Torquemada, Montoro y el Coco
Los nervios existentes en el partido del gobierno, y en el gobierno mismo, está propiciando que a algunos se les vaya la pinza y pierdan los papeles… o los encuentren, según. La tensión es insoportable, como no podía ser de otro modo, y después de admitir —porque no les quedaba más remedio ante las evidencias— que conquistaron el poder en base a promesas electorales que han incumplido en su absoluta totalidad, lo que más o menos supone una estafa general al conjunto de los ciudadanos, les ha salido la erupción de los dineros en B, lo de Bárcenas y Sepúlveda y la Gürtel y lo de la señora Mato y tal, que les ha puesto contra las cuerdas y en tratamiento de ansiolíticos, produciendo en muchos que se desmadren.
El señor Montoro, por esta causa, se está delatando a sí mismo como un Torquemada de la inquisición impositiva, repartiendo sustos por doquier con sus amenazas veladas de achuchar a los díscolos que osen criticar al partido, a los partidarios, al gobierno o a él mismo, al mismísimo Coco de una inspección de hacienda. No se corta ni un pelo, y, aunque no venga a cuento, lo mismo hace ulular su Coco contra los actores, que contra los medios, contra la oposición parlamentaria y aún contra quienes disientan o critiquen al PP en los medios, ya sean opinadores mediáticos o simples articulistas. ¡Qué miedo!.
Debiera saber este señor que, como decía Da Vinci, las amenazas son armas para el amenazado, o aún, como decía Konrad Lorenz, que todo peligro pierde mucho de su amenaza cuando se conocen sus causas. Cualquier revisión, inspección o presión de los inspectores de Hacienda sobre cualquier miembro de los medios, la oposición, los actores, los opinadores díscolos con el PP y aun los articulistas que se muestren críticos con este partido, podría considerarse, después de estas amenazas, como medidas políticas propias de una dictadura encubierta, de una vendetta personal o de que el señor Torquemada se ha liado la manta a la cabeza y mueve a su inquisición con toda su ira para sacrificar herejes que ni siquiera lo son. No es que este señor le haya ido la pinza en un ataque de ansiedad incontrolada, sino que cabe preguntarse si alguna vez ha tenido el suficiente control sobre ella para decir lo que dice y amenazar con lo que amenaza.
Puedo ponerme en el caso del señor Montoro y comprenderle. No es fácil para un miembro del partido del gobierno tenerse que ver acorralado por la enorme sucesión de mentiras para justificar lo injustificable que se han visto a promulgar sus líderes —incluido él mismo— con los casos mencionados, que no son menores, y la delicada situación en la que han quedado; ni debe ser fácil asumir el más de lo mismo del señor Sepúlveda y su exmujer, la señora ministra Mato, a lo que habría que sumar y añadir el descontento generalizado de una sociedad puesta en pie de guerra por quienes se han dedicado a salvar chorizos y a gravar hasta la miseria a los ciudadanos. No; no debe ser nada fácil, y es de suponerse que la medicación continuada es un paliativo al que los organismos se acostumbran por más que las dosis sean muy altas, de modo que una vez que dejan de surtir su efecto controlador, las bocas y las mentes se descontrolan. Lo comprendo, y puedo entender que la señora Cospedal, después del bochorno que la ha dejado sin activos políticos que ofrecer, ni la señora Mato, ni la señora Báñez y todos los demás, se atropellen con mil disparates embarullados y cacofónicos que no significan nada sino tonterías revueltas con barbaridades, acaso pretendiendo hacernos creer a los ciudadanos que somos estúpidos y nos lo fumamos todo; pero, francamente, de ahí a tirar de datos que se suponen privados y secretos —por ley— para apuntar a ciudadanos disconformes, me parece que hay un abismo.
Efectivamente, todo hace pensar que en el PP unos están perdiendo los papeles y otros encontrándolos. Torquemada, quien odiaba a la humanidad que no lo reverenciaba hasta el extremo de complacerse en su sufrimiento, parece haberse reencarnado en este señor que ya enciende las hogueras impositivas y blande el Coco justiciero de su delirio canónico, señalando con el dedo de su soberbia a quiénes hay que dar un paseíllo hasta la delegación de Hacienda. Y eso no está bien, señor Montoro, porque los datos que tiene Hacienda son privados y secretos por ley, y aun el hecho de desvelarlos, siquiera sea como amenaza que se envaguezca diestramente cuando parece que va usted a concretarla en nombres y apellidos específicos, es algo en lo que cualquiera, salvo un estúpido profundo, ve una venganza contra los disidentes. Y esto está mal, muy mal, es intolerable; pero lo que ya es el colmo, es que se ponga en plan Maquinavaja con quienes le preguntan lo que no quiere responder. Control, señor Montoro.
El PP pierde los papeles de los sobres, contabilidades sumergidas diferidas o supuestas, y de despidos procedentes o improcedentes, dice Diego donde dijo digo, se dice y se contradice, pero el señor Montoro encuentra los otros papeles que ni siquiera le sería lícito encontrar, y hasta mientras pierde los personales de su conducta y se supone que de su profesionalidad, por milagro tiene vista de águila para fichar adversarios y colocarlos un “target” para sus drones de guerra preventiva contra los opositores y descontentos, a la vez que se le olvida o no encuentra los papeles para empaquetar a los miembros de su propio partido que, todo hace pensar, han hecho lo que no debían con dineros injustificados —incluso a Hacienda—, a Bárcenas, a Sepúlveda, a la señora Mato y demás, a los se frotaron con fruición con la Gürtel y de la Casa Real incluidos. Y eso por no hablar que señala como reos de hogueras justicieras a ciudadanos de a pie, a pequeños empresarios o a los siempre tan socorridos autónomos, dejando libres como los santos pájaros a los buitres de las grandes empresas —que ahí sí que hay mogollón que pillar—, a los vivales de las SICAVs y a todos los pillos que tienen millonadas en los paraísos fiscales. Si les metiera a estos sus dientes y las furias infernales que le poseen cuando se le va la pinza, ahí sí que remediábamos el problema de una vez para siempre y sobrarían dineros para dar y tomar.
Se equivoca, señor Montoro, al señalar como herejes a quienes son disidentes de sus desbarros. Como Torquemada, se equivoca: el enemigo está justo donde no está señalando siquiera. Y, otra cosita: no debiera usted ni mencionar quién o quién no pudiera estar en orden o desorden con Hacienda, porque es ilegal por más que lo envaguezca con artificios lingüísticos o de ese lenguaje políticamente correcto al que son tan dados en su partido para disimular lo horrible como si fuera tolerable. Si alguno de los señalados por usted, que son más o menos las tres cuartas partes de los españoles, fuera investigado por Hacienda como consecuencia de su disidencia o sus críticas al PP, estaría usted en un problema bastante serio. Una sugerencia: que su celo comience por su propia casa, que le queda bastante más cerca. No sería un mal comienzo para sofocar sus ardores justicieros y darle de comer a su Coco.
-Ángel Ruiz Cediel-
