Homilia del Obispo de Almería en la traslación de los restos del Obispo Fray Juan de Portocarrero O.F.M. (†1631) .
Excelentísimo Cabildo Catedral;
Excelentísimas e ilustrísimas Autoridades;
Queridos sacerdotes, religiosos y fieles laicos;
Hermanos y hermanas:
La Providencia divina ha querido que en el día de hoy podamos depositar los restos mortales de uno de los grandes obispos de la Iglesia de Almería en lugar definitivo de reposo, en espera de la resurrección de los muertos, Fray Juan de Portocarrero, de la Orden Franciscana Menor. Este ilustre obispo franciscano fue enterrado en la primera o antigua Capilla del Sagrario, construida a su costa de 1606 a 1610. Con el paso del tiempo, tras realizarse obras de ampliación en el siglo XVIII se había perdido el lugar del enterramiento.
Fue Fray Juan de Portocarrero quien terminó el cierre mural de la Catedral, sumando así su nombre al del Obispo constructor Fray Diego Fernández der Villalán, también de la Orden de San Francisco. El nombre del Obispo Portocarrero quedaría de esta suerte unido al de la Catedral de la Encarnación, pero esta unión del Prelado con su Iglesia Catedral se fijaba para siempre en el sol que hiciera esculpir sobre el cubo que levantó para el cierre y que se ha convertido en símbolo de la ciudad. Es el sol de sus armas episcopales que alumbra el castillo de su origen heráldico, de la rama salmantina de los Torres del Castillo descendientes de la casa de Villena. El sol de Portocarrero es el más emblemático símbolo catedralicio y figura del sol de justicia que es Cristo resucitado, de cuya vida divina ansiamos participar por la fe en la muerte redentora y en la gloriosa resurrección del Hijo de Dios.
Los historiadores han indagado la vida y el ministerio episcopal de Fray Juan, cuyo sepulcro fue hallado en 1974 al realizarse, ya en nuestros días, obras de acondicionamiento del subsuelo de la Capilla del Sagrario. La identificación de los restos del Obispo fue realizada por el canónigo archivero don Juan López, quien dirigió la investigación del desconocido sepulcro adosado al muro de la cripta de la Capilla. Recogidos los restos hallados, fueron posteriormente colocados en la Capilla del Cristo de la Escucha depositados en una sencilla urna de mármol, homenaje de la Orden Tercera Seglar de San Francisco al gran obispo franciscano. La quiebra de esta urna, en la cual figuraba la incisión del escudo y la inscripción del nombre del Obispo, en razón del homenaje tributado por la mencionada Orden Tercera, hizo pensar en una mejor y definitiva deposición de los restos del Obispo Portcarrero. El Señor nos concede hacerlo hoy y colocar la lápida que identifique y haga memoria de uno de los obispos que nos legaron la joya patrimonial de nuestra Iglesia Catedral, construcción de la fe y señal sacramental del misterio de la Iglesia, edificación de Dios y templo del Espíritu
El momento era particularmente propicio para llevar a cabo cuanto hoy realizamos, porque el 7 de marzo de 2003 se cumplían los cuatrocientos años del comienzo de su pontificado almeriense, y en 2011 los 380 años de su muerte, testificada por el Cabildo el 8 de marzo de 1631. Dos efemérides que han venido a reavivar en la Iglesia de Almería la memoria de tan ilustre Prelado. Si la Catedral y el bajorrelieve del sol de su heráldica le han unido indisolublemente a la Catedral de Nuestra Señora de la Encarnación, el ministerio episcopal Fray Juan de Portocarrero acumula en su haber otras obras de tan alto valor como la antigua iglesia de San Pedro, hoy del Sagrado Corazón de Jesús, y el convento de San Francisco, en cuya iglesia se ubica la actual parroquia de san Pedro. El Obispo Portocarrero realizó una amplia labor pastoral y administrativa, celebrando el sínodo de 1607 y unió su nombre al del Varón apostólico san Indalecio, del que fue gran devoto y al que proclamó Patrono principal de la diócesis.
Hay un motivo de excepcional trascendencia por el cual Fray Juan de Portocarrero merece hoy nuestra agradecida memoria de su persona y ministerio. Fue la fundación, mediante edicto del 6 de junio de 1610, del Seminario Conciliar de Almería, al que también puso bajo el patrocinio de san Indalecio. El Seminario Diocesano ha celebrado el cuarto centenario de su fundación, empeñado en la rehabilitación de su fábrica actual y en el afianzamiento de la comunidad de seminaristas y formadores, en un tiempo de particular desafío a las vocaciones al ministerio sacerdotal. Hoy el Seminario Mayor de la diócesis quiere rendir en torno a su Obispo, con el rector, formadores y profesores presentes, un homenaje de gratitud a Fray Juan de Portocarrero en este solemne culto de difuntos alentado por la fe en la vida eterna.
Es, en efecto, la fe en la resurrección de los muertos la que inspira esta liturgia y le da sentido, porque en la resurrección de Jesucristo, el gran Pastor de las ovejas a quien Dios hizo surgir de los muertos (cf. Hb 13,20-21), ha encontrado justificación definitiva e irrevocable la fe de Judas Macabeo, el caudillo de Israel que envió una colecta de dos mil dracmas de plata a Jerusalén para que se ofreciese un sacrificio de expiación por los caídos en la batalla por la libertad del pueblo elegido. El autor sagrado comenta: “Obró con gran rectitud y nobleza, pensando en la resurrección. Si no hubiera esperado la resurrección de los caídos, hubiera sido inútil y ridículo rezar por los muertos” (2 Mac 12,43-44).
Al contemplar los restos y cenizas de Fray Juan, sentimos reavivarse en nosotros la convicción de fe de que, en verdad, resucitaremos; de suerte que, por la misericordia de Dios, podemos decir con san Pablo: “Sabemos que si se destruye este nuestro tabernáculo terreno, tenemos un sólido edificio construido por Dios, una casa que no ha sido levantada por mano de hombre y que tiene una duración eterna en los cielos” (2 Cor 5,1).
Quiso Fray Juan legarnos una lección última de humildad, al dejar en testamento ser sepultado en la cripta de la Capilla del Sagrario por él construida, sin otro epitafio que la señal de su escudo colocada sobre el arcosolio de su sepulcro, conocedor como fue de las palabras de Cristo que hemos escuchado el evangelio según san Juan: “El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna” (Jn 12,25). El gran obispo franciscano, seguidor del pobre y humilde fraile de Asís, conocía bien aquello que había querido tener por vocación y práctica de fe: que quien muere sepultado en la tierra como el grano de trigo, aguarda la cosecha que florece en la resurrección como el trigo surge del grano caído en la tierra, sin otra señal de su ocultamiento que el lomo del surco que lo arropa.
El Capítulo de la Catedral cumplió con rigor la voluntad de Fray Juan, pero cuatro siglos después, una vez hallados e identificados sus restos y conocida su custodia en la urna que sobre una ménsula guardó sus huesos y cenizas, nosotros que ya no somos sus testamentarios, hemos querido honrar hoy su memoria dignificando el lugar del último reposo de los restos del Obispo humilde, tan indisolublemente unido a su Iglesia particular, un lugar que desde ahora será de emblemático significado religioso y civil para la capital de la diócesis y de la provincia. De esta suerte, en este homenaje que hoy tributamos a su memoria, suplicando al Dios de infinita misericordia el premio para su siervo obediente y humilde, se anticipa el cumplimiento de aquella promesa del único Señor de vivos y muertos: “Todo el que se ensalza será humillado; y el que se humilla será enaltecido”. (Lc 14,11). Así lo esperamos ver nosotros mismos en compañía de los santos, cuando “la muerte haya sido absorbida en la victoria” (1 Cor 15.54) y tengamos acceso definitivo al misterio de la eterna belleza de Dios reflejada en el rostro de Cristo. La interpretación de esta misa de réquiem que Mozart compuso pensando en su propia muerte, nos adentra por la vía de la belleza, la «via pulchritudinis», mediante la cual Dios ha querido que vislumbremos la luz de la gloria que nos aguarda. Esta vía de ascenso a Dios, practicada por la tradición clásica de la teología cristiana desde los santos Padres y la teología medieval a los modernos ensayos de acreditación de la fe, nos es de nuevo recomendada por el Santo Padre y ha sido hecha propia por el los Padres sinodales en la reciente Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos, consolidando en nuestro espíritu, en este Año de la fe, la certeza de la verdad que profesamos en el Dios que es verdad plena, bien sumo e infinita belleza.
Que la Reina de los pastores y Madre del amor hermoso nos acompañe en nuestro peregrinar y, como Estrella del Mar por nosotros siempre amada, ilumine nuestra navegación hacia la luz definitiva del puerto de la vida sin fin, de la cual se nos entrega la prenda, en espera de la gloria futura, en esta liturgia eucarística.
Catedral de la Encarnación
Almería, a 30 de noviembre de 2012
+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería
