Un silencio que mata
La Santa Sede y León XIV denuncian la tragedia. Pero muchas iglesias locales europeas callan. No se trata de choques puntuales ni de disputas entre comunidades. Los ataques son sistemáticos y tienen responsables claros: Boko Haram, el Estado Islámico en África Occidental y milicias fulani radicalizadas. Sus objetivos están definidos: borrar la presencia cristiana en regiones enteras, sembrar el terror y convertir Nigeria en una base sólida para la expansión del islam yihadista en el corazón de África.
Las masacres en Benue, Kaduna y Zamfara, las iglesias quemadas, las mujeres y niñas secuestradas, son piezas de una estrategia calculada. Todo apunta a una limpieza religiosa en marcha. Sin embargo, la comunidad internacional sigue sin reaccionar con firmeza. No hay cumbres de emergencia, no hay titulares en las portadas de los grandes diarios europeos, no hay movimientos de protesta social. El sufrimiento de los cristianos nigerianos es olímpicamente ignorado.
Nigeria no es un país más en el mapa. Con más de 230 millones de habitantes y un crecimiento demográfico imparable que podría llevarlo a superar los 400 millones en pocas décadas, es ya el país más poblado de África. En términos económicos, lidera el continente en PIB nominal y es un actor estratégico por sus recursos naturales. Pero su importancia no es solo política o económica: también es espiritual.
Casi la mitad de los nigerianos son cristianos, alrededor de cien millones de fieles, muchos de ellos católicos. El catolicismo nigeriano, con sus vocaciones y comunidades misioneras, es hoy uno de los motores de renovación de la Iglesia universal. No es exagerado afirmar que Nigeria es un pilar del futuro del cristianismo mundial. Por eso, la persecución allí no afecta únicamente a unas comunidades lejanas: es un ataque contra el conjunto de la Iglesia y, por extensión, contra la libertad religiosa global.
Lo más grave no es solo la violencia yihadista. Es también el silencio de la Unión Europa. Las cancillerías de Francia, Alemania o el Reino Unido evitan pronunciarse ¿Pero por qué? ¿Les incomoda defender los derechos de los cristianos, temen al Islam? España, con su herencia cultural y religiosa, también calla. Y los grandes medios de comunicación prefieren mirar hacia otro lado. Solo algunas excepciones –como La Razón– se han atrevido a hablar abiertamente de genocidio cristiano.
Ese silencio es cómplice. Los cristianos nigerianos son doblemente víctimas: primero de la violencia, después del olvido. Y todo se justifica con el miedo a ser acusados de fomentar prejuicios contra el islam. Como si denunciar un genocidio fuera un delito. Como si callar ante el sufrimiento ajeno fuera una virtud. Esta lógica invertida es uno de los signos más claros de la decadencia moral de Occidente.
La Santa Sede y León XIV han hablado con claridad, denunciando la persecución y reclamando una respuesta internacional a la altura. Pero muchas iglesias locales europeas no han sabido hacer lo mismo. En el caso de España, las voces que crean opinión en el seno de la Iglesia son escasas: un silencio que hiere. Tal vez por prudencia política, tal vez por miedo al rechazo mediático, tal vez por simple indiferencia. Pero callar en este momento significa fallar al deber fundamental de la comunión eclesial: “Si un miembro sufre, todos sufren con él” (1Co 12,26).
Como comunidad cristiana, estamos obligados a poner nombres y rostros al sufrimiento, a rezar, pero también a denunciar, a movilizar recursos, a exigir justicia. La persecución en Nigeria interpela a nuestra fe y a nuestra coherencia.
Lo que sucede en Nigeria es un genocidio en cámara lenta, en los mismos términos que ocurrió en España en los años treinta del siglo pasado, que por el solo hecho de oler a cera o a incienso, los milicianos de izquierdas republicanos te daban el paseíllo, te fusilaban sin juicio alguno a pecho descubierto y te echaban a las profundidades de un pozo con cal viva junto a los crucifijos manchados de sangre inocente. Si no reaccionamos, si no rompemos el muro del silencio, estaremos dejando que el mal avance con impunidad. Y entonces no habrá excusas.
Los cristianos de Occidente, con todo lo que hemos recibido, no podemos vivir como si nuestros hermanos de África no existieran. La pregunta final es inevitable: ¿qué más tiene que pasar para que reaccionemos? ¿Esperamos imágenes más crueles? ¿Esperamos que desaparezcan comunidades enteras? Entonces será demasiado tarde. Paz y Bien.
Rafael Leopoldo AGUILERA MARTÍNEZ de Oña
