Denota ignorancia
A muchos de nuestros políticos (entre otros profesionales muy destacados en su campo) se les llena la boca, en reiteradas ocasiones, al hablar del avieso sistema financiero, así pues, lo tildan de único y verdadero culpable de los males que nos azotan, y claman, más regulación estatal e intervencionismo en el sistema más regulado, el financiero (esto es matizable, así pues, un humilde servidor hace especial referencia a las políticas monetarias, mediante las cuales se gesta y propaga el papel moneda). Caso omiso.
Uno de los bastiones más relevantes en esta doctrina son los derivados, un producto tremendamente amplio, que engloba un extenso surtido de invenciones, pero con un denominador común, su valor está vinculado a otro instrumento financiero.
A simple vista no parecen un sacrilegio, profundicemos un poco más.
Esta tipología remanece del inicio de la actividad agrícola y comercial, es decir, no está ligada al reciente proceso burbujístico, de lo cual se le acusa con profunda ímpetu. Otro de los pecados presuntamente cometidos, es que fomentan la especulación por ser algo absurdamente artificial. Lo primero (la especulación) podría ser cierto, lo segundo (producto artificial) es refutable.
Ya hemos visto que brotaron del comercio y, por lo tanto, sería incongruente pensar que son un producto reciente y artificial. Con respecto a la especulación, es posible que la favorezcan pero, ¿es necesariamente dañino para el sistema?
En un pueblo ensamblado por la agricultura, no cabría esperar un ejemplo distinto. Un agricultor de la comarca del poniente, produce y vende pepinos, al precio de mercado en el momento de la recolección del género, así pues, el precio del mismo, estará sujeto a la volatilidad ocasionada por el clima, la competencia y demás factores tanto exógenos como endógenos. Tras plantar la cosecha, el agricultor decide contratar un tipo de derivado, un futuro, es decir, un contrato para enajenar en una fecha futura concreta y a un precio previamente estipulado, cierta cantidad de producto. De este modo, el plantador venderá al precio de 1€ el kilo una vez recogida la cosecha. Llegado el momento, nos encontramos con tres posibilidades; la primera de ellas, muy inusual, consiste en que el kilo de pepino cotice exactamente al mismo precio en que se firmó el contrato de futuros. La segunda podría ser que el kilo del mismo se halle a 0.5€, con lo cual, el agricultor estaría ganando justo el doble mientras que el comprador estaría adquiriendo el género al doble de lo que le costaría en el mercado. En tercer lugar, el importe podría ascender a 1.5€ y, por consiguiente, el comerciante estaría adquiriendo la mercancía a un precio inferior al de mercado, en detrimento del agricultor.
Esta transacción se podría tachar de especulativa, pero también podría ser una mera forma de suprimir parte del riesgo y, por lo tanto, ninguna de las dos partes estaría perdiendo, a pesar de vender o comprar a un precio desfavorable en relación al de mercado, ya que la incertidumbre es el peor amigo del dinero. Aprovecho el ejemplo expuesto para impugnar la teoría de la suma cero (si uno gana es porque otro pierde).
-José Cristian Callejón Villalobos-
-Estudiante de 4º de Finanzas y Contabilidad-
@josecallejon91
