Ríos de sangre
Tengo amigos habitualmente templados que andan estos días poseídos por el furioso espíritu tricotador de las comadres de los cadalsos revolucionarios franceses. ¡Guillotina a tutiplén! Eso es lo que reclaman con urgencia cuando nos vemos. Que les traigan carretadas de políticos, banqueros, sindicalistas y –cuando se me calientan un poco- militares, prelados y también periodistas. Que no falte un tribulete en cada montón de descabezados. Así están las cosas. Ríos de sangre para refrescar los ánimos en este verano de recortes incandescentes y anuncios sin cauterizar. Y bueno, no sé si deberíamos llegar al extremo de recuperar la categoría de verdugo en la relación de puestos de trabajo y si esa medida beneficiaría al déficit. Lo que sí sé es que una de las razones que está poniendo la sangre en el ojo a muchos es comprobar que, al menos en España, liarla parda sale gratis total. Qué digo gratis. En algunos casos es hasta rentable. Fíjense sí no en las pajines y bibianas de antaño, pastando ahora del presupuesto en los niuyores del progresismo y mirando la crisis desde los rascacielos, o al mismísimo Zapatero corriendo como Mr. Hyde por las calles de Edimburgo, intentando que nadie le reconozca como el Dr. Jekyll, descubridor de los brotes verdes. Ya les digo a mis exaltados amigos que la pena de muerte me parece excesiva. Pero tan excesiva como la indulgencia otorgada a toda esta panda de mangurrinos sentados durante años en los consejos de ministros o en los consejos de administración de cajas y bancos. Y es que tan peligroso es el terror revolucionario como el perdón universal de los pecados.

