Seamos rigurosos y serios
Un motivo encontrado en la situación que atravesamos debido a la crisis económica reinante y que tanto está afectando al bienestar de tantas familias, unos encuentran el camino del optimismo y otros el del pesimismo y la frustración.
El Consejo de ministros sigue aprobando medidas y reformas económicas para conseguir en lo posible disminuir el déficit y la creación de empleo tan necesaria para el bienestar social, debate no sólo entre los políticos, sino entre los ciudadanos de a pié. Nunca se había pensado llegar esta situación de tanta incertidumbre de bienestar suficiente y más aún de optimismo en tantas familias. Se ha pasado de un estado de satisfacción a un estado de pesimismo que revela una desconfianza inquietante. Es evidente que la economía familiar ha sufrido debido a esta crisis que parece no tener fecha de caducidad. Ante esta situación son fáciles las críticas y difíciles los elogios.
No se trata de ignorar las dificultades o evitar los problemas. Unos echan la culpa a las circunstancias y otros a los políticos. Hay quienes piensan que los que salen adelante son los que se levantan y buscan las circunstancias que quieren, y si no pueden encontrarlas, las crean.
Hay que ser optimistas. El optimismo no es una actitud que adoptamos frente a las dificultades que consideramos insuperables. Es un estado de ánimo positivo que nos predispone al encuentro de algo favorable y deseable. No obstante, la visión que tengamos de la realidad de los hechos nos puede hacer optimistas o pesimistas. El optimista, a pesar de todos los obstáculos y adversidades, está convencido de tener éxito.
El optimismo es el valor de la esperanza. No sabemos valorarla hasta que se pierde, y cuando estamos sumisos en la desesperación, es cuando realmente comenzamos a percibir su verdadero valor. Cuando se esfuma, perdemos la confianza, energías y optimismo. A la vida y a los acontecimientos no se les debe tener miedo. Hay que creer en las causas y en los efectos y no en la suerte. Hay que evitar ser catastrofistas, toda vez que el catastrofismo es un pensamiento frenético que se nutre del pasado e imagina los peores escenarios para el futuro e impide ver la realidad. Pero mientras haya quienes van a la política a servirse de ella y se dedican a infundir a los ciudadanos ideas catastrofistas mientras ellos buscan su buen status social, seguirá habiendo catastrofismo, demostrando una vez más no ser ni rigurosos ni serios.
Hay que utilizar el optimismo, sabiendo que la situación es temporal; que el efecto será limitado y no dominante. No podemos mirar al pasado con nostalgia que ya no tenemos, ni mirar al futuro con el temor de lo que pueda ser y mirar al presente juzgando lo que tenemos, condenándolo sin dar margen de confianza para que se solucionen los problemas. Sí debemos estar atentos para que las promesas se cumplan y el bienestar, trabajo y optimismo vuelvan a las familias.
La vida no es lo que nos sucede, sino cómo responder a lo que nos sucede. Hay que ser optimistas porque el optimismo es el camino del logro, la mejora y el éxito.
Y los políticos han de saber que están obligados a justificar la administración del dinero de todos sin que les muevan otros intereses económicos, alterando su conciencia en los distintos niveles sociales, económicos, políticos, etc., dirigida al fracaso por el abuso constante, alterando el sentido de la vida, dejando sin poder a quien lo sostiene y olvidando los valores porque no saben gobernar.
Señores, seamos honestos, rigurosos y serios.
-Pepe Acosta-
