La humildad de dos hombres
Vivimos en un mundo en el que la humildad no se caracteriza por ser una actitud común entre los hombres, especialmente si hablamos de sectores o personas con poder, que amparandose en su cargo, se elevan en un pedestal imaginario, complaciendose con palmaditas en el hombro de sus allegados o con las que ellos mismos se dan. Sin embargo, dos hombres que han sido llamados a tener un gran poder sobre la humanidad en el presente siglo, como es el caso del alemán Ratzinger y el argentino Jorge Mario Bergoglio, han hecho de la humildad su seña de identidad.
En el primer caso, el Papa Benedicto XVI, reconociendo sus límitaciones físicas e intelectuales para mantener su cargo, renunció a su mandato como sucesor de San Pedro haciendonos ver que es un ser humano más. Así terminó su pontificado, renunciando al poder sin la obligación de hacerlo, teniendo el coraje y la madurez suficiente como para reconocer que iba a ser más útil para la Iglesia dedicarse plenamente a la oración —después de tener la certeza de haber hecho un buen trabajo— y no permanecer como un anciano en primera línea en un mundo de continuos cambios.
Y en el segundo ejemplo, el nuevo Papa Francisco, Jorge Mario Bergoglio. De él se ha dicho que su vida como arzobispo de Buenos Aires se ha carecterizado por ser austera y sencilla. Así nos lo hacen ver detalles de cómo era su estilo de vida días antes de ser elegido Sumo Pontifice: como arzobispo de Buenos Aires no vivía en el palacio cardenalicio, sino en un piso normal y corriente. Iba a trabajar todos los días en autobús y en las últimas horas hemos podido ver varias fotrografias en el que se le vé viajando en metro. Cenaba solo, y nada de restaurantes. Y según el diario ‘La Nación’, cuando Bergoglio viajaba a Roma por cuestiones de su cargo eclesiástico siempre iba en clase turista. Y fue de los pocos cardenales que cuando llegó a Roma para la elección del nuevo Papa —que ha resultado ser él— no se subió a vehículos oficiales que se le ofrecia.
Pero su humildad no solo forma parte de su pasado. Cuando le conocimos por primera vez la mayoria de los cristianos se nos presentó con una cruz pectoral sencilla, pidiendo en primer lugar por Benedicto XVI, obispo émerito de Roma, y antes de pronunciar el tradicional “Urbi et orbi”, pidió a los fieles que “antes de que el Obispo bendiga al pueblo, que el pueblo rece para que Dios bendiga al Obispo”.
De él también se dice que siempre ha sentido una gran preocupación por los excluidos sociales, los pobres, las protitutas y los trabajadores explotados. Era común verlo dando misas en barrios pobres de Buenos Aires, tenía la costumbre de celebrar los oficios de Jueves Santo con los necesitados, lavando los pies a enfermos en hospitales, a presos de las cárceles o mendigos de diversos centros de acogida; y siempre que ha tenido la oportunidad ha manifestado su gran preocupación por las desigualdades, criticando duramente la sociedad consumista y los prejuicios de la económia capitalista: “La deuda social, es inmoral, injusta e ilegítima” o en otra ocasión “Hay que indignarse contra la injusticia de que el pan y el trabajo no lleguen a todos […] Qué triste es cuando uno ve que podría alcanzar perfectamente para todos y resulta que no”. Y como curiosidad, se cuenta que cuando Jorge Mario Bergoglio fue elegido cardenal por Juan Pablo II en el año 2001, varios feligreses de Buenos Aires querían acompañarle a Roma pero él les pidió que no fueran y que el dinero que tenían previsto gastarse lo destinasen a obras de caridad.
Como católico me entusiasma y me siento orgulloso de tener —y haber tenido— como imagen visible de la Iglesia a dos hombres que no se han dejado llevar por el poder, sino que han hecho de la humildad, junto de la oración, su estilo de vida. Me siento afortunado por ello, y entiendo que esto suscite muchas envidias por parte de otros colectivos liderados por personas que se aferran a su cargo y que dejan la humildad guardada en un cajón con un cerrojo sin llave.
-Amén-
