La rebotica
Puede que en España vivamos en ciudades dotadas de wifi, de tdt, de Internet, de tresgé cualquier otro apechusque tecnológico comprimido en siglas, pero en el fondo seguimos respirando el mismo aire viciado de esas reboticas galdosianas que olían a merienda y murmuración. Lo cierto es que el puritanismo engarzado en el ADN colectivo se resiste a cualquier intento de desmontaje y, por sorprendente que pueda parecer, atraviesa en nuestro país momentos de próspero rebrote que no me hacen descartar la posibilidad de que aparezcan dentro de poco por nuestras calles desfiles o pasacalles de ligas cívicas por la temperancia o cualquier otro tipo de manifestaciones públicas para reprobar conductas consideradas inmorales y viciosas. La chusca peripecia del famoso vídeo privado de una concejal y su oleada de reprobaciones y jaculatorias, (qué entrañable resultó escuchar de nuevo las expresiones “guarra” y “marrana”) nos ha hecho ver de nuevo en acción al sanedrín de los sedicentes decentes, prestos y dispuestos a señalar y sancionar a quien se atreva a vivir su propia vida y sus propios afectos del modo que estime conveniente. Pero si ridícula ha sido la actuación de los sectores más conservadores, no menos extravagante está siendo la reacción de determinados grupos progresistas, teatralmente indignados por los anuncios de instalación de grandes casinos, a los que consideran heraldos del vicio y el fornicio, como si los naipes, las timbas y las putas fueran cosas desconocidas en España. En fin, está visto que hay quienes disfrutan escandalizándose, acaso porque así se sientan por un momento mejores personas y mejores ciudadanos. Pero ojo con estos nuevos inquisidores y sus fobias, porque la sociedad no se mejora a través de la tecnología, sino a través de personas que saben diferenciar la moral de la moralina.

