Vuelve lo camp
En un imparable avance hacia el más rancio ayer, por doquier se escucha el cacareo de la gallina.
Por delante vayan mis disculpas a mis lectores por mi ausencia de estas semanas en la edición de esta mi columna habitual desde la que reparto amargura a manos llenas. Tal vez hayan echado de menos la hiel, pero las exigencias de la supervivencia, a veces, imponen su dictadura de lo urgente, y ha sido necesario para mí centrarme en el más acá de lo perentorio y dejar por unos días el más allá de lo deseable. Darme de vez en cuando un baño de fantasía escribiendo una novela, es imprescindible para mí para no asfixiarme en esta sentina política.
Vuelvo y, sin haberme ido del todo, tengo la impresión de que he viajado en el tiempo cinco o seis décadas hacia el más rancio ayer. Será que en este ínterin se ha impuesto lo camp y que lo retro es lo que se lleva ahora, y que imbuido en los universos paralelos de las letras no me enteré de su advenimiento, quién sabe si porque allí el tiempo no corre igual que en este presente o si porque aún tengo el atavismo de ir con el calendario hacia delante.
Lo cierto es que por mi país se extiende ahora un tufo a Santiago del Caudillo que anega el olfato a orín y herrumbre, y a ras de suelo la visión deriva al gris del pánico y la porra telescópica, del reiterado indulto decimonónico a los torturadores y del miedo contenido de una sociedad reprimida. Las Delegaciones del Gobierno han mutado, en tan breve lapso, en una suerte de Delegaciones Provinciales del Movimiento, la Educación, vuelve a la lengua patria, a la Una, Grande y Libre de la Formación del Espíritu Nacional; vuelven los chiringuitos con su hedor a frituras carpetovetónicas, a corruptelas y trampas; vuelven los sindicatos verticales que amordazan a los trabajadores; vuelven los políticos del ahora Movimiento Único compartido —PP, PSOE— a sus encíclicas ‘orbi et orbi’ de que hay que aceptar lo injusto para favorecer a los injustos; vuelven los mafiosos a imponer sus leyes, acunados por los poderes absolutos; vuelve la Justicia a ser privativa de los ricos; y vuelven los népotas (“practicantes del nepotismo”, debiera decir la RAE) a enchufar a sus aberrantes criaturas en alcaldías, televisiones, direcciones generales y cualesquiera otras tetas estatales de enjundiosos salarios y nutritivos privilegios. El corpus de España, vuelve a estar infestado de garrapatas. En la roja y gualda se ensancha y crece la gualda —o igual da—, abriendo espacio suficiente para que se enhieste la gallina y cacaree… con dos huevos. Pus Ultra. Los jueces, enfadados o contentos, sacan tiempo de donde convenga para practicar desahucios por doquier en base a leyes co-napoleónicas, pero no tienen nunca tiempo para meter al trullo a banqueros, chorizos y todos esos que, aun habiendo jurado cumplir y hacer cumplir la ley, se pasan las legislaciones chulescamente por el arco del triunfo, como esos responsables de la Policía Antidisturbios no-identificada, como los promotores de la estafa de las preferentes o como los que quebraron bancos y se adjudicaron a sí mismos sabrosonas indemnizaciones y jubilaciones de Midas. Cantimpalo debiera ser un monumento nacional.
Cacarea la gallina a lo ya no tan lejos, jurando, como el lobo a Pedro, que ya viene con su manto gris y su represión chiringuitera-absolutista. Los nietos de aquel huevo siniestro la ensalzan y aclaman, y por todas partes los acólitos de la Plaza de Oriente ya preparan autocares de adhesión al Régimen venidero, preparando bocatas de sardinas y veinte duros por invitado, haciendo gimnasia con sus brazos extendidos y ensayando el paso de la oca. Vuelve lo gris, vuelve lo camp: hasta aquí nos fueron trayendo. Vuelven ellos a su lugar natural -¡siempre la cabra tira al monte!-, y a su lugar empujan al pueblo, abacorándole hasta obligarlo a que habite en el arroyo… o en mechinales que repugnarían a los puercos. Vuelve lo camp y sobra la libertad, sobran los derechos, sobra la justicia social: minusválidos fuera, fuera vejestorios, fuera lisiados y disminuidos, ¡viva la pureza de la raza!.
Los hijos de lo gris, los partidarios del de Santiago del Caudillo y las gaviotas del chanchulleo ya se reparten las vestiduras del crucificado, de lo que fue de todos: debe ser “su” Justicia, deben ser “sus” casas, debe ser “su” Educación, debe ser “su” Sanidad, debe ser “su” pueblo, deben ser “sus” derechos y de lo suyos, de sus amigos de Chicago y Las vegas, de Sicilia y Moscú, de Bruselas y Nápoles.
¿Incluirá la nueva Ley de Educación el Cara al sol o el Montañas nevadas para comenzar las clases? ¿Habrá misa de velo y capón a media mañana? ¿Habrá que llevar un jamón o dos pollos para sacar un trámite adelante? ¿Se le podrá preguntar la hora a un gris o habrá que apartarse de él por si tiene un mal día y da las horas? ¿Volverá la Brigada Político Social, o ya la tenemos? ¿Las fuerzas fácticas se constituirán en el alma mater de cada pueblo, o ya lo son? ¿Será fiesta el uno de octubre o el veintisiete de marzo? ¿Habrá trabajo para alguien, después de que los próceres coloquen a sus ninios, hermanos, primos, parientes en general, amigos, tronquetes y tal, o habrá oposiciones amañadas? ¿Volverá la lepra? ¿Volverán los sabañones y el piojo verde?.
No hagan mucho caso de este artículo. Para nada. Son desvaríos lógicos nacidos después de un retiro literario, y deben comprender que el choque con la realidad produce daños lamentables. Imagínense, y se lo doy como una primicia, esto le dice uno de mis personajes a otro en mi última novela: “La diferencia entre los cuentos literarios y la realidad, es que en los de carne y hueso las historias siempre terminan mal.”
También hay diferencias entre lo que aquí opino y la realidad-realidad: a la gente le va la marcha, hasta el extremo de que, aunque siempre sea una tragedia cualquier muerte, sólo se muere y se sangra en España por una fiestuki. Lo demás, no importa. No hay peligro, pues, de que vuelva la Dictadura de Franco: ellos serían lo que fueran, pero no mentían. Además, tampoco la cosa debe estar tan mal, porque sea en las elecciones que sea, sigue votando la mayoría de los ciudadanos y continúan haciéndolo a los mismos. Sarna con gusto…
-Ángel Ruiz Cediel-
