Una España mejor o el fumador torpe en el polvorín
Una situación no podrá aparecer como injusta, es obvio, a no ser que se la compare con situaciones consideradas justas.
En cierto libro, que desde hace décadas ha espantado a filósofos y no filósofos, se preguntaba Jean Paul Sartre por qué, a lo largo de la Historia, filósofos, teólogos, científicos y vocaciones afines habían discutido interminablemente sobre la libertad, sin tener las más mínima teoría coherente sobre lo que significa “acción”, que es aquello a lo que se aplica esa libertad.
Porque, por ejemplo, continúa Sartre, el fumador torpe que hace estallar un polvorín por descuido, en realidad no ha actuado. Sin embargo, el minero encargado de dinamitar una cantera, que ha previsto la explosión hasta en sus más mínimos detalles, este sí que ha actuado.
En este sentido, pues, toda acción implica, como condición de posibilidad, la captación de una “falta objetiva” por parte del sujeto que actúa. Por ejemplo, Constantino fundó la ciudad de Constantinopla porque “captó” lo que faltaba a Roma: “a Roma le falta un contrapeso; a esa ciudad todavía profundamente pagana es preciso oponer una ciudad cristiana que, por el momento, faltaba” .
Y ello es así en todos los casos, aunque, a primera vista, pudiera parecer que nos basamos en consideraciones positivas. Si pienso que no hago el suficiente ejercicio físico, que no gano el suficiente dinero por mi trabajo o que no paso suficiente tiempo con mis seres queridos, en todos estos casos estoy haciendo consideraciones negativas; y serán estas las que me moverán a la acción. Y será en este momento, y solo en él, cuando tenga algún sentido real plantearse la cuestión de nuestra acción es libre o no.
Sea como fuere, podemos constatar, por ejemplo, que pesamos cierta cantidad de kilos o que ganamos un determinado salario por nuestro trabajo. Y “dar gracias” porque tenemos para comer, o porque tenemos trabajo. Esto puede pasar, en rigor, por ser una apreciación positiva de nuestra situación, tal y como es realmente. Puede pasar por realismo y por sentido común. Sin embargo, ni el realismo ni el sentido común empujan a la acción.
En cambio, decir que los kilos que peso son demasiados o que el salario que percibo es insuficiente implica ya considerar la situación concreta a la luz de otra situación impuesta como ideal, situación dotada de valor que se convierte en nuestro objetivo o proyecto.
Por supuesto, lo mismo es aplicable a los ámbitos laboral, social o político. Decir que hay un número x de desahucios o un número n de parados equivale a describir una situación de la que nos informan numerosas estadísticas realizadas por instituciones más o menos fiables. Pero, afirmar que el número de desahucios, o el de parados, es demasiado alto, y actuar en consecuencia, significa ya postular un ideal de cómo debería funcionar el sistema bancario, el mercado laboral o la economía en su conjunto.
Por tanto, una situación no podrá aparecer como injusta, es obvio, a no ser que se la compare con situaciones consideradas justas, hayan existido éstas efectivamente o no. Es decir, a no ser que se ponga como valor una situación, un entorno o una actitud.
En otras palabras, sin valores (conscientes o presupuestos), sean del signo que sean, “tampoco la situación más miserable puede designarse a sí misma, sino como es, sin referencia a nada ideal”. Por ello, todos y cada uno de nosotros, en general, en la medida en que nos encontramos inmersos en una situación histórica, concreta y determinada, ni siquiera podríamos llegar a concebir las deficiencias o faltas de la organización política o económica en la que vivimos; no porque estemos “habituados” a ella, sino porque, en ausencia de otros valores, ni siquiera podríamos imaginar que las cosas pudiesen ser de otro modo. De hecho, seguro que lo han notado, en todas las épocas históricas, al lado de quienes, acertados o errados, conciben nuevas formas, estructuras o procesos para mejorar la vida de las personas, al lado de estos nunca faltan quienes defienden que el sistema (político o económico) es el mejor posible. Aunque después se apostille aquello de “dadas las circunstancias”.
Y, en este punto, llegamos al meollo de la cuestión: el motivo que nos lleva a concebir otro estado de cosas en el que a todo el mundo le vaya mejor, no radica en la dureza de la situación o en los sufrimientos que esta pueda imponernos; al contrario, solo desde el día en que podemos concebir claramente la posibilidad real de otro estado de cosas mejor, cambiará nuestra perspectiva y nuestro sufrimiento se volverá insoportable.
En 1830, continuamos con Sartre, un obrero era capaz de rebelarse si trataban de bajarle el salario, pues ponía fácilmente en valor una situación en la que su sueldo fuera más alto que le del nivel de subsistencia. Pero, hasta la aparición y extensión del socialismo, el obrero no se representó sus sufrimientos como insoportables: se acomodaba a ellos, no por resignación o porque los considerase justos, no por obediencia religiosa, sino porque no era capaz, hasta entonces, de concebir siquiera la posibilidad real de que todo el sistema económico y social pudiera ser otro y, aún menos, de la posibilidad de alcanzar un estado social en el que su sufrimiento haya desaparecido. Sus desdichas no le parecen “habituales”, sino más bien “naturales. Están ahí, eso es todo; constituyen la condición del obrero.
“Hemos venido al mundo para sufrir”. “Vivimos para trabajar”. Antes de concebir, por ejemplo, la posibilidad de la propiedad colectiva de los medios de producción, el obrero sufre sin tomar en consideración su sufrimiento, sin teorizar sobre él, sin conferir ningún valor.
El sufrimiento, por sí mimo, pues, no es el móvil de nuestras acciones. Sólo cuando tengamos el proyecto de cambiar las cosas, el sufrimiento aparecerá como tal y se considerará insoportable o insostenible. Es decir, el sufrimiento se hará insoportable solo cuando pongamos en valor una sociedad, o un proyecto, que implique la eliminación de ese sufrimiento.
De ahí que seamos responsables, aun cuando no seamos libres: si acepto un salario de miseria, lo acepto por miedo; y el miedo es, sin duda, un móvil que implica que esta aceptación no pueda considerarse libre. Pero ese miedo no es sino el “miedo a morir de hambre”; y ese miedo, por tanto, no se comprende sino en función del valor que le concedo a mi vida o a la vida de las personas que dependen económicamente de mí, en función de que considero que es preferible (tiene más valor) vivir en la miseria que morir. En eses sentido, por tanto, sí que soy responsable de mi acción.
Y, por fin, en ese sentido, se explica que un país sin valores, sin proyectos de ningún tipo (sin proyecto de nación, sin proyecto, siquiera, de clase), fuera del proyecto de recibir más ayudas del Estado actual (o de no ver recortadas esas ayudas en exceso); se explica por qué ese país aun no ha considerado que su situación sea insoportable y, por tanto, no haya hecho nada para remediarlo. Por no hacer nada, apenas si ha cambiado el sentido de su voto. Tantos años de “des-educación”, de fraccionamientos y fracturas múltiples (de clase, de nación…), tantos años de falta de valor, y de valores, han puesto fuera de nuestro alcance, siquiera, el proyecto de una España mejor.
