Hallazgos interiores
Llegamos a la celebración de la NAVIDAD, embargados de una cierta emoción, cargados de costumbrismo acomodaticio y desorientados por la acumulación de inconvenientes y defectos. Salta a la vista la primera distorsión, solemos contemplar el evento en plan de fecha o efeméride, algo objetivo que está ahí, al estilo de un bello cuadro al cual tenemos acceso mucha gente a la vez.
Realizamos una suerte de visita anual al acontecimiento expuesto en los ámbitos sociales. Afrontamos una serie de descripciones teóricas que la divinizan o paganizan a través de posturas muy preconcebidas a las que nos adherimos a nuestro buen entender e impulsos acendrados. Me da la impresión de que, obcecados por las polémicas, apenas nos hemos centrado en el auténtico sentido personal para tales cuestiones. ¿Qué llevamos en el corazón cuando hablamos de la Navidad?. La angustia vital, esa inquietud ante lo desconocido y la brevedad de la vida, compite con la simple indiferencia de quienes sólo atienden al presente escueto. Las vibraciones de cada experiencia, la complejidad de los múltiples factores coincidentes y los anhelos íntimos tan encontrados, enriquecen de matices diferenciados a cada individuo.
La DIVERSIDAD reina cuando surge la presencia humana; la pluralidad será introducida, o no, más tarde, según los enfoques espirituales, relaciones sociales o desempeños profesionales. Cada uno aprecia las cosas con matices particulares y la homogeneidad deviene en sospecha inmediata. Ante la Navidad, al igual que en otras celebraciones, los puntos de vista y las vivencias, reproducen el amplio panorama en vivo de la sociedad, en el que las imposiciones están fuera de lugar y el respeto suele faltar.
En la vida, nos adentramos poco a poco. Tardamos en ser razonables, a veces una eternidad; y la comprensión nos viene a su manera. Los comunicados y sensaciones fetales son en silencio, pero son, no importa que sean ignorados por mucha gente, suceden sin pausas. Luego, las sensaciones son iniciáticas, auditivas y visuales, olores y contactos directos, arropados por la ternura o por la tosquedad de las privaciones. El sonido adquiere rasgos diferenciados en palabras y entonaciones; el gusto, sus preferencias y el cuerpo capta nuevas relaciones. La palabra y los silencios amplían los horizontes del entorno; coinciden con esa VIBRACIÓN interior de los sentimientos, portadora de espléndidas maravillas y frustraciones deprimentes. Junto al encuentro con los demás seres vivientes, constituyen el conjunto de la experiencia, a partir de la cual, el pensamiento y los sentimientos despliegan sus aportaciones y requerimientos; y nos ubican frente a las incógnitas, carencias y limitaciones. Surge, pletórico, el reto fascinante para las cualidades personales.
Los CAMINOS trazados están dispuestos para las idas y las vueltas. La dirección emprendida será decisiva. Así sucedió en el trato sucesivo de los diversos conceptos y las decisiones adoptadas como resultado. Un ejemplo. Decimos economía y muy poco decimos. ¿Hay concepto? ¿Determinado por quién? Deambulamos en la dirección descendente hacia los ciudadanos. Entre unos y otros nos hicieron olvidar la dirección contraria, la de los quehaceres particulares, su regulación y necesidades, enlazados a partir de los ciudadanos, justo el sentido conveniente para la mayoría, el ascendente. Porque díganme dónde reside el gurú con el cerebro suficiente para englobar tamaños eventos. No obstante, el único camino recorrido desciende desde los autoproclamados oráculos de la economía y aboca sobre los sufridores en una avalancha pestífera.
Los semilleros de las certezas y bondades sopesan sus propias crisis. Uno de los mejores semilleros del mundo es el de las dudas, compite con el de demonios, y entre ambos, generan grandes dominios. Así, como quien no quiere la cosa, surgen las curiosas figuras de los DOCTRINARIOS, adheridos a los diversos polos del pensamiento. Son quienes pretenden la resolución de las ambigüedades a base de una reducción, la adaptación del conjunto al eje de sus elucubraciones. ¿Qué hay detrás? Desconocemos la mayor parte, la ocultan. Unos conocen el momento y las vicisitudes del fin del mundo. Las incontables sectas persiguen directrices variopintas. Y en el ámbito de las religiones, también alcanzan extremos señalados. Esta mención de los doctrinarios, sirve de contraste estimulante, precisaremos mejor el reto personal y su coherencia. El espíritu navideño exige esa vivencia particularizada. Sin ese renacimiento interior, quedaríamos muy desfavorecidos. Las luces y pancartas, para esto, sirven bien poco.
Hay un efecto paradójico relatado desde muy antiguo, da la impresión de ser consustancial a la presencia humana; me refiero al afán de saber en un aprendizaje progresivo, mientras quedamos un tanto frustrados, por que no hemos adelantado mucho en los conocimientos de lo ESENCIAL para esa vida. Incluso pensamos si no habremos retrocedido. Técnicas y estrategias, a raudales, eso sí; pero la comprensión de uno mismo y de los grupos sociales, renquea de manera ostensible. Lanzados hacia delante, llegamos a dar grandes saltos, asombramos al personal y nos congratulamos del éxito saltarín; pero, ¡Caramba!, olvidamos a quienes saltan y el destino de la posterior caída.
Endiosados por sabios de pacotilla y conducidos por partidocracias sagaces, somos conducidos a terrenos inhóspitos. Las actuaciones rapaces y agresivas, ensombrecen las primicias informativas. Díaz Ferrán, Urdangarín, asesinos de niños, tramas pseudopolíticas que arramblaron con saña cuanto pudieron. ¿Sólo existen la necedad y la estulticia? Pues bien, desde la sonrisa y la ternura, los sabores íntimos de las pequeñas cosas, la sorpresa del encuentro con las demás personas y el cultivo de las CUALIDADES EMERGENTES; el espíritu de la Navidad tiene muchos horizontes para descubrirnos.
No por nuevos, extraños o recónditos, sino por la necesidad del retorno hacia las raíces humanas. Ensimismados en la contemplación de estructuras férreas, el corazón también quedó frío. Palabras y dictámenes fueron desprovistos de sentido. Viajes y comunicaciones conducían a la insensatez. El cultivo exige planteamientos, semillas, personas y buena dedicación; en busca de una convivencia solidaria y buenas proyecciones. De no cuidarlo así, multiplicaremos las angustias
-Rafael Pérez Ortolá-
