La provocación no se puede ignorar
Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis:
si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?
Sor Juana Inés de la Cruz.
No sabemos lo que diría, si le hubiera tocado vivir en este SigloXXI, la monja Sor Juana Inés de la Cruz, nacida en 1651, en el municipio de Tepetlixpa, México; escritora de la orden de San Jerónimo y autora de los magníficos versos, dentro de la lírica del barroco tardío español, con los que hemos encabezado este este comentario. Mucho nos tememos que la excelsa poetisa se vería obligada a reconsiderar su concepto sobre los hombres y, en especial, sobre lo que ella atribuía a aquellas féminas pudorosas, envueltas en abundantes y holgados ropajes que ocultaban hasta la más mínima parte de sus cuerpos, poco acostumbradas a tener información aclaratoria sobre las turbadoras exigencias de un sexo al que se las había enseñado a desconocer e ignorar, valga el oxímoron. Es evidente que el ambiente, la fuerza que por aquel entonces tenía la iglesia católica sobre la mentalidad del pueblo español, la Santa Inquisición, y la fama de descreídos, brutos, mujeriegos, pervertidos e incontinentes sexuales de la que gozaban los del llamado sexo fuerte, a diferencia de la indefensión y dependencia del sexo débil que se les atribuía a las mujeres, siempre condenadas a ocupar un lugar secundario dentro de la escala social, sometidas en cuerpo y alma a la voluntad, en ocasiones intolerante, opresora y tiránica de sus padres, esposos y hermanos; fueron capaces de inspirar a sor Juana aquellas duras críticas sobre los varones de aquella época. Presumimos que, si la poetisa hubiera sido capaz de superar, sin que le cogiera un patatús, el colapso de contemplar una sociedad como la nuestra, en la que todos los valores que en aquellos tiempos eran compartidos por la gran mayoría de las personas, en nuestros tiempos ya han desaparecido, sustituidos por un concepto de las libertades, la independencia, el sexo y los derechos de las mujeres, completamente contrapuesto a las costumbres morales de aquel siglo, caracterizado por la Guerra de los Treinta años y el culteranismo de Góngora; su producción lírica hubiera tenido un sentido muy distinto a aquella que la inspiró en su tiempo. Haciendo una paráfrasis adaptada a la época actual cabría un texto nuevo como el siguiente: “Hembras necias que acusáis/ al varón sin razón/ sin ver que sois la razón/ de lo mismo que culpáis” (no sigo, porque lo que añadiría pasaría de un simple retoque a una improvisación irrespetuosa con la devota escritora)
Siempre hemos defendido los derechos, iguales a los de los hombres (no los privilegios) de las mujeres, tanto en el aspecto docente, cultural, laboral, científico, artístico y económico etc. así como respecto a la posibilidad de tomar sus propias decisiones y disponer de su futuro según les pluguiere; de modo que no deba estar supeditada al hombre ni por activa ni por pasiva. Sin embargo, como suele suceder cuando en una legítima reivindicación se introducen factores egoístas, fanáticos, neuróticos, revanchistas o contrarios a las reglas naturales; estamos en contra de que se cargue sobre el varón todo el peso de la Ley cuando incurre en determinados actos o procede de forma que se pudiera considerar irrespetuosa, ilegal, prepotente o, incluso, delictiva (nunca justificable ni tolerable), cuando también se debería valorar la fuerza del estímulo que le induce a llevar a cabo una conducta completamente condenable.
¿Qué es, en definitiva, lo que pretenden las mujeres cuando, con la excusa de la moda, de sus libertades, de su culto a su propia persona o del ejercicio de su libre albedrío, van acortando la longitud de sus faldas, estrechando hasta los límites insospechados la anchura de sus pantalones, turgentes, resaltando hasta el más mínimo detalle cada una de las curvas de sus siluetas o, como es costumbre de los últimos años, cubriendo sus cuerpos con tejidos transparentes que ofrecen a la vista de cualquiera los mórbidos encantos que atesoran aquellas zonas de su anatomía que, durante siglos, habían estado reservadas a la intimidad de las alcobas, sólo al alcance de esposos o amantes de ambos géneros?
Se habla del derecho de las mujeres a vestir como les dé la gana, de la obligación de los hombres de contener sus instintos y de que, la sociedad moderna se ha de adaptar a semejantes exhibiciones como una más de sus conquistas sociales. La desnudez, el exhibicionismo, las playas nudistas, la provocación de los gestos femeninos, en ocasiones procaces, libidinosos e insinuantes con los que, a muchas mujeres, les encanta provocar la libido de los hombres ¡AH! Pero que ningún hombre se atreva a dejarse arrastrar por la tentación, porque el juego sexual de las mujeres se reserva para sí el decidir a quién quieren provocar de todos aquellos a los que dejan expuestos los encantos de su anatomía. En el mundo animal es muy frecuente que las hembras, generalmente pasivas ante los varios pretendientes que suelen acosarlas cuando emanan los fluidos u olores indicadores de que están receptivas, pero ellas no tienen la potestad de elegir al macho que las cubrirá, sino que esto es cometido de ellos que lo suelen solventar batallando entre si y, el vencedor, será quien tendrá el privilegio de copular con ella.
Todos los varones que pueden cruzarse con la hembra que se exhibe, que coquetea, que se muestra receptiva, que interpretan que su voluptuosidad es una declaración de disponibilidad, no tienen la obligación de saber que lo que, verdaderamente, están deseando las mujeres es enganchar en su tela de araña a su objetivo, uno determinado en el que ha puesto el ojo. Escriben mensajes en sus móviles, se prestan a conversaciones escabrosas, pensando que los que les responden en las redes se mantendrán siempre en los límites de la corrección, porque los mensajes sólo van dedicados a uno, a un perfil determinado que es al que ella está dispuesta a entregarle su cuerpo si se lo pide. ¡Pobre de aquellos que, interpretando que aquellos mensajes de la moza van dirigidos a todos, deciden que ha llegado el momento de lanzarse sobre ella! Es cierto que las leyes hablan de violaciones, de abusos deshonestos, de forzamientos y de ataques al honor de las mujeres; pero de lo que no se trata es ¿qué clase de castigo merecen las calienta braguetas que no tienen reparo en ponerse en top less en las playas o aquellas que adoptan posturas insinuantes, sin importarles que unos varones embobados queden atrapados en sus hechizos?
Cada año se repite la misma polémica en Navarra, por las fiestas de San Fermín. Ambiente multitudinario, ríos de vino regando las gargantas de miles de personas apretujadas en lugares estrechos, rozamientos y camisetas mojadas, niñas que se encaraman a hombros de sus compañeros y, sin el menor rubor, se quitan camisetas y sostenes, y conscientes de su atractivo sexual se agitan como endemoniadas. Después, cuando alguna de ellas ha encontrado la respuesta a su desafío, consintiéndolo o no, llega el momento de denunciar a los mozos por haberse extralimitado. Las habituales feministas, no se sabe si por envidia o por ganas de vengarse del sexo contrario al que tienen jurado un odio eterno, en revancha por los siglos en los que se las relegó a la función de ama de casa o por sentirse solas, sin más compañía que otras de su misma especie, y conscientes de que su futuro será morirse solas o con la compañía de otra de su misma condición, maldiciendo el momento en el que decidieron combatir al varón; van a mostrar su repulsa por tales “abusos” sin darse cuenta de que aquellas jóvenes, medio borrachas e impulsadas por sus necesidades fisiológicas, han sido las responsables de que unos machos fuera de sí se hayan lanzado a la caza de un botín que, con toda seguridad, han pensado que se les ofrecía de forma gratuita.
O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, pensamos que sería justo que se tuviera en cuenta, en estos desagradables casos de violaciones, tocamientos, acosos o delitos de tipo sexual que habitualmente se vienen cometiendo en nuestro país, aparte de darles el merecido castigo a los culpables de tales delitos, no dejara de considerarse la parte de responsabilidad que les pudiera caber a las mujeres víctimas de tales sucesos. No siempre son mujeres honestas, recatadas, discretamente vestidas, prudentes en su lenguaje o de sólida formación religiosa las que sufren los ataques de los predadores sexuales; yo diría que son muy pocas o ninguna las que se ven en tales situaciones. Casi siempre, si se hurga en los motivos, si se analizan las condiciones en las que tuvo lugar la comisión del delito y se toman en cuenta los antecedentes de las personas que son víctimas de tales gamberradas, es muy posible que se encuentren algunas pruebas de que no son tan inocentes e indefensas de cómo habitualmente se las pinta.¡Cuántas injusticias seguramente se han cometido por los jueces, cuando han juzgado y condenado a quienes han sido acusados de estos atropellos sobre “víctimas inocentes”! Como decía doña Juana Inés: “¿Por qué queréis que obren bien si les incitáis al mal?”
-Miguel Massanet-
