Excalibur, más que un perro
Resulta patético ver y escuchar a reputados comunicadores y tertulianos generar el debate estéril de si la preocupación de cientos de miles de españoles por el sacrificio de un perro es superior a los sentimientos con los propios humanos, acusándolos de padecer una confusión sentimental, cuando no de una disfunción mental.
Resulta aberrante constatar como muchos profesionales de la comunicación vuelcan su rabia contenida hacia muchos colectivos que ideológicamente no son de su agrado, intentándoles machacar tildándolos de inhumanos, faltos de moral, tontos contemporáneos, insolidarios y un largo etcétera de adjetivos descalificatorios, y todo por expresar públicamente sus sentimientos de apoyo a un animal, concretamente a Excalibur, la mascota del matrimonio de Teresa Romero, la auxiliar de enfermería contagiada de Ébola.
Resulta retorcido y amoral cuando intentan identificar a los que pidieron un gesto de humanidad con este perro, con los que en su día se opusieron a traer a los dos sacerdotes infectados con el Ébola, sin duda con el deleznable objetivo de desacreditar, lo que ya nos da un ejemplo de la catadura profesional de los susodichos.
Resulta injusto, porque el sentimiento de las personas emocionalmente estables hacia un animal no son propiedad de una u otra ideología, de una u otra forma de pensar. Somos muchos los que nunca negaríamos el tratamiento a una persona infectada y al mismo tiempo censuramos la falta de todo ante este caso.
Y resulta patético y aberrante que estos profesionales, a los que hasta hace poco los tenía como buenos comunicadores, caigan en ese debate de si se quiere más a un animal que a una persona, porque nada más alejado de la realidad.
Nadie en su sano juicio establecería ese debate en su interior, aunque muchas veces sean los animales más sensatos y agradecidos que nosotros las personas “racionales”, nadie en sus “cabales” se pondría ante la tesitura de elegir entre el amor a una madre, a un padre o a un hermano y el de su perro; sencillamente porque ambos son sentimientos, pero a distintos niveles.
Nadie psicológica y emocionalmente equilibrado llegaría nunca ni tan siquiera a plantearse si quiere más a su perro que a su padre, sencillamente porque es una pregunta absurda que demuestra algún tipo de tara mental, tipo de complejo, o lo que es peor, cualquier tipo de trastorno psicológico de quien la formula.
No hace falta recurrir a los miles de estudios y trabajos que demuestran que los jóvenes educados en valores como el respeto a la naturaleza y los animales, cuando son adultos, se convierten en mejores ciudadanos y en mejores personas.
De la misma forma que otros muchos trabajos concluyen que los jóvenes que maltratan a animales a temprana edad y no corrigen o se les corrige esta actitud a tiempo, ya de adultos, y en un alto porcentaje, tienen actitudes más violentas, siendo más fácil que cometan algún tipo de delito.
La crueldad origina violencia, y la violencia, delincuencia, de todo tipo, contra animales, pero también contra las personas. En varios estudios hechos en Estados Unidos, país muy dado a este tipo de trabajos, se comprobó que no todos los maltratadotes de animales se convierten en asesinos en serie, pero todos los asesinos en serie tienen antecedentes de maltrato animal, y es sólo un ejemplo, hay otras muchas conclusiones al respecto. El “sacrificio” de Excalibur no se trata, por tanto, de un debate sobre si se quiere más a un perro o a una persona; más bien se trataría de otro debate, más moral, sobre la crueldad y la humanidad de las personas, cuando no del procedimiento correcto para abordar estos problemas por parte de sus responsables, con algo más de tacto y delicadeza, que demuestre que somos personas “racionales” y no precisamente eso que parecen denigrar, “animales”. Por tanto hablamos de educación en valores, no de elegir entre esto o aquello.
Excalibur se ha convertido, mejor dicho le han convertido, en un símbolo contra lo rancio, contra la intransigencia, contra la falta de sensibilidad, contra las cosas mal hechas, contra la manipulación, contra el desatino, contra los valores humanistas y contra la ética más básica.
Y para terminar querría decirles a estos comunicadores que un animal no solapa nunca a una persona, los que tenemos alguno en casa, en especial un perro, lo sabemos bien; pero que la falta de sentimientos hacia estos seres vivos demuestra una carencia de sensibilidad y razonamiento, una falta total de lo que pregonan, humanidad, lo que justifica su pobre lógica de tener que elegir entre esto o lo otro. ¡Qué pena de personas, que vida más triste, que falta de valores, que falta de humanidad!

