Homilía y Alocución del Obispo diocesano en las fiestas Patronales de Almería en honor de la Virgen del Mar
La Feria en homenaje a la Virgen del Mar, Patrona de Almería, terminaba con la solemnidad del pasado sábado. La ofrenda floral del viernes, con la que concluía el septenario de la Patrona, daba paso a la solemnidad patronal mariana. Los cultos han llenado de fieles el santuario, que lucía la iluminación de arcos y bellísimas pechinas en concha.
El Sr. Obispo presidió la Misa estacional de las 12 h. de la mañana en el día de la fiesta, y en su homilía insistía en la necesidad de observar los mandamientos de Dios como garantía de una verdadera renovación moral de la sociedad, que necesita reconocer que la realidad del pecado personal y social es realidad contundente, imposible de ocultar, y que la conciencia de culpa no es inducida por prejuicios, sino resultado de la maldad de los actos humanos denunciados por la conciencia.
Con las primeras sombras de la noche iluminadas por la Estrella de los Mares, que congregaba una verdadera multitud en el santuario para el canto tradicional de la Salve, se cerraba la jornada festiva. Es un acto emotivo, presidido todos los años por el Obispo diocesano, al que acuden las autoridades de la ciudad y de la provincia, también presentes y acompañadas por los representantes de las instituciones en la solemne procesión de alabanza a Nuestra Señora en la tarde del domingo que sigue a la solemnidad de la Patrona. Las calles se llenaron de un gentío deseoso de contemplar el paso de la Virgen. Ya en la Plaza Circular y antes de enfilar la calle Gerona, las horquilleros colocaron la imagen sagrada de la Virgen frente al Mar Mediterráneo para la alocución que Mons. González Montes dirigió a los diocesanos, seguida de una oración a la Virgen. Publicamos ambos textos junto con la homilía del Obispo.
A continuación reproducimos la HOMILÍA del Sr. Obispo:
Homilía en la Solemnidad de la Virgen del Mar
Lecturas bíblicas: Eclo 24,1.3-4.8-12.19-21
Sal Jdt 13,18b-e.19
Gál 4,4-6
Lc 11,27-28
Excelentísimo Cabildo Catedral y Comunidad de la Orden de Santo Domingo;
Ilustrísimo Sr. Alcalde; Excelentísimas e Ilustrísimas Autoridades civiles y militares;
Queridos sacerdotes y diáconos;
Religiosas, Cofrades de la Virgen y demás fieles laicos.
Queridos hermanos y hermanas:
“Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley,
para rescatar a los que estaban bajo la Ley,
para que recibiéramos el ser hijos por adopción”.
(Gál 4,4-5)
Estas palabras del apóstol san Pablo revelan la finalidad de la encarnación del Verbo de Dios en las entrañas de la Virgen María. El Hijo de Dios se hizo carne “para rescatar a los que estaban bajo la Ley” (4,5), porque la Ley era causa de la muerte del hombre, ya que el pecador no puede cumplir la Ley. Desde el principio de la humanidad el pecado ha reinado en el mundo, por eso el Apóstol refiriéndose a Adán dice que “por un hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y así la muerte alcanzó a todos los hombres, ya que todos pecaron” (Rom 5,12). Causa del pecado fue la Ley, no porque la Ley sea en sí misma pecaminosa, ya que la ley es la guía para el bien y su salvaguarda, sino porque el hombre no cumple la voluntad de Dios, no cumple sus mandamientos.
El pecado es una realidad contundente en la historia, por eso negarlo es ceguera imperdonable; es, de hecho verdadero pecado contra el Espíritu Santo. Por eso dice el evangelista san Juan: “Si decimos: «No tenemos pecado», nos engañamos y la verdad no está en nosotros (…) Si decimos: «No hemos pecado», le hacemos mentiroso y su palabra no está en nosotros” (1 Jn 1.10).
El pecado es una realidad que se nos impone por su propia evidencia, y su fuerza se manifiesta en la inclinación al mal y la destrucción que el pecado trae consigo desde el origen de la humanidad. La fuerza del pecado se manifiesta en forma extrema en la violencia homicida, que comienza, dice Jesús, con el desamor, con el insulto y la descalificación del adversario (cf. Mt 5,21-22). Por eso el evangelista afirma: “Quien aborrece a su hermano está en las tinieblas, camina en las tinieblas, no sabe dónde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos” (2,11). Las guerras del próximo Oriente y la violencia fratricida en algunos países africanos, con la cruel persecución de los cristianos y de las minorías religiosas que, ejerciendo sus derechos inalienables, no se pliegan al imperio a las corrientes islamistas que imponen el terror como forma de sometimiento, han llenado de tristeza este tiempo para el descanso, las vacaciones y fiestas anuales, que no logran hacernos olvidar tan cruda realidad.
Sin embargo, está no está fuera de nosotros. Vivimos presionados por la fuerza del mal, está en nosotros. Es verdad, dice el Apóstol, que la impotencia del hombre para cumplir la Ley trajo consigo el imperio del pecado, puesto que los hombres no cumplen los mandamientos y no secundan la voluntad de Dios. El delito y desobediencia del primer Adán y con él de la humanidad pecadora trajeron consigo la muerte, pero no estamos fatalmente sometidos al mal; por Jesucristo, añade san Pablo, “la obra de la justicia de uno procura a todos la justificación que da la vida” (Rom 5,18). Concluye el Apóstol recordando que gracias a la obediencia de Cristo, “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” y, si por Adán reinó el pecado y la muerte en el mundo, “así también reinará la gracia en virtud de la justicia para la vida eterna por Jesucristo nuestro Señor” (Rom 5,21).
Esta es la razón y motivo para que el Hijo de Dios naciera en el tiempo de una mujer: “para rescatar a los que estaban bajo la Ley”(Gál 4,5a). El Hijo eterno se hizo temporal para rescatarnos de la muerte. Un rescate que consiste en la liberación del pecado, origen de la muerte eterna, mediante la justificación del pecador gracias a la justicia de Cristo, que a nosotros nos libera de la culpa. Así, por obra de la gracia y de la misericordia de Dios nos fueron perdonados los pecados “para que recibiéramos el ser hijos por adopción”(4,5b).
Dios que nos creó a su imagen y semejanza, fundamento de la dignidad del ser humano, y, nos hicimos pecadores culpablemente; pero Dios, en su designio de misericordia, nos recobró del pecado para hacernos hijos adoptivos suyos. San Pablo reitera en la carta a los Efesios esta finalidad de la encarnación del Hijo de Dios, porque en él fuimos creados y por medio de él hemos sido redimidos, elegidos en Cristo “antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor (…) para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo” (Ef 1,4-5). Para esto nació Jesucristo de la Virgen María, la mujer bienaventurada, que acogió en sí misma la voluntad de Dios y guardó su Palabra. En ella Dios se hizo hombre, para que los hombres viniéramos a participar de la vida divina, vencidos en la cruz de Cristo el pecado y la muerte.
Vivimos hoy en un ambiente cultural que no tolera la culpa como realidad objetiva, que el ser humano contrae por sus malos actos. Hay quienes no sólo se mofan públicamente de la moral cristiana, sino que consideran que la conciencia de la culpa es sólo inducida por prejuicios religiosos de los que sería preciso liberarse. Sin embargo, la culpa emerge en la conciencia como resultado de aquellos actos moralmente malos en sí mismos. Algo que acontece en virtud de una ley moral natural, impresa en el corazón del hombre e iluminada por la luz de la razón, capaz de distinguir entre el bien y el mal.
Una sociedad radicalmente permisiva, como la que quiere imponer el relativismo de nuestros días, sólo puede conducir al desarme moral de las sociedades y a la indefensión de las personas frente al mal. Lo habéis escuchado al Papa Benedicto XVI durante su pontificado, los estamos escuchando al Papa Francisco. Los obispos hemos hablado de este relativismo como atmósfera cultural que diluye la responsabilidad moral que evalúa los actos humanos. No es aceptable en una sociedad democrática y al mismo tiempo mayoritariamente cristiana que quienes tienen la responsabilidad de las instituciones públicas se plieguen por principio a las minorías no cristianas, que demandan de las mismas dar la espalda a la conciencia moral de la mayoría. Las instituciones públicas no pueden soslayar el deber, sancionado por nuestro ordenamiento jurídico, de tenerla en cuenta las creencias religiosas de la sociedad; y si es justo y democrático tener en cuenta la singularidad de las minorías, no pueden obviarse las creencias mayoritarias de una sociedad abierta.
Hago esta referencia a nuestra realidad social, porque hablar del pecado no puede parecer obsoleto en una sociedad mayoritariamente cristiana, aun cuando la cultura imperante sea relativista. Al honrar hoy a la Virgen María, hemos de tener presente que la grandeza de María estriba en la limpieza de toda mancha de pecado, libre de culpa, con que la que el Creador quiso adornarla, haciendo de ella la “primogénita de todas las criaturas” (Eclo 24, 5b), y la más hermosa de todas ellas, para ser digna morada de su Hijo. A ella aplica Cristo el principio de toda justicia: “dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen” (Lc11,28). María es la hija de Sión, figura y recapitulación del pueblo elegido, donde Dios quiso que residiera la divina Sabiduría que se manifiesta en la Alianza antigua en la Ley entregada por Dios a Moisés. Cumplidora de la palabra de Dios, en María Dios construyó en la nueva Alianza la morada de su Hijo, Sabiduría encarnada, que se hace visible en Jesucristo nuestro Señor.
Si queremos mantenernos como verdaderos discípulos de Jesús y ser cristianos, hemos de imitar a María y guardar la palabra de Dios, cumplir los mandamientos. Hemos de cumplir la ley de Dios viviendo según la mente de Dios creador, que nos ha puesto en el corazón del hombre la ley moral natural y con su sabiduría divina y su bondad dispuso la redención por medio de Cristo del hombre caído. Seamos testigos del Evangelio en una sociedad degradada por el relativismo y la inmoralidad, que se manifiesta en la corrupción de cuantos se enriquecen a costa del bien común, esclavos del egoísmo, mientras desatienden las necesidades de las personas y las familias. Una sociedad moralmente degradada por la envilecimiento del ejercicio de la sexualidad convertida en mercancía de consumo, gobernada no por la bondad o maldad intrínseca de los actos humanos, sino por el placer inmediato y la acumulación avara del dinero. Una sociedad que pretende borrar del lenguaje y de la ley que el matrimonio se funda sobre el amor del marido y la mujer; una sociedad que no logra expulsar la violencia doméstica, que conmociona la paz social, y no promueve la maternidad con los derechos laborales de la mujer.
Volvamos hoy nuestros ojos y nuestro corazón a la imagen sagrada de nuestra Patrona, para que esta sagrada imagen de María Madre de Dios nos ayude a implorar de la Virgen su ayuda maternal para mejorar nuestra vida, par que lleguemos a ser imagen de su divino Hijo. Que su maternal intercesión ampare nuestras familias y nos ayude a transmitir la fe con acierto frente al relativismo imperante; y nos haga compasivos, capaces de compartir nuestros bienes y de amar incluso a quienes nos ofenden.
A ella acudimos hoy como Madre de misericordia, para felicitarla en su día con el canto de la Iglesia:
«Dichosa eres, santa Virgen María,
y digna de toda alabanza:
de ti ha salido el sol de justicia,
Cristo nuestro Señor». Amén.
Almería, a 30 de agosto de 2014
Santuario de la Virgen del Mar
+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería
A continuación reproducimos la ALOCUCIÓN del Sr. Obispo:
Alocución en la procesión votiva de alabanza de la Virgen del Mar
Queridos diocesanos:
Hemos vuelto a esta procesión de alabanza para acompañar la imagen sagrada de nuestra Patrona la Virgen del Mar por las calles de la ciudad. En la víspera de su fiesta le rendíamos el homenaje de la ofrenda floral, y los cultos en su honor culminaban en la solemne Misa estacional que presidí en el santuario, abarrotado de fieles. Una multitud de personas y familias que, al igual que hacéis hoy, arropáis a la Patrona manifestando el fervor mariano de vuestra fe cristiana.
Que estas breves palabras sirvan para recordaros, queridos diocesanos, que al venerar a la Virgen María es a Cristo Jesús a quien seguimos y es su Evangelio el que ha de gobernar nuestras vidas. No nos engañemos, podemos ser muy religiosos, pero si no cumplimos los mandamientos no entraremos en el reino de los cielos. Para salvarse es necesario guardar los mandamientos. Nuestra sociedad se aleja de la guarda de los mandamientos a causa del relativismo que se va imponiendo en la conciencia de las personas, un relativismo promovido por los medios de masas, que tantas veces presentan la infidelidad entre los esposos como una conducta dictada por la libertad; y la negativa a recibir responsablemente de Dios los hijos, como afirmación de los derechos individuales de los esposos que se anteponen al deber de procrear y educar a los hijos, dando lugar a una sociedad envejecida y sin la deseable prolongación en la generaciones llamadas a sucederse con holgura y crecimiento.
Nos apartamos de Dios cuando sólo miramos nuestro propio interés, cuando nos desentendemos de los que sufren, de los inmigrantes y de los necesitados, de los ancianos y de los sin techo; cuando no abrimos nuestro corazón ni elevamos nuestra oración por los refugiados, los que son cruelmente perseguidos por motivos étnicos y sus creencias religiosas como está sucediendo con los cristianos en África y en Oriente cercano y medio. Nuestra indiferencia ante el sufrimiento ajeno es expresión de la falta de fe de las personas y de la de cadencia moral de la sociedad.
Nos apartamos de Dios cuando sustituimos el bien común por el bien propio, cuando ponemos las ideologías por encima de las personas y soslayamos el deber de solidaridad fraterna y caridad; cuando disimulamos las conductas inapropiadas e inmorales de los que son ideológicamente los nuestros, mientras denunciamos apasionadamente esas mismas conductas cuando se trata de los adversarios.
Los cristianos, sin embargo, somos personas esperanzadas que creemos en la capacidad de los seres humanos para ser mejores moralmente, ayudados por la gracia. Dios quiere nuestra felicidad y nos ha destinado a la vida eternamente feliz, pero quiere el arrepentimiento del pecado y el cambio de vida; y por medio de Jesús nos dice: “Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando” (Jn 15,14).
La Virgen María, Madre de Cristo y madre nuestra, nos recuerda que sólo haciendo la voluntad de Dios hallaremos paz y salvación. Por eso con sus palabras en las bodas de Caná de Galilea, vuelve a repetirnos hoy, en esta procesión en su alabanza: “Haced lo que él os diga” (Jn 2,5). Por eso, queridos diocesanos, con el propósito de hacer lo que Cristo nos enseña, nos dirigimos hoy, en esta orilla europea del Mediterráneo, a Nuestra Señora la Virgen del Mar, para suplicarle:
«Señora y Madre nuestra, míranos ante tu imagen reunidos en torno a ti.
Venimos a ponernos bajo tu amparo.
Queremos ser protegidos por tu amor de madre y reina de nuestras almas,
flor de las flores y madre de misericordia.
Muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre;
y llénanos de la luz gloriosa de Cristo resucitado.
Tú que eres la estrella de la evangelización,
ayúdanos a comunicar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo
el poder de salvación del Evangelio.
Ayuda a la Iglesia a encontrar obreros para el reino de Dios:
vocaciones sacerdotales y religiosas, capaces de alentar la fe del pueblo de Dios
e impulsar la acción evangelizadora de la Iglesia;
apóstoles seglares que lleven el estilo cristiano de vida
a una sociedad que necesita la fe para vivir con sentido.
Tú que eres la Estrella de los Mares
que ilumina la oscuridad de las aguas procelosas,
acompaña la travesía de nuestras vidas hacia Dios,
puerto verdadero y único de salvación.
Ven a socorrer con tu amor de madre nuestra fe débil
y nuestra falta de caridad;
para que por tu favor merezcamos
llegar con Cristo a la patria del cielo.
Amén.


