La subida al Calvario de este 2017
Seguramente nos encontramos en uno de los momentos más críticos de la reciente historia de la humanidad. Volvamos la vista hacia cualquier parte de este mundo en el que nos ha tocado vivir y vemos que nos encontramos rodeados de conflictos, de guerras, de miseria, de muertes, de terrorismo y revoluciones. Es obvio que las nuevas generaciones siguen empeñadas en desconocer las enseñanzas de la historia y están dispuestas a volver a cometer los mismos errores que indefectiblemente han ido cometiendo todas aquellas que les han precedido.
Por lo visto Europa insiste en no darse cuenta de que, si las naciones que integran la UE o las que están incluidas en la órbita del euro, no se dan cuenta de que, la única forma de enfrentar los nuevos desafíos que se deducen de la marcha de Inglaterra, con su “brexit”, o de la posibilidad de que, el ejemplo, cunda entre otros de los países que se empiezan a sentir incómodos dentro de un cinturón que sienten que les aprieta demasiado; es sin duda alguna la unidad y el fortalecimiento de los lazos que nos unen; al tiempo que los órganos comunitarios, empezando por el Parlamento Europeo, el Tribunal de Justicia de la UE situado en Luxemburgo y todo el resto de comisiones y subcomisiones que integran tal mole burocrática, evitan crear problemáticas interpretaciones y más que discutibles aplicaciones, muy influidas por ideas izquierdistas, despreciando el principio de la irretroactividad de las leyes y sin calcular los efectos de sus sentencias en los foros financieros de cada país al que, vean el efecto en España de las cláusulas suelo que, por muy ilegales que fueran, aparte de considerarse nulas, se les ha dado un efecto retroactivo, algo que, para muchas de las entidades que las aplicaban, pueden tener efectos nefastos dada la premura y urgencia con la que deben atenderse las deudas correspondientes y los efectos que puedan tener en sus propias tesorerías.
Esta Europa que no ha conseguido acogerse a una Constitución que abarque a todos sus miembros, que sigue dominada por las naciones de mayor peso económico que, en realidad, son las que dicen lo que se debe o no hacer y cuáles son las decisiones que se deben tomar en los casos en que, los acontecimientos, como está ocurriendo ahora con la elección de Donald Trump como presidente de los EE. UU. de América, puedan poner en peligro su propia esencia; cuando se produzca una circunstancia que pueda trastocar y poner en cuestión todos los criterios de autodefensa que se habían mantenido hasta ahora, en los que siempre se contaba con la ayuda incondicional del “gran amigo americano”. Algunas evaluaciones, respecto al coste que supondría para la UE tener que crear un ejército lo suficientemente efectivo como para poder afrontar los posibles retos que pudieran derivarse de un ataque a sus fronteras comunes, cifra en más de 90.000 millones de euros la inversión para poder disponer de él. Y no es que la paz esté precisamente asegurada en el viejo continente, si es que queremos fijarnos en los contenciosos con Rusia, a causa de la anexión de Krimea y sus intentos de ganar territorio en la república de Ukrania; o si atendemos al panorama de oriente, donde los fanáticos yihadistas y su EI no hacen más que amenazarnos, mientras están luchando en Irak, Siria, Yemen y ;amenazan Libia, Líbano en tanto que, franquicias suyas en África continúan atentando y amenazando a naciones que se ven obligadas a pagar su tributo en muertes a causa de sus ataques imprevistos, en los que cobran prisioneros y asesinan a mansalva a la población civil.
Cuando el antiguo presidente de la URRS, el señor Mijaíl Gorbachov, el artífice de la Perestroika, ha salido a la palestra desde su retiro, para denunciar una “nueva carrera armamentística”, en un artículo publicado en el rotativo norteamericano Time, afirmando que, a consecuencia de las últimas tensiones registradas “parece que el mundo se está preparando para la guerra”. Cuando una persona del peso específico del señor Gorbachov, emite una opinión semejante, es evidente que no se puede despreciar o echar al olvido, ya que tiene medios más que posibles para tener una información verídica, de primera mano, que le impulsa a denunciar que “La actual situación es demasiado peligrosa”. Habla del pulso que en la actualidad existe entre la OTAN y Rusia que “cada vez están más cerca en términos de despliegue” (todo el mundo sabe el peligro que entraña que dos potencias tengan tan cerca una de otras unidades militares ya que, en cualquier momento, puede surgir la chispa que provoque el enfrentamiento).
No tenemos la impresión de que, en estos momentos exista un peligro inminente de que, ni Rusia ni los EE. UU, decidieran cometer el error de desencadenar una hecatombe nuclear, pero sí nos preocupan estos pequeños países que parece que están en posesión de armamento nuclear, como es el caso de Corea del Norte o el propio Islam (que aunque digan que no han fabricado armas atómicas, es muy probable que estén en disposición de obtenerlas.), en manos de dictadores capaces de apretar el botón rojo, sólo por el placer de ver como la tierra explota; tal es el caso del señor Kim-jong-un de Corea, que ya ha amenazado en varias ocasiones con hacer uso de su potencial bélico (causante de la miseria de la ciudadanía de su país) para arrasar a sus vecinos y, últimamente, ya dice tener misiles capaces de llegar a los EE.UU.
Sin descuidar el peligro del terrorismo yihadista o de la posibilidad que nuestra nación sufriera ataques desde el sur; creo que tenemos otro peligro más próximo, más inmediato y que, para nuestra nación, comporta el peligro de acabar con todo lo que, a través de años de esfuerzos, sacrificios, trabajo y adelantos, habíamos conseguido para los ciudadanos españoles. Y este peligro viene de la gran fragmentación de nuestro Parlamento, la amenaza que suponen el comunismo bolivarista que nos ha invadido y que ha conseguido el apoyo de 5 millones de votantes y que ya ha conseguido ganar dos batallas importantes: la de Madrid con Carmena como alcaldesa y la de Barcelona con Ada Colau como alcaldesa; ambas creando una revolución en ambas capitales y ambas dispuestas a actuar por su cuenta sin respetar los derechos individuales y constitucionales de los ciudadanos que residen en dichas capitales.
Un gobierno en minoría con el señor Rajoy al frente; un ejecutivo más dispuesto a ceder para seguir en el poder que a enfrentarse con los graves problemas que se le presentan, como es el de los separatistas catalanes que no ceden y que parecen dispuestos, a la vista de su comportamiento, a sacrificarse ( los cursis dirían “a inmolarse”) por la independencia de su país, lo que supone que estarían dispuestos a perder sus cargos y ser juzgados por prevaricación y sedición pensando que, si los enviaban a la cárcel, el pueblo catalán “como un solo hombre” se podría de pie para ir en su rescate. Y ahí es donde reside, señores, el verdadero problema que nos afecta a los españoles: que ningún partido político constitucionalistas está dispuesto a sufrir el desgaste que les supondría a aquellos que decidieran acabar, de una vez, de forma expedita, con el desafío de los catalanes nacionalistas.
No obstante, por duro que sea decirlo, no creemos que, en este estado de la disputa en el que nos encontramos, la política de la vicepresidente del Gobierno de seguir con el diálogo, tenga la más mínima posibilidad de salir adelante. Ahora, la pregunta del millón: ¿qué va a pasar si llega el mes de septiembre próximo y los separatistas de la Generalitat deciden seguir con su proyecto y declaran de forma unilateral (la posibilidad de llegar a un acuerdo para celebrar un referéndum nos parece inimaginable) la constitución de la “república independiente de Cataluña”? ¿destituciones fulminantes, suspensión de la autonomía, encarcelamientos, fuerzas del orden en estado de alerta, el Ejército…?
Y si llegáramos a esta situación ¿no tendríamos derecho, los ciudadanos de a pie, a protestar ante nuestras autoridades, políticos y parlamentarios y demás instituciones públicas, por haberse pasado años consintiendo, cediendo, allanándose, claudicando y humillándose ante semejantes sinvergüenzas para, finalmente, a pesar de las veces que hemos denunciado la situación, tener que recurrir a la Ley, la Constitución, el Código Penal y las fuerzas del orden. Tiempo perdido inútilmente y millones de euros desperdiciados para calmar a los insurrectos contra España. O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, sentimos como nuestros gobernantes han desperdiciado la ocasión que tuvieron de resolver la cuestión separatista, de Cataluña y el País Vasco, cuando se empezó a producir, cuando era más fácil acabar con ella y cuando hubiera supuesto, para España entera, evitarnos años de zozobras y de gastos que nunca vamos a recuperar.
-Miguel Massanet-
