Los sueldos de nuestros políticos
En un viaje no muy reciente a Singapur pregunté por el sueldo de los políticos, y concretameente por el del ministro de Economía. Me contestaron que casi tres millones de euros anuales. Algo así como treinta veces lo que gana su equivalente en España quien, además, administra un Producto Interior Bruto tres veces mayor que el pequeño y próspero país asiático. La razón era muy sencilla: se trataba de fichar para el Gobierno a los mejores, y éstos ganaban en su vida privada mucho dinero, precisamente por eso, por ser los mejores.
Con el nuevo Gobierno español hemos visto nombramientos que, poco más o menos, no han perdido dinero respecto a su anterior actividad, pero, en no pocos casos, el paso de la actividad profesional a la Administración les ha supuesto un recorte drástico de ingresos. Caso llamativo es el de un reciente secretario de Estado, que ha pasado a ganar unos 70.000 euros por año, cuando en su cargo en una gran empresa financiera, en la que se encargaba del Gabinete Jurídico, ganaba 1.200.000 euros.
Sin embargo, los políticos y su sueldo están en el punto de mira de la opinión pública. De ellos se pretende que sean los mejores en sus respectivos campos, pero que cobren por ello menos que un trabajador medianamente cualificado. Se confunde en ellos los privilegios del poder con los del dinero, pues si tienen de lo primero, desde luego muy poco de lo segundo.
Es cierto que en España consideramos rico a quien gana un euro más que nosotros y, desde ese punto de vista, los altos cargos políticos son más ricos que los que ganan menos de cuatro (secretarios de Estado) o cinco mil euros al mes (ministro). Pero muy pocos ejecutivos de empresas o profesionales están por debajo de esa cifra. Y, lo pongamos como lo pongamos, al menos habrá que considerar en la categoría de ejecutivos a los miembros del Ejecutivo.
En España queremos políticos buenos, baratos, y a ser posible bonitos. Y, milagrosamente, en algún caso lo conseguimos, porque la llama del poder atrae a veces más que la del dinero. Pero no podemos engañarnos por el populismo barato. Nuestros políticos tienen retribuciones relativamente austeras que, en algunos casos, sólo se justificarían por la posibilidad de incrementarlas a su salida del Poder por el curriculum agrandado en la Administración, lo que no es necesariamente bueno, porque su actividad pública dejaría de ser un servicio para convertirse en un trampolín.
Ser político no es precisamente un negocio, y cuando se interpreta así se llega a la corrupción, excepción llamativa pero afortunadamente escasa entre nuestros dirigentes. Por ello, más preocupante que el dinero que se gasta en políticos es la calidad profesional de éstos. Pues con el deseo de proletarizar la política, ésta sólo se convierte en tentación cuando conduce a un muy alto cargo, pero no cuando lo hace en los puestos intermedios aunque decisivos en la Administración pública. Por lo que la tendencia resultante puede ser el triunfo de la mediocridad.
Es curioso ver a comunicadores con muy altas retribuciones criticar sin recato el salario de los políticos que ganan diez veces menos que ellos. Bien es cierto que cobran con toda justicia y lo hacen, además, de empresas privadas que son muy libres de pagar lo que quieran. Pero el origen de los sueldos no impide que se hagan las cuentas. Se pague de una empresa o del dinero público, la cantidad neta es la que es, y nuestros políticos están a años luz de lo que se consideran ingresos de privilegio en el mundo profesional.
La idea, tan socialista ella, de la igualación por abajo, ha conducido históricamente a la falta de progreso. Porque el socialismo confundió la igualdad de oportunidades (tan imprescindible) con la igualdad de recompensas. Lo que importa es la nómina, y no el trabajo, la dedicación o el sacrificio para conseguirla. Se recuerda la máxima marxista de “a cada uno según su necesidad” y se olvida la otra parte de ella: “a cada uno según su capacidad”. Una cosa es ayudar a la subsistencia de los más desfavorecidos y otra criminalizar a quien progresa desde su entrega y su lucha. Envidiar a quien más tiene es la forma de ocultar la falta de ambición o dedicación para tener más.
El empeño en que un ministro gane lo que un fontanero o un periodista es muy enternecedor, pero con ello sólo se podrá fichar para un Gobierno a un periodista o a un fontanero (si es que los citados no ganan más, por cierto). Y, en todo caso, al final nos encontramos en la lista de los fichables a unos cuantos profesionales de prestigio y a una infinidad de funcionarios de partido, que pueden ser más o menos competentes pero a veces no han sido responsable de una sóla actividad productiva en el mundo real.
Basta ver el curriculum de los nuevos cargos del PP para saber que están a años luz de los del anterior Gobierno del PSOE. Pero incluso ahí, pocos de ellos han llevado un mínimo proyecto empresarial. Y tienen en sus manos la empresa España a la que, por cierto, hay que sacar de la quiebra. Claro que lo de Zapatero fue impresionante. Hasta el mismo presidente del Gobierno pasó de tener una secretaria a tres millones de empleados. Y por lo menos él terminó la carrera.
El desprestigio de los políticos debería proceder de su falta de preparación, no de su sueldo. Y, si bien deberían dar cuenta de sus errores de gestión, y aún más del derroche fraudulento del dinero de todos, también sería justo que se premiara sus aciertos. Al menos moralmente, no llamando ricos a quienes ganan al mes lo que factura un abogado o un consultor por diez horas de trabajo. O un periodista por cuatro horas de televisión en un espacio del sábado por la noche, por poner un día cualquiera.
-José Antonio Sentis-
