Zarpas demoledoras
Con frecuencia nos mostramos distantes y enajenados, en unas órbitas extrañas convertidas en auténticos laberintos mentales.
A estas alturas del recorrido, habremos comprobado con reiteración, cuales son en realidad las zarpas de mayor agresividad. El muestrario de leones y demás fieras, queda empequeñecido por las peligrosas y aceradas garras de los humanos. Los desgarros y heridas desmesuradas, iban directas al cuerpo. Ahora, las agresiones llegan al alma y a los bolsillos. Solapados o manifiestos, los DISPOSITIVOS AGRESIVOS de unos individuos, destruyen los rasgos cruciales de la personalidad y, aunque el cuerpo esté entero, es un recurso insuficiente para una recuperación satisfactoria. Las nuevas zarpas consideradas hoy, incrementan los efectos dañinos, menoscaban a las personas de dentro a fuera y encima suelen pasar desapercibidas.
A que nadie dudaría de su pertenencia a este mundo; forma parte entrelazada con sus realidades y los intercambios son incesantes. Es importante la cuña maléfica que introduce en este panorama el primer zarpazo sacado a colación, el de los sucesivos VELOS interpuestos entre cada ciudadano y el resto de aconteceres mundanos. A fuerza de capas envolventes, nos aislamos. ¿Será para bien en ciertas ocasiones? ¿Siempre para mal? Desviamos la mirada, los sentimientos, y evitamos contactos, en diverso grado o duración de la actitud. Vemos a mucha gente que actúa así. Como entes aislados, no les importan las repercusiones generadas para el prójimo. Son barreras resistentes a las normas y leyes; ni soñar con el efecto resolutivo de las recomendaciones. La siembra de tendencias colaboradoras, o al menos, no perjudiciales, no fructifica y cada uno tira por su lado en sus afanes antinaturales.
Con frecuencia nos mostramos distantes y enajenados, en unas órbitas extrañas convertidas en auténticos laberintos mentales. Distraídos en esas andanzas, los detalles pierden relevancia y nos asalta la ABSTRACCIÓN, que difumina los contornos, los hechos pasan a palabras y elucubraciones, nos alejamos de la realidad inmediata. De pronto, tantas vueltas y revueltas restallan como el látigo, crujen, por la excesiva lejanía de los conceptos. Unas veces con brusquedad y otras de manera sibilina, nos fuimos o nos condujeron fuera del meollo de nuestra situación. La rutina tiende a una menor consideración de los hechos y favorece dichas evoluciones dispersas. Las distorsiones pueden resultar explosivas si ahuecan las palabras y provocan nuestra ruina con engaños fraudulentos; pero abundan las que cuelan ataques infiltrados en las teorías educativas o quienes proclaman mensajes equívocos. ¿Les prestamos suficiente atención?.
Detrás de la abstracción, parece que no exista nadie, allí fueron diluídas también las personas, con todo lo que implica ese fenómeno. Es una visión cotidiana y, más que verlo, lo sufre una enorme cantidad de ciudadanos, quizá todos, si incluímos todos los matices. Los ejemplos del trato despersonalizado será mejor que los ponga cada uno, como mejor conocedor de sus cercanías. Si es importante ser DESDEÑADOS unos por otros, si desaparecen las personas, entramos en la matemática pura, seremos unos escuetos números, ecuaciones o estadísticas; con las consecuencias derivadas de ello. Aferrados a los lamentos, quedamos en ridículo, debido al desinterés mostrado previamente. La incoherencia nos remitirá las facturas, con iva y cargas múltiples.
Los estudiosos casi se han dado por vencidos, las emociones son uno de los grandes desconocidos; de tan ricas en matices, nunca pierden su espontaneidad sorpresiva. Predomina el signo de la vitalidad. Negarles el paso es una estupidez mayúscula y ya resultan clásicos los conocidos efectos nocivos de dejarlas reprimidas. La vida pulsa sin cesar a través de ellas. No es posible que permanezcan quietas e impasibles. ¡A ver si aún tenemos que admitir que sí! Por que uno de los empeños incongruentes es el de otorgar el premio a la ESTABILIDAD a ultranza de las emociones. No hablan de equilibrio entre las diferentes emociones, sino de estabilidad, que es distinto. De ahí a la docilidad habría pocos pasos. ¿Conveniente panorama para quién? Son comprensibles las fugas de las pulsiones contenidas en remansos falsos.
Mientras saturamos los comentarios a base del calentamiento global, nos asalta la acentuada frialdad en el trato. Los ambientes GÉLIDOS comienzan a ser demasiado habituales y nos hielan el corazón. Veamos la escena reciente de un atropello mortal en el metro. La víctima fue empujada a la vía, el tren a punto de alcanzarle y el fotógrafo dispara su dispositivo, para eso ejerce su profesión. La foto obtenida es aprovechada por él y por la publicación en la cual trabaja. En un alarde profesional e informativo, ahí está la foto. ¿La víctima? Estaba por ahí, por lo visto, en el lugar equivocado. De tan profesional, el fotógrafo no grita, no desespera, no corre, le domina el otro celo muy alejado de un ser humano en grave peligro.
¿Un caso aislado? Pongamos como víctimas a los trabajadores y sus familias, dependientes de las empresas de Díaz Ferrán. La frialdad de semejante individuo, y de las instituciones involucradas, queda patente y siguen las consecuencias. Además de los desalmados sucesivos, me da la impresión de que no preservamos con el suficiente tesón el calor humano. Bajan los grados en las relaciones sociales.
Con frecuencia manejamos mal los esfuerzos y los recorridos necesarios para una vida digna. La excesiva tranquilidad está próxima al espíritu comodón, sin correspondencia con la realidad. El engaño agresivo radica en la idea COMPLACIENTE, nos inducen a creer en la suficiente labor desarrollada por nuestra parte; como si ya hubiéramos cumplido. Quedémonos quietos, en todo caso pidamos, las debidas soluciones vendrán ajustadas desde las entidades y estructuras organizadas para esos menesteres. Esta actitud contiene tres ideas corrosivas. La incitación a permanecer expectantes, el conformismo con las soluciones que tengan a bien aplicarnos y la mentira de unos gestores encumbrados sin justificación. Nos abocan a una desconfianza en las propias cualidades. Mediante el halago nos aparcan, pero seremos cómplices y sufridores de las inconveniencias ocasionadas.
Como vemos, empecinamientos y tensiones, pretensiones o imposiciones, son fieles acompañantes de la vida en común. ¿Quién será el buen regulador? Clamamos por la JUSTICIA, pero no decimos a que nivel. ¿Comentamos la financiación de los partidos políticos? Dónde colocaríamos la justicia biológica de las alteraciones genéticas, enfermedades o de las muy diferentes capacidades. Dónde la justicia de los afectados por las catástrofes naturales. Dónde la justicia del amor o desamor, surgidos de manera espontánea o con provocaciones complejas. ¿Será otra engañifa, esta vez justiciera? En todo caso, cada uno pensará alguna vez en donde radica el fundamento de la justicia, y poco más, por que cada cual lo verá a su manera. Recurriremos a la orgullosa utopía o escojeremos la menos pretenciosa esperanza participativa.
Dijo Samuel Beckett: “No sé de esta obra más de lo que sabe cualquiera que logra leerla con atención”. Pues eso, si vendrá alguien a resolver las cuitas, resulta problemático; quienes agarran esos poderes mundanos van a lo suyo, desentendidos de otras necesidades ajenas. Y, todavía peor, intentan exprimirnos a tope. Leamos con atención la obra en la que estamos inmersos y llegarmos a saber, al menos, lo que esté a nuestro alcance.
-Rafael Pérez Ortolá-
