Yo os declaro
Con lo apretada que está la cosa de los afectos y lo difícil que resulta encontrar a una pareja bien avenida, no vayamos ahora a ponernos estupendos con la cuestión heterosexual. Por eso creo que nadie, salvo una minoría intolerante y amargada, está en contra de las bodas entre personas del mismo sexo. Lo que sí puede resultar un poco chocante es que en un país que ha hecho del eufemismo y la ingeniería semántica todo un estilo de gestión política (en España ya no hay ruina sino “crecimiento negativo”, igual que ya no hay negros sino “subsaharianos” o no se dan bajadas de sueldo sino “racionalización de salarios”) no hayamos sido capaces de encontrar un término que, sin alterar su legalidad y las simpatías que podamos tener sobre la unión homosexual, no provoque conflictos entre las personas que consideran que el matrimonio no sólo es un vínculo entre un hombre y una mujer, sino que además tiene un carácter sagrado. Ya ven: hay gente para todo. Por eso, sin dejar de aplaudir que ahora, igual que antes, las personas del mismo sexo que deseen casarse puedan hacerlo y deseando que, con independencia del nombre del vínculo, lo mantengan con felicidad durante muchos años, yo os declaro que no puedo dejar de sonreír al ver a tanto progre y a tanta modernísima festejando y enalteciendo al matrimonio, esa institución rancia y casposa (Alberto Closas y la Gran Familia, Michael Landon y Laura Ingalls en la Casa de la Pradera, Ruiz Mateos y su prole, etcétera) Quién nos iba a decir a nosotros que defender el matrimonio era de lo más guay. Al final va a resultar que las modernas de verdad no eran mis novias, sino todas sus madres.

