Inglaterra en decadencia. Suárez, en esto, mantuvo la situación, aunque otro anglómano lamentable, Leopoldo Calvo Sotelo, quiso meternos en la OTAN por las buenas, sin advertir que ello podría ser una buena oportunidad para presionar a Usa y a Inglaterra sobre el fin de la colonia. Tuvo que llegar Felipe González para abrir la verja y entrar en la OTAN sin contraprestación alguna, convirtiendo la colonia en un espléndido negocio para Londres y para los llanitos. En ese negocio entran todo tipo de tráficos ilícitos y perjudiciales para España, algo así como cuando los británicos convirtieron Hong Kong en la sede de los negocios del opio contra China. Aznar, convertido a la anglomanía, tampoco hizo nada al respecto, aunque las vulneraciones e insolencias de la colonia sobrepasaban al problema de Perejil. Posteriormente, Zapatero, con el Moratinos y la Trini, y como en relación con la ETA, llevó la sumisión a la colonia a límites de auténtica traición.
Ahora parece que el gobierno está tomando algunas medidas. Creo que entre ellas debería haber una advertencia clara del cierre de la verja, a fin de que los cientos de españoles que trabajan para los llanitos tengan tiempo para ir buscando otros trabajos si fuera preciso. En todo caso, por lamentable que resulte, el posible desempleo de unos cientos de personas no pesa demasiado cuando el país soporta casi seis millones de parados. Aunque, por supuesto, para los anglómanos serán mucho más importantes esos cientos que los cerca de seis millones restantes. En realidad, no les importan unos u otros, solo lamentan el posible perjuicio para Inglaterra, a la que adoran lacayunamente.
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Tenaza contra España.
Desde hace bastantes años, España y su democracia –alcanzada por evolución interna y no por intervención useña como en casi todo el resto de Europa— se ven acosadas por la alianza izquierdista-separatista, cuyos puntos de contacto ideológico he explicado reiteradamente. Uno podría creer que al menos el PP defiende España y su cultura, pero no es así. Por una parte, el PP sigue apoyando y subvencionando la cultureta titiritera, uno de cuyos rasgos definitorios es, precisamente, la corrosión constante de todo lo que España signifique o haya significado en la historia. Pero mucho más grave todavía resulta su anglomanía, que podría resumirse en lo siguiente: “defendemos a España siempre que se anglosajonice”. Y colaboran al proceso con entusiasmo digno de mejor causa. El caso de Hope Aguirry es solo el más claro, pero de ningún modo el único.
Así, entre la izquierda y la derecha forman una tenaza con un objetivo común, manifiesto o implícito: el desgarramiento de España unos y la disolución de la nación en “Europa” los otros. Que el país lo haya soportado durante tantos años indica que la sustancia nacional y cultural de España es realmente sólida, pero si no hay una reacción viva y clara en contra, las cosas irán a mucho peor, inevitablemente. Romper esa tenaza requiere un nuevo partido.
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Recuerdos sueltos
Cuando era pequeño, de siete u ocho años, es decir, hacia 1955 ó 1956, solían poner en Radio Vigo la canción Unha noite na eira do trigo. Ustedes dispensarán que recurra tanto a canciones, pero ellas suelen dar mayor intensidad a los recuerdos: Unha noite na eira do trigo / Ao refrexo do branco luar / Unha nena choraba sin trégolas, / Os desdés dun ingrato galán. No sabía ni sé qué significaba “trégolas”, y alguna gente sustituía la expresión por a coitada, repetida en otro verso. La música es muy bella, también triste, y la letra, de Curros Enríquez, no está mal, aunque romántico-llorosa en exceso; lamentable tradición gallega.
Una tarde la tonada me quedó resonando en la mente mientras estaba en el colegio. Tarde gris y lluviosa, de otoño o invierno, porque cuando salimos de clase empezaba a anochecer, y la musiquilla seguía en mi cabeza, con pesadez algo deprimente. Llegué hasta el portal de casa, bastante oscuro, y me puse a subir despacio las escaleras hasta el segundo piso, donde vivía. Tenía una sensación ominosa, que se iba transformando en miedo y retrasaba mis pasos. ¿Miedo a qué? Cientos de veces había subido y bajado las mismas escaleras con total tranquilidad.
Al llegar al primer piso percibí un sonido débil, regular y algo espaciado, ton…ton…ton Probablemente lo había notado desde el portal, sin prestarle atención, pero al oírlo con claridad mi miedo creció como un globo que se hincha. Unos escalones antes de llegar al descansillo junto a la puerta de mi casa miré el tramo de escalones siguiente, de donde procedía el sonido, y creí ver un cilindro de latón o de cobre, grande y brillante, como algún instrumento musical. Entonces me acometió un pánico absoluto. Bajé a saltos, arriesgándome a romperme la crisma, y salí a la calle con el corazón en la boca.
Venía de una tienda próxima una señora, vecina del primer piso, y recurrí a ella en mi pavor. No debió de entender muy bien mis explicaciones, pero me acompañó hasta mi puerta. El ruido persistía, y enseguida comprobamos su origen: una lata grande de sardinas que recogía el agua de una gotera. Del gran objeto metálico, ni rastro, quizá había sido una alucinación causada por el pánico…
De esas escaleras recuerdo otras impresiones semejantes, quizá de los nueve años. Por entonces leía muchas novelas de Salgari, y una de ellas recogía cuentos del mar, de barcos fantasma y similares. Un marinero viejo y supersticioso contaba tales historias, mientras otro, más racionalista, las tomaba a broma o les daba una explicación lógica.
Un relato me impresionó sobremanera: un barco avistaba a otro, negro y con las velas deshechas, que parecía marchar sin tripulantes y no respondía a ninguna señal. El capitán se acercó a él en una chalupa, lo abordó y volvió poco después, completamente loco y hablando incoherentemente de “los féretros”, de los que debía de estar lleno el extraño buque. El interlocutor del cuentista daba una interpretación tranquilizadora , relacionándolo con los chinos y transportes de ataúdes o algo de eso, pero a mí no me tranquilizó. La imagen se me quedó impresa durante semanas, y la misma palabra “féretro” despertaba en mi mente ecos lúgubres.
De día no había problema, pero muchas noches me mandaban de casa a comprar huevos, o cualquier otro comestible, a una de aquellas tiendas de ultramarinos que abrían hasta las diez. Mientras me duró la sugestión del cuento, me costaba una agonía bajar y subir las escaleras de madera vieja y crujiente, apenas alumbradas con una luz amarillenta que ocasionaba grandes sombras y recodos de negrura. Pero, claro, no iba confesar mi miedo en casa.
Estos sucesos tienen escaso interés, pero me llaman la atención sobre la naturaleza del terror, capaz de apoderarse de la gente y trastornarla por completo. Básicamente, el terror procede de la sugestión de una amenaza abrumadora, frente a la cual no cabe resistir, y que paraliza o empuja a la huida enloquecida. La Ilíada describe muy bien el pánico incontrolable de los guerreros en algunas ocasiones, o el del valeroso Héctor ante Aquiles. También la oscuridad provoca espanto, por la percepción de un peligro invisible agazapado en ella, al que nuestra ceguera en esas condiciones impide afrontar.
Todo ello es bastante comprensible, pero hay otro tipo de terror: ¿por qué nos inquietan, tan profundamente a veces, cosas que no guardan relación clara con ninguna amenaza, como unas escaleras que ascienden hacia un desván cerrado, o el rechinar de una puerta mal encajada y movida por el viento, o sonidos como el de aquella gotera, etcétera, tan explotadas por los relatos de terror? No es fácil decirlo. Se trata de una sensación indefinible, como una premonición de algo enigmático y siniestro, y que en los relatos se echa a perder cuando la lógica de la narración obliga a concretarlo en acciones o peligros tangibles.
En relación con el sobrecogedor mundo de los muertos, es difícil evitar la risa cuando la escena inquietante de un cementerio entre brumas o con los árboles agitados por el aire da paso a unos concretos cadáveres zarrapastrosos surgiendo de las tumbas y persiguiendo a unos excursionistas; o como cuando la tensión misteriosa de una velada espiritista da paso a unos “espíritus” soltando vulgaridades. La narración también impone, lamentablemente, un desenlace racional y más o menos razonable, lo cual alivia al lector o al espectador pero desenmascara la trama como un simple juego con esos sentimientos de terror difuso.
El Drácula de Stoker, por poner un caso, comienza con unas magistrales escenas de sombrío misterio, pero el nivel no se mantiene –quizá sea imposible–, y existe un evidente desfase entre ese logrado inicio y la continuación, en buena medida un relato de aventuras poco creíbles, aunque permanezca en conjunto como una espléndida novela. Ahora bien, la aventura viene a ser lo contrario del terror: su sentido no está en la parálisis o la huida ocasionadas por una amenaza invencible –concreta o difusa–, sino precisamente en el afrontamiento y derrota de una amenaza palpable. Acaso la fuente de ese terror difuso se encuentre en nuestro sentimiento del mundo, de la tierra, de la que salimos y donde vivimos y que, como dice Paul Diel, “nos acoge y nos asusta”. La sensación tranquilizadora de lo cotidiano, lo acogedor y normal nace de una actitud psicológica, y por ello un cambio de actitud puede presentarnos ese mundo familiar y corriente como un enigma horroroso.
Un día me extravié por los montes de Huelva, y, seguro de reencontrar el camino, disfrutaba del magnífico paisaje, de los bosques, prados, rebaños de toros, vacas y ovejas, de la multitud de flores y los perfumes del campo. De pronto me dio por pensar que la vida está hecha de dolor y terror, pues todos los seres vivos huyen de la muerte, y sin embargo ésta les atrapa inexorablemente, a menudo del modo más cruel: la vida se mantiene destruyendo vida. El espectáculo encantador del ganado pastando ocultaba la despiadada lucha entre los animalitos que correteaban entre las hierbas, y ¿quién sabe si la hierba misma no sufriría, cortada y triturada entre las fauces vacunas? ¿Quién sabe si la escena apacible no era, en realidad, un silencioso grito de horror de las plantas absolutamente indefensas y de miríadas de bichos cazados por otros?
El viento impulsó unas nubes que ensombrecieron parte del panorama, y la visión de las moles de tierra, rocas y vegetación alzadas en todas direcciones, su inmensa energía quieta, que me contemplaba con indiferencia plena, me advirtió de lo efímero de mi paso, por allí y por el mundo. Seguramente vale la pena pensar con calma en estas cosas, pero entonces preferí no hacerlo, porque, desde luego, me estropeaba el placer de la marcha. También de esa manera ahuyentaba de pequeño la imagen de los “féretros”: pensando obstinadamente en cualquier otra cosa.
Así obramos, por lo común, para no amargarnos o eludir el miedo. Nadie piensa, al devorar unas chuletas, en el animal que nos las ha proporcionado muy contra su gusto; menos todavía en que nuestra carne servirá, a su vez, de alimento a animales inmundos.
El terror difuso va ligado a la impresión de sinsentido de la vida, contra el que nuestra psique ha hecho un enorme esfuerzo desde tiempos remotos. Ha creado, entre otras cosas, los consuelos religiosos o el arte. Pero, en fin, divago.
-Pío Moa-
