La devastación como estilo de vida
Los chistes no deben explicarse, las señoras no tienen edad y jamás se habla de dinero. Estos tres sencillos principios formaban parte de la educación emocional de una generación que afronta en breve la cincuentena y que mira atrás sin ira, pero con cierta sensación de sorpresa. Y del mismo modo que nos sigue costando trabajo hablar de dinero, no podemos dejar de pasar por alto que el dinero es la métrica del verso cotidiano en las nóminas, los bancos, la cola del supermercado y el cepillo de las iglesias. Hablemos, pues, del vil metal y abundemos en el dato que nos ofrece LA VOZ: los actos vandálicos cometidos en Almería capital costaron al Ayuntamiento 153.000 euros. Es decir, que los contribuyentes almerienses hemos perdido ese dineral (más de 25 millones de las antiguas pesetas) para reponer lo que unos cretinos han descompuesto (bancos, farolas, fuentes, jardines) por puro gusto. Hablo de dinero por situar con precisión la cuestión, pero en el fondo estoy hablando de educación. Hace cincuenta años no existía prácticamente ninguno de los avances tecnológicos que permiten que usted esté ahora leyendo estas líneas, ni tampoco otros servicios que hacen la vida más fácil, cómoda y duradera. Sin embargo, contábamos con una red de valores urbanos que (con independencia de las ideas políticas o morales imperantes entonces) explicaban el estropicio como accidente o chiquillada, pero no como la deliberada comisión de destrozos sistemáticos o en la adopciónde la devastación como estilo de vida. Y eso pasa hoy en Almería y en todas las ciudades. Es muy razonable y necesario que se inste a los ayuntamientos a que se reponga o arregle lo arramblado, pero también es necesario incidir en la responsabilidad directa de la habitual recua de cafres. Si no se educa a los niños de otra manera en sus propias casas, dentro de otros cincuenta años quizás ya no haya ni casas, ni ciudades.

-José Fernández-
