Soldado de reemplazo, el deber para con la Patria
Me ha agradado leer este fin de semana un libro que me regalaron días atrás con motivo del cumplimiento registral en el tiempo de la fecha de mi llegada al mundo en el “Sanatorio 18 de Julio”, cuyo inmueble pasó a la historia, salvo la Casa de Maternidad, hoy biblioteca municipal “José María Artero” de la capital almeriense, por tanto, a secas, mi cumpleaños, del cual nunca se olvidan los algoritmos de las bases de datos de algunas entidades mercantiles con las que mantengo alguna relación social – gimnasio y seguros para el más allá- para mandarte un correo electrónico felicitándote y exhortando a seguir confiando en la prestación privativa de los servicios.
Me refiero al libro “Soldado de reemplazo”, 182 páginas, excelentemente estructuradas, entre el periodo sufriente de instrucción y el periodo de maestro, editado por el Instituto de Estudios Almerienses del Área de Cultura de la Diputación Provincial, por el escritor y profesor Diego Reche Artero, una obra literaria que tiene su encuadramiento, según el prologuista del mismo, Gabriel Maldonado Palmero, en el género “Bildungsroman” o novela de aprendizaje, al atender al proceso de evolución y desarrollo del protagonista de la narración novelada Zacarías Zamora.
Aunque leí, por dos veces, otro libro muy similar del escritor Antonio Muñoz Molina “Ardor Guerrero”, que se correspondía con el seudónimo de recluta J-54. En el otoño de 1979, un joven que sueña con ser escritor se incorpora por leva obligatoria al Ejército español. Su destino es el País Vasco. Su viaje en un lúgubre tren que atraviesa la Península de sur a norte es el preludio de una pesadilla.
«Conejo, vas a morir.» Así serán recibidos los nuevos reclutas. Tendrán que olvidar su identidad y, en gran medida, su condición humana. En las paredes de los cuarteles colgaban todavía los retratos de Franco y su mensaje póstumo. Memoria valerosa y desnuda, documento implacable, entomología humana, alegato contra la intolerancia, crónica incisiva de unos años clave en la historia de España, Ardor guerrero es un libro que quema en las manos y que el lector, sea cual sea su estación de partida, vivirá desde el primer fragmento con la intensidad de lo inolvidable.
Pertenecí al 7º/80, y en algunos medios de comunicación se leía que en los “Cuartos de Bandera” se escuchaban “ruidos de sables”, tuve ocasión de leerlo estando en el Batallón Nápoles y volver a realizarlo, 25 años más tarde, cuando me incorporé de reservista voluntario a la USBA, y algunos datos que se recogen en los mismos son tan veraces en su descripción, que recordándolos con aires de nostalgia, parecen que pertenecen a una etapa pretérita que nada tiene que ver con la actual sistema organizacional y funcional de nuestras Fuerzas Armadas.
Parece que fue ayer, cuando por primera vez, tras bajarme del autobús “la Parrala”, que lo cogí en el badén de la Rambla en confluencia con el Barrio Alto con aromas a garbanzos fritos crujientes, entré vestido de civil en la Brigada de Reserva de Infantería con una bolsa de deporte “Adidas” que llevaba ropa interior y mínimos enseres de aseo adquiridos en Almacenes Segura de la calle de las Tiendas, cubierta con un tejido marrón desértico abotonado, para volver a salir con permiso del capitán de la 1ª Compañía de Reclutas un fin de semana, tras superar un rebaje de botas en la enfermería tras haberme cortado con las rejillas de las duchas, el puñetero dedo gordo, que no sé cómo no me afectó a la arteria tibial anterior.
Pues, dos días, este sábado y domingo de primaveral otoño camino del periodo de Adviento, para leer en momentos de ocio productivo “Soldado de reemplazo”, en el que se relatan muchas situaciones personales y castrenses vividas en el Campamento militar “Álvarez de Sotomayor“, que este año celebrar su centenario fundacional, durante el periodo de la llamada mili obligatoria, servicio militar, con una carga adicional en este caso, que el soldado tenía 27 años, tras prórrogas de estudios académicos, esperaba un hijo de su pareja – Alba- y, simultáneamente, ante un incierto futuro, hincaba los codos preparando las oposiciones a profesor titular de Instituto, ya que había estado, antes de su incorporación al Ejército, como funcionario interino docente.
Pero, sí algo, conmueve su lectura, es el servicio público loable que prestó durante sus nueve meses a la comunidad militar, la docencia, al ser Licenciado en Lengua y Literatura, durante horas al día y meses a soldados y cabos, lo que les permitió a estos compañeros de armas poder obtener, previo examen oficial, el Graduado Escolar y poder acceder al permiso de circulación. Y otro hecho, que pone de manifiesto los valores humanísticos y principios deontológicos de hacer el bien, interesándose por un compañero que tuvo un accidente en la carretera del Cañarete – el bueno de Ballesteros- y la conciliación con otro compañero – Rodrigo-, el cual no tuvo una conducta adecuada frente al protagonista de la novela, cabo Zacarías Zamora – El barbas-, y que finalizó esa acritud con un sentir fraternal.
En conclusión, el protagonista de la obra novelada Zacarías Zamora, que cantó el sacrosanto himno de los infantes “Ardor guerrero”, conocedor de la poética del Quijote de Cervantes y de Avellaneda, el servicio militar fue toda una metáfora de gran concentración física, psíquica y sensorial en la vida personal y profesional que había que cumplir por imperativo legal, salvo el haber realizado la prestación sustitutoria de la objeción de conciencia, en aquellos momentos, no muy lejanos del año 1994, en las vísperas de la llegada a Viator, Almería, de la Brigada de Infantería Ligera “Rey Alfonso XIII”, II de la Legión.
Rafael Leopoldo AGUILERA MARTÍNEZ
