Rupert Sheldrake: “El fundamentalismo científico es como el religioso”
Rupert Sheldrake tenía todos los boletos para convertirse en el darwinista ejemplar de su promoción en Cambridge. Y sin embargo le entraron dudas. Decidió ponerlas en remojo y cambiar temporalmente la bioquímica por la filosofía, y después por la agricultura en la India, donde todo el mundo parecía entender su hipótesis sobre los campos morfogenéticos (una especie de memoria colectiva e intangible de los hábitos de la naturaleza).
A primeros de los ochenta decidió publicar todo lo que sabía e intuía en Una nueva ciencia de la vida, que fue condenado a la “hoguera” por la revista Nature. Desde entonces, Sheldrake arrastra la vitola del científico “hereje”, y así hasta nuestros días.
En su último libro, El espejismo de la ciencia (Kairós), el bioquímico de 70 años se desquita de todo lo vivido en estas tres últimas décadas y pone sobre el tapete los diez dogmas que, en su opinión, tienen atenazada a la comunidad científica.
Creyente y abonado a la meditación, explorador de la mente y la conciencia, Rupert Sheldrake no da la imagen del polemista impenitente, sino más bien la del humanista sereno y reflexivo que lo ha visto casi todo. En sus ratos libres interpreta el órgano y sale ocasionalmente al encuentro de la naturaleza en el bosque urbano de Hampstead Heath, que le reconcilia con el mundo y le remite a su infancia en la campiña inglesa.
El título de su libro podría hacer pensar que estamos ante un alegato anti-ciencia…
Más bien todo lo contrario, se trata de un libro pro-ciencia. De hecho, en Estados Unidos se ha titulado La liberación de la ciencia. En Gran Bretaña y en España, los editores optaron por titularlo en así en una referencia muy directa a El espejismo de Dios, de Richard Dawkins, que aquí es muy popular.
¿Se trata pues de un libro anti-Dawkins?
No exactamente, aunque sí critico lo que yo llamo el “credo científico”, que se puede resumir en diez mandamientos. En el fondo, hay muchas similitudes entre el fundamentalismo científico y el fundamentalismo religioso. Unos y otros necesitan la certidumbre total… Hay quienes han convertido la ciencia en un dogma para justificar su ateísmo. Dawkins, entre ellos.
Usted sostiene que el mayor de los espejismos es que la ciencia tiene ya todas las respuestas…
Lo que yo digo es que aún no entendemos realmente cómo funciona el mundo, que nos quedan muchas cosas por averiguar y que nada está escrito en piedra. La ciencia, hoy en día, presume de saberlo todo y no deja lugar a la duda. Hay que liberar la ciencia del dogmatismo, esa es mi humilde aspiración… En el libro me remonto a Albert Michelson, premio Nobel de Física, que en 1894 proclamó que las leyes de la física estaban ya firmemente establecidas y que la posibilidad de nuevos descubrimientos eran “muy remotas”. Me pregunto qué pensaría Michelson de la teoría de la relatividad o de la física cuántica. Aunque, como dice Richard Feyman: “Cualquiera que diga que entiende la teoría cuántica, posiblemente está mintiendo”… (risas)
Usted proviene sin embargo del campo de la biología, que ha evolucionado menos que la física…
La mayoría de los biólogos se mueven aún en el universo mecanicista del siglo XIX, y ése es otro de los dogmas contra los que arremeto: la creencia de que todo en esta vida es “esencialmente mecánico”. La metáfora de la máquina, que es una creación del hombre, no nos vale. La naturaleza funciona de otra manera, más compleja, y no podemos reducirla a la simple suma de sus partes… Pero seguimos con el último grito de la biología molecular. Y después del Proyecto Genoma nos lanzamos al Proyecto Connectome, que pretende mapear la conexiones neuronales del cerebro, como si ahí estuviera la última clave. Estos experimentos de la Gran Ciencia cuestan millones de dólares y merecen muchos titulares, pero suelen dar resultados más bien frustrantes.
Richard Dawkins y Stephen Hawking. ¿Se les puede comparar?
Los dos son ateos y tienen una visión materialista de la naturaleza, pero al menos Hawking es un poco más sofisticado, y deja la puerta abierta al misterio, a la materia oscura, a los multiversos… Con todos mis respetos, la idea de los universos paralelos forma parte de la física especulativa. No existe de momento evidencia empírica. Cualquiera diría que están intentando deshacerse de Dios haciendo proliferar los universos.
Usted cree en Dios…
Sí, soy cristiano, anglicano para más señas, aunque no sectario. Pero también pasé por una fase atea en mi vida.
¿La fe es incompatible con la ciencia?
La fe es la esperanza en que las cosas puedan ir a mejor… Yo profeso esa fe y rezo. La plegaria te conecta con un poder superior, y hay evidencia sobrada de que la gente que reza es más feliz y menos proclive a la depresión. Mis amigos ateos dicen que es un espejismo, y yo respeto su opinión. A mí me sienta bien y me ayuda.
¿También medita?
La meditación es otra cosa. Es una forma de explorar la mente y la naturaleza de la conciencia. Aunque un ateo dirá que es una manera de indagar en los intersticios del cerebro…
¿Cuál es su idea de Dios?
Yo creo en Dios como en una fuente de creatividad, como una presencia interactiva en la naturaleza y el cosmos. No creo en la idea de un Dios sentado en algún lugar y frotándose las manos después del Big Bang. Eso forma parte de la teología mecanicista contra la que también me rebelo. Eso del Diseño Inteligente es también una fantochada. Yo creo en un cosmos creativo, de animales, plantas, gente, estrellas, galaxias… No creo que exista un Gran Diseñador ni un plan preconcebido, sino una fuerza creativa e interactiva.
¿Sigue creyendo en Darwin?
La idea básica de mi primer libro, Una nueva ciencia de la vida, era precisamente la de una visión radical de la teoría de la evolución. Sigo creyendo que la evolución no sólo explica la vida terrestre, sino todo el cosmos. Y la evolución incluye precisamente eso que llamamos “las leyes de la naturaleza”, que no son fijas sino que también evolucionan.
Por escribir ese libro se ganó el anatema de la ciencia…
En Una nueva ciencia de la vida, desarrollé la hipótesis de los campos morfogenéticos. Es una idea que lleva circulando desde los años veinte: la existencia de campos no físicos que llevan información y almacenan la memoria colectiva de las formas y los hábitos de la naturaleza. Me di cuenta de que era una idea muy controvertida entre mis compañeros de universidad, por eso me tomé mi tiempo.
¿Es cierto que en Cambridge llegaron a considerarle como el darwinista más prometedor de su promoción?
Sí, pero entonces ya me preocupaba la visión reduccionista de la ciencia. Me di cuenta de que si quería progresar en mi campo me iba a pasar la vida matando animales, que es lo que se hace en los laboratorios de las universidades. Así que me centré en las plantas. Hice unos pequeños descubrimientos sobe el papel de las auxinas, las fitohormonas que regulan el crecimiento vegetal. Pero llegué a la conclusión de que la aproximación química no bastaba. Decidí ensanchar miras y marcharme un tiempo de Cambridge, a estudiar Filosofía e Historia a Harvard. Finalmente pasé varios años en India, investigando mano a mano con los agricultores. Allí no tenían ningún problema a la hora de entender la hipótesis de la “causación formativa”. Pero a mi vuelta a Occidente me topé con el dogma de la ciencia.
