Regalar juguetes prohibidos
Llega un momento en la vida en el que, quizás por la edad o por el desentendimiento, nos sentimos proclives a perdonar casi todo y a casi todos, salvo contados casos. Sin entrar en más detalles de los necesarios, (uno guarda más afectos que rencores) diré que a estas alturas perdono casi todo menos la ridiculez. Y es que difícilmente me puede parecer más ridícula la puntual campaña de recomendaciones navideñas (algunas de ellas con tono amenazante y prescriptivo) sobre los denominados “juguetes no violentos y/o sexistas”. Cada vez que veo que alguien pontifica sobre la inconveniencia de este tipo de juguetes y artículos proscritos basándose en las ocurrencias más peregrinas, corro al ordenador y hago lo que ustedes están amablemente leyendo. Harto de sufrir el acoso de esta legión de pusilánimes reguladores de la privacidad de las familias, diré que cada vez soporto menos la insufrible tendencia de los pluscuamperfectos de guardia a explicarnos qué debemos ver, qué debemos escuchar, que no debemos ver, que no podemos escuchar o, ya en el colmo del dispartate, no podemos regalar a nuestros hijos, sobrinos o nietos. Y es que, además de extravagantes y fastidiosas, estas campaña de moralización del regalo (tan parecidas por lo irrisorio a las que los obispados de antaño organizaban para desaconsejar los bailes por parejas) son claramente infructuosas porque a buen seguro los promotores de estas modas fueron obsequiados en su infancia con todo el catálogo de regalos considerados hoy perversos y fíjense qué estupendos han salido todos y todas. Otra cosa distinta es que hayamos acabado haciendo del discurso políticamente correcto una fuente de sustento para algunos colectivos y que ello requiera, de tiempo en tiempo, que alguien salga a vendernos la burra de lo imprescindibles que son sus servicios para la sociedad. En fin, que me voy de Reyes.
-José Fenández-

