Los implacables
Que el espíritu del fuego de campamento y la guitarra del padre consiliario sobrevuelen la soledad de la noche es algo que no sólo atempera el ánimo de los jóvenes castores, sino que también es una moda que sigue teniendo adeptos en algunas sedes políticas. Por ejemplo, la otra mañana el secretario provincial del PSOE, José Luis Sánchez Teruel, hacía públicos los buenos propósitos para el año que ahora comienza, con el mismo tono de paz cósmica que cantábamos el Kumbayá en las noches de acampada. Y así es normal que se produzcan excesos líricos como, por ejemplo, declarar solemnemente ante los medios que durante este año los socialistas almerienses piensan ser “implacables” con la corrupción. Venga a nosotros tu Reino, José Luis. Y bien, tras esta pausa valorativa y sin señalar específicamente al Partido Socialista, ¿cómo es posible que el máximo dirigente provincial de un partido diga semejante cosa? ¿Desconoce acaso el dirigente lo que ha hecho su gente? ¿Qué medidas piensan adoptar, por tanto, para que esa implacabilidad pase de las hermosas palabras a los hechos ciertos? Y es que hay veces que es mejor no decir nada que ponerse a dar sermones junto a una fogata. La permanente combinación de milongas declarativas de este calibre con contrastados delitos tipificados (robar el dinero de los parados para financiar al partido, por ejemplo) es lo que acaba generando no ya la desafección de la gente, sino el deseo de plantar guillotinas en las plazas para rebanar desequilibrios sociales. Hay que ser implacables, sí, pero no sólo con la corrupción, sino también con la tentación de pensar que la gente es tonta.

