La cabeza de Rajoy
Tal vez la crítica al presidente del Gobierno que más fortuna hahecho en esta legislatura ha sido la del famoso plasma. Una idea,bien cocinada políticamente, que viene a significar lejanía. Lejaníade los ciudadanos, de la realidad y de todo lo que interesa al”común de los mortales”. Ver a alguien a través del plasma tedistancia del personaje, pero resulta curioso que hayan sido lastelevisiones, es decir los plasmas, quienes han lanzado al”estrellato” a los nuevos líderes política, algunos de los cuales,como Pablo Iglesias ahora dice que “todo no son tertuliastelevisivas”. ¡Que desagradecido¡, con todo lo que han hecho porél algunas cadenas y algunos periodistas situándose endemasiadas ocasiones en el movedizo terreno de juego de lamilitancia. En las últimas horas Mariano Rajoy ha tenido que escuchar, porpartida doble –primero en la rueda de prensa de Moncloa y luegoen una entrevista con Ana Blanco en TVE– lo que se ha convertidoen un auténtico secreto a voces por todo Madrid: que llegado elcaso, si necesitara el apoyo de Ciudadanos, pedirían su cabezacomo condición innegociable para votar a favor de la investidura. “Mi cabeza está bien situada y no pienso dejar que nadie la cambie
de sitio. Pretendo seguir vivo una larga temporada”, dijo elpresidente intentando zanjar la polémica. El problema no es que, en política, se haya convertido en dogmael famoso “cuando el río suena”, sino que ese run-run insistentey machacón se oye dentro del PP desde hace meses, aunquetodos, de puertas a fuera, consideran que sería absolutamenteinaceptable entregar la cabeza de su número uno como peajeobligado para mantener el poder y crearía un precedente tanpeligroso. Incluso se dice que, en esa hipótesis improbable,habría que ir de inmediato a una refundación del PP, cosa queempieza a dejarse caer como la lluvia fina. El otro día leí que alguien recordaba a Churchill en aquello deque sólo confiaba en las estadísticas que él mismo cocinaba, y lafrase es oportuna al albur de las distintas interpretaciones de lascifras económicas de las que el gobierno saca pecho. No se lepuede negar al presidente que ha conseguido cambiar la tendenciao que la economía ha logrado sanear algunos de losdesequilibrios, especialmente en el sector exterior. No podemosolvidar que España llegó a necesitar 100.000 millones de eurospara financiarse y hoy tiene capacidad de hacerlo o que estuvimosa un tris del rescate y hoy hay una previsión de crecimiento del 2,5por cierto en los próximos tres años. Tampoco es una “boutade”que cuando llegó el PP al poder se destruía empleo a chorros yahora se crean medio millón de puestos de trabajo. Puede que ladebilidad siga estando en la calidad del empleo y por supuesto enese 20 por ciento de la población activa que pasa sus “lunes al sol”, pero al menos se ha abierto una puerta a la esperanza.
El asunto es que el partido del gobierno, en esta durísima etapa de crisis, se ha convertido en antipático para una opinión pública
decepcionada por los casos de corrupción que –aún siendotrasversal porque ha afectado a casi todos las siglas políticas–castiga siempre más al partido del inquilino de la Moncloa. “Hanaflorado en estos años demasiados escándalos. Soy plenamenteconsciente del daño y el descrédito que estos episodios hancausado a la percepción la política entre los ciudadanos”, dijo elpresidente tras disolver las Cortes y convocar las elecciones. Es cierto que cuando se habla de político de plasma, se quieresituar intencionadamente a Rajoy como un líder del pasadoamortizado para el futuro, que se ha obsesionado con responder,machaconamente, a cualquier cuestión sólo con su políticaeconómica y ha desdeñado la importancia de los medios decomunicación, hasta dos minutos antes de acabar la legislatura.Se le acusa de ser un tecnócrata, frío e insensible, incapaz detrasmitir emociones, pero se olvida, también intencionadamente,que ha sido cocinero antes que fraile y que en su “haber” tieneuna amplísima experiencia en gestión cosa que a otros se les “debe” suponer y esa es un a importante incógnita tal como esta el
patio. Rajoy ha caído en la cuenta tarde –ya veremos si demasiado ono– que su alergia y su desconfianza con los medios decomunicación se ha entendido como un alejamiento hacia laopinión pública con la que los periodistas actuamos deintermediarios. Esa misma opinión pública que hace apenasunos días bendijo con una audiencia histórica el debate ente AlbertRivera y Pablo Iglesias, pero estamos en tiempos revueltos ycambiantes y lo que digan las urnas es una gran incógnita. Losespañoles que nos permitimos desahogos en las europeas,autonómicas y municipales solemos dar en el clavo en lasgenerales y todos los partidos están en tiempo de descuento. ElPP si se cumplen los pronósticos puede perder más de cincuentaescaños pero no creo que ponga la cabeza de Rajoy en almoneda. ¿O si?.
-Esther Esteban-
