Le llaman Halloween
El de terror es uno de los géneros cinematográficos que más me gusta. Devoro obras maestras como “La semilla del diablo”, “El exorcista” o “El resplandor” cada vez que las pasan por televisión. Me sigo asombrando cuando vuelvo a ver las joyas silentes del expresionismo alemán o los clásicos inmortales de la Universal.
Y disfruto como un enano con las gamberradas posmodernas de cineastas como Wes Craven o el sin par Tim Burton. Por todo ello no suelo rechazar la invitación a una fiesta en la que pueda lucir los colmillos de un vampiro, caracterizarme como el monstruo de Frankenstein o sacar a pasear las afiladas garras de Freddy Krueger.
No cabe duda de que Halloween es buena ocasión para ello. Y más desde que hace unos años proliferan en nuestras ciudades las fiestas de este tipo. No lo veo mal. Lo que ya no veo tan bien es que esta repentina mímesis de una celebración anglosajona implique arrasar con una de nuestras más ricas y antiguas tradiciones.
Cierto es que millones de españoles siguen llenando de flores los cementerios el primero de noviembre, que otros tantos insisten en comer los dulces típicos de tan señalada fecha, y que unos cuantos miles continúan asistiendo a las representaciones del Tenorio que todavía hoy se ponen en escena a lo largo y ancho de la geografía española.
Pero no es menos cierto que si preguntas a alguien que tenga la suerte de no haber alcanzado aún la treintena si sabe qué festividad se celebra esta semana, muy seguramente te responderá que la noche de Halloween. Si le ofreces un buñuelo de viento o un hueso de santo, a buen seguro pondrá cara de póker mientras le hinca el diente a una cheeseburger. Y si le mientas a un tal Tenorio, habrá una alta probabilidad de que te responda que de ese concursante de Operación Triunfo hace tiempo que no tiene noticias.
Ése es el terrible y definitivo paso que se ha dado: el que va de los bares y discotecas a los patios de los colegios. Que las calabazas dentadas y las caretas de Drácula hayan llegado a recalar en los centros escolares es tan ridículo como grave.
No veo problema alguno en incorporar celebraciones foráneas, lo que veo triste, incluso penoso, es que éstas nos empiecen a ser inculcadas desde la infancia, pasando por encima de nuestras más íntimas tradiciones. Esto sólo puede ocurrir en un país profundamente inculto y que se bate en retirada.
-Carlos Salas González-
