Homilía del Obispo de Almería en el Quingentésimo décimo Aniversario de la aparición de la imagen en Torregarcía
Ilustrísimo Sr. Alcalde y miembros de la Corporación municipal;
Miembros del Excmo. Cabildo Catedral y Comunidad de la Orden de Predicadores;
Respetadas Autoridades;
Cofrades de la Virgen;
Hermanos y hermanas:
Hace hoy quinientos diez años que apareció sobre las olas de la playa de Torregarcía la imagen bendita de la Santísima Virgen María, que desde entonces con la advocación de Nuestra Señora la Virgen del Mar ha sido venerada por la población de Almería y de su alfoz que, transcurridos años de devoción, quiso tenerla por Patrona. Tras la celebración al comienzo de la pasada década de los quinientos años de la aparición de la imagen de Santa María, hoy, diez años después de esta celebración cinco veces centenaria, cuando apenas hemos comenzado a transitar por la segunda década del siglo XXI, el Ayuntamiento de la Capital va a colocar a los pies de la Patrona el bastón de mando de la Corporación municipal.
No se trata de un gesto confesional, sino de la expresión pública del sentimiento mayoritario de la población, que se profesa católica y que tiene en el cristianismo la referencia de su propia historia y concepción de la vida. El pueblo de Almería ama a la Santísima Virgen porque María es la Madre de Cristo Redentor, en cuya fe todos nosotros hemos crecido y nos hemos comprendido como comunidad históricamente cristiana.
Hoy conviven con los católicos, muchos otros ciudadanos que no son cristianos o han dejado de serlo, o son cristianos de otras confesiones, cristianos ortodoxos, que tanto aman a la Virgen María invocada como Theotókos (Madre de Dios), y cristianos evangélicos que se han asentado en Almería y en María contemplan la obra de la gracia. También conviven con nosotros ciudadanos que profesan otros credos religiosos, como los inmigrantes de religión musulmana, que desde una visión distinta de la historia de Cristo y de María ven en la Virgen la mano de Dios.
Con todo, la mayoría de la población sigue siendo amplia y mayoritariamente católica. Por ello damos gracias a Dios y, con todo el respeto que debemos a las demás confesiones religiosas y a cuantas personas carecen de nuestra fe, queremos honrar a la Virgen Madre de Dios y Señora nuestra, convencidos de la que veneración de María no sólo ha sido y sigue siendo una nota distintiva del catolicismo español, sino por esto mismo viva expresión de nuestra identidad cristiana como pueblo. ¿Cómo no sobrecogerse ante la multitud que cada año, en la fiesta de la Patrona, se agolpa en las calles de la capital para ver pasar la imagen de la Virgen, para encomendarse a la bienaventurada Madre del Hijo de Dios? ¿Cómo no hacernos eco de las visitas reiteradas al santuario de la Virgen de los fieles que acuden a saludarla y a pedir su protección y amparo maternal? ¿Cómo no alegrarnos con los miles de fieles que cada año acuden a la peregrinación a su ermita de Torregarcía en una jornada de romería llena de tipismo y fervor mariano?
Cuando contemplamos a la multitud que acude a orar ante la imagen de la Virgen, recordamos las palabras de Isabel, que al recibir el saludo de María, sintió cómo la criatura que llevaba en su vientre, con la que Dios la bendecía ya entrada en años, se llenaba del Espíritu Santo, y bendijo proféticamente a la madre del Señor: ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! (Lc 1,42). Isabel reconoce en María a la que es bienaventurada por su fe, contraponiendo así la fe de la Virgen a la incredulidad de Zacarías, el esposo de Isabel, a quien el ángel anunció el nacimiento del Precursor de Jesús, Juan el Bautista, cuando ofrecía en el santuario el incienso que por turno sacerdotal le correspondía presentar al Altísimo, quedando mudo por su incredulidad.
La desconfianza con la que Zacarías acogió el anuncio de Gabriel se torna entera confianza en María y, una vez que se ha cumplido lo que el ángel anunció a Zacarías e Isabel “ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible” (Lc 1,36-37), María aparece en toda su grandeza ante los ancianos esposos, que se gozan con la llegada de la madre de su Señor. La incredulidad se ha transformado en Isabel en el gozo inefable de quien reconoce su humilde condición ante aquella que ha sido llamada a ser madre del Mesías, exclamando: “«¿Quién soy yo para que me visite la madre del mi Señor?” (Lc 1,43).
Desde aquella hora, en los albores de la era cristiana, María ha venido siendo saludada por todas las generaciones con el entusiasmo de Isabel, la anciana que en su humildad fue agraciada por Dios con la maternidad anhelada. Ante la visita de la que va ser madre del Redentor, Isabel profetiza: “Bienaventurada la que ha creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá” (Lc 1,45). María, que aparece así en toda su grandeza por haber sido destinada por Dios a ser la madre de su Hijo, ha sido concebida inmaculada y sin mancha original y es contemplada por los santos del Antiguo Testamento representados en Zacarías e Isabel como la personificación de la “hija de Sión” y del “resto santo de Israel”, que esperaba al Mesías prometido en los profetas.
Del mismo modo, María será contemplada como la figura y la imagen de la Iglesia por todos los que han creído en el Hijo de Dios nacido de María como el Salvador. Así la contemplamos nosotros, viendo en ella la imagen perfecta de la humanidad nupcialmente unida a Dios. La Iglesia aplica a la Virgen María cuanto se dice de la comunidad del pueblo elegido como esposa de su Dios.
En el Cantar de los Cantares que hoy hemos escuchado en la primera lectura, la visión de la amada, que es el pueblo de Israel, enteramente entregada al esposo cuya presencia desea en ferviente anhelo, es una visión mística en la cual el esposo es el Mesías prometido y la esposa es el pueblo de la elección. La amada unida al Mesías anticipa en la Virgen María la mística realidad de las nupcias de la Iglesia con Cristo. Contemplamos en las sagradas Escrituras cómo emerge de su lectura espiritual la imagen bendita por los siglos de la madre del Redentor convertida en Esposa, tal como la aclama el canto del Akathistos, compuesta entre los siglos VII y VIII. En la reciente vigilia de la Inmaculada, hemos cantado en sus bellas estrofas la crónica de las grandezas de María, alternadas con la aclamación: «¡Salve, Virgen y Esposa!».
San Ambrosio, en el comentario que hace al evangelio de san Lucas y que hoy leemos en el oficio de lectura del breviario romano, engarza unos bellísimos paralelismos entre lo acontecido en Isabel y en María como consecuencia de la maternidad de ambas y la misión de sus hijos. La gracia que actúa en Juan, destinado a ser precursor de Jesús, llena de gracia a su madre Isabel; pero la gracia llega a Juan con el hijo de María, porque, antes de visitar a Isabel, María ya es la llena de gracia que por obra del Espíritu Santo ha concebido a Jesús. María lleva a Jesús hasta Isabel y su presencia es sentida por Juan, llenándose Isabel del Espíritu. San Ambrosio comentará: «Bien pronto se manifiestan los beneficios de la llegada de María y de la presencia del Señor; pues en el momento mismo en que “Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre, y ella se llenó del Espíritu Santo” (Lc 1,44)» (cf. San Ambrosio, Exposición sobre el evangelio de san Lucas 2, 19-27: CCL 14, 39-42).
También nosotros sentimos la presencia del Señor que nos viene por María y en su presencia alentadora nos llenamos de esperanza en las dificultades, y sentimos cómo la gracia divina que nos trae Cristo nos recupera de nuestros pecados y nos salva. Por eso acudimos a María llenos de confianza y no ahorramos alabanzas a la Madre del Salvador, porque por medio de ella el Hijo de Dios se hizo carne nuestra. En nuestras alabanzas, que se suman a las de todas las generaciones cristianas, se cumplen las palabras proféticas de María: “Desde ahora me felicitarán todas las generaciones” (Lc 1,48).
Hoy como siempre acudimos a María como hijos espirituales, que esperan de ella amparo y protección. Que ella nos lleve a Cristo para que la esperanza crezca en nosotros y por su intercesión nos veamos libres de cuantos males nos aquejan. Con Isabel felicitamos hoy a María y la invocamos con los versos de Isabel y los de la Salve: «¡Bendita tú entre las mujeres, María! Dios te salve, Reina y madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra. Dios te salve».
Lecturas bíblicas: Cant 2,8-14
Sal 32, 2-3.11-12.20-21
Lc 1,39-45
Santuario de la Patrona
21 de diciembre de 2101
+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería
