Urgencias, cuchillos y memoria
Juanito y el botellazo. El fallo de Cardeñosa. Si no sabe de qué estoy hablando, le aconsejo que no pierda el próximo minuto de su vida terminando de leer estas líneas. Y es que uno forma parte de una generación de seguidores de la Selección Española de Fútbol (permitan que no me sume a la horterada esa de “La Roja”) forjada en dolorosos fracasos -como los que mencionaba antes- acaecidos cada vez que España competía internacionalmente. Y si algo bueno tienen las derrotas es que te ayudan a situar posteriormente el alcance real de las victorias. Por eso creo que tengo suficientes elementos de juicio para valorar lo que ha venido haciendo este equipo desde que Luis Aragonés empezó a dar forma a lo que posteriormente cristalizaría Vicente Del Bosque en el banquillo. Otros no lo han visto y son desconocedores de ello. Otros compartieron conmigo las decepciones y no parecen acordarse. Pero ver ganar a España dos Eurocopas y un Mundial, y encima de manera consecutiva, tiene una dimensión especial si se contempla dentro de una secuencia histórica que incluye grandes calamidades y padecimientos. Pero vivimos en un país urgente en el que la memoria no se ejercita para comprender mejor el presente, sino para ajustar cuentas con el pasado. Por lo tanto no se puede ser comprensivo con la adversidad y el agotamiento o reconocer la superioridad de unos rivales que llevan años centrados en el objetivo de batir al vigente campeón neutralizando sus decrecientes virtudes. Y así llevamos varios días desde el desgraciado partido inicial de España en este Mundial de Brasil, afilando cuchillos y esperando esta noche un nuevo traspiés para exigir que, tras el balón fallido, rueden cabezas. Pero a mí no me encontrarán en esa turba indignada. Los de mi generación saltamos al campo entrenadísimos en la estrategia de la derrota, que es donde se mide la elegancia deportiva. Y bajar los brazos, a estas alturas de la vida, como que queda fatal.

-José Fernández-
