El honorable jubilado
La jubilación de José Antonio Sáenz a razón de 80 millones de euros no deja de ser un escándalo.
Que alguien en España, aunque sea el señor José Antonio Sáenz, se jubile con más de 80 millones de euros -me pierdo en las rancias y añoradas pesetas- no deja de ser un escándalo y afrenta para otro buen puñado de millones de españoles, incluido el que estas líneas escribe con un cierto tembleque de mucho cuidado.
Sé que el tal, listo donde los haya, se ha pasado toda la vida entre el codiciado parné y buscando la forma de que a su paso por distintas entidades financieras, un reguero de beneficios haya hecho las delicias de los que confiaron sus pesetas y euros a su buen hacer en la búsqueda de satisfacciones monetarias, pero, coño, ochenta y ocho millones de euros son una blasfemia social arrojada al rostro de los más de seis millones de parados de esta España de unos pocos y de aquellos, funcionarios y currantes, que tienen que dividir por treinta todos los meses para no estropear el estómago de los suyos.
Este caso, como otros menos estruendosos, aunque parecidos, debía de estar prohibidos en esta sociedad anónima repleta de individuos concretos que están lampando por vivir con cierta dignidad, o sea, trabajando y buscando para sus churumbeles una intendencia que consiga amortiguar que el apetito, algo deseable cuando hay “posibles”, se convierta en hambre que ponga las tripas a tronar.
Sí, estúpido, ya sé que existen leyes y resultados anuales que lo avalan y permiten, pero también sé, o al menos lo presumo, que cinco casos seguidos como éste que relato pueden dar lugar a un hartazgo de aguante que dé paso, sino a un estallido de mala uva, sí a un ¡ya está bien!.
Presidente del Banesto, Consejero de Telefónica, Consejero de Banca Catalana, del BBV, del Banco Santander, condenado efímeramente por la Audiencia Provincial de Barcelona a una pena de risa, indultado por el Gobierno de Zapatero -ya saben que los bancos condonan las deudas de los partidos políticos-, el señor Sáenz ha colocado una pica en España mayor que la que colocó Carlos V en Flandes.
-José García Pérez-
