Comer bombones
Se suele atribuir a la caprichosa, superficial y preguillotinada reina Maria Antonieta, la hiriente sugerencia de que la gente que protestaba por la falta de pan podría comer pasteles. Cierto o no, lo que no tiene discusión es que en tiempos de crisis conviene no soliviantar al personal con sandeces porque -y nunca mejor dicho- el horno no está para bollos. Si cuento esto es porque acabo de leer unas declaraciones de una mujer asegurando que en su casa lo están pasando muy mal por la crisis y que se tienen que apretar el cinturón. La señora que ha hecho estas conmovedoras confidencias no es otra que doña Isabel Preysler, mujer del ex ministro socialista Boyer, que se ha sincerado a los reporteros en el transcurso de una fiesta, a la que acudió impecablemente vestida por el diseñador libanés Elie Saab, cuyos trabajos exclusivos pueden alcanzar fácilmente los 60.000 euros. Vamos, que la pobre no fue con una batamanta al cóctel. Creo que las celebrities deberían copiar el estilismo declarativo a Nati Abascal y no enfrentarse a los micrófonos sin estar antes bien patrocinadas por una marca de destilados. Por lo menos dirían cosas divertidas y no herirían la sensibilidad de un país con seis millones de parados. Una señora que viene de vender en la portada de la revista que nos saluda cada semana en los quioscos la boda de un hijo y que ha sido, entre otras, la imagen de unos bombones finos, no se aprieta el cinturón: se ciñe un complemento de lujo. Lo malo es que con este tipo de declaraciones dan ganas de coger un fusil y asaltar el Palacio de Invierno. Y entonces sí que no habría ni pan, ni pastel, ni bombones para nadie.

