LA GACETA.- El temor al impago pone al Estado al borde de la bancarrota
La debacle financiera que comenzó el viernes pasado ha tenido hoy su continuación. Desde que ha abierto el mercado a primera hora de la mañana el coste de la deuda para el Estado ha ido in crescendo a velocidad de vértigo. Dos horas después de comenzar las operaciones el bono español superaba con holgura los 620 puntos básicos con respecto al alemán.
Entretanto el parqué madrileño se hundía sin remedio. Poco antes de las 11 de la mañana el IBEX 35 perdía la barrera psicológica de los 6.000 enteros, un nivel desconocido desde hace casi diez años. En ese punto el pánico se apoderó del país. Las agencias escupían teletipos sin cesar anunciando la hecatombe económica. En sólo jornada y media la Bolsa se había dejado más del 10% y el riesgo país había escalado de los 580 puntos del jueves a los 640 que registraba a media mañana de este lunes.
Guindos responde, Montoro se esconde
Nunca antes desde que comenzó la crisis se había vivido una mañana tan frenética y en la que se palpase tan de cerca el desenlace final. Al mediodía el ministro De Guindos compareció ante los medios de comunicación visiblemente noqueado por unas circunstancias que ni en sus peores pronósticos podría haber imaginado. Ante los periodistas se mostró convencido de que no habría rescate y, acto seguido, achacó a la irracionalidad de “los mercados” la situación extrema e inédita en la que nos encontrábamos. Este de la supuesta irracionalidad del mercado era un argumento habitual de los ministros de Zapatero cuando las cosas venían mal dadas.
Mientras De Guindos ponía la cara, el resto del Gobierno se escondía, especialmente Cristóbal Montoro, artífice del plan de “estabilización” que se anunció la semana pasada y que sitúa a nuestro país entre las naciones que más impuestos paga. Era imposible no asociar una cosa y la otra, pero de Montoro no se ha sabido nada en todo el día. Ha sido su colega el encargado de defender la política económica del Gobierno, a la que ha calificado de acertada asegurando que “España ha hecho todo lo que tenía que hacer” en materia de reformas.
Para colmo de males, cuando el calvario financiero atravesaba sus peores horas, se supo que tres comunidades autónomas (Cataluña, Murcia y Castilla-La Mancha) están estudiando pedir el “rescate” al Gobierno español, es decir, solicitar formalmente que el Estado cubra el agujero que tienen en sus cuentas al modo y manera en que lo hizo la Comunidad Valenciana la semana pasada.
La Bolsa se salva por los pelos
Un cóctel perfecto para romper frente a los muros del Palacio de la Bolsa. El día bursátil ha sido de auténtico infarto. En el peor momento el desplome era de tal grado que los expertos esperaban lo peor, un auténtico meltdown en el parqué sin que nada ni nadie pudiesen hacer nada para impedirlo.
La CNMV salió precipitadamente en auxilio de la Bolsa prohibiendo las operaciones a corto tal y como había hecho el regulador italiano horas antes en la Bolsa de Milán. Esto de prohibir la especulación a corto no es nuevo, se ha ensayado con anterioridad y nunca ha dado el resultado que los reguladores esperan. El año pasado ya se prohibieron y la Bolsa siguió cayendo alegremente, pero en días como el de hoy cualquier intervención del Gobierno aparentando que se estaba haciendo algo para frenar la sangría era bienvenida.
Al final, con o sin la ayuda de la CNMV, las pérdidas en el IBEX se han moderado quedándose en un modesto 1,1%, una caída razonable que podría continuar mañana… o no, porque lo único seguro de un mercado bursátil es su fluctuación. El derrumbe no se ha producido, al menos por hoy, eso siempre y cuando tengamos en cuenta que, en lo que va de año, la Bolsa de Madrid ha perdido más de un 30%, una curva descendente muy acusada que se concentra en los tres últimos meses.
¿Y mañana, qué?
Después de dos días no aptos para cardiacos, sólo queda una pregunta en el aire: ¿mañana será igual? Nadie lo sabe, lo que si puede afirmarse es que nadie se fía del emisor de nuestros bonos soberanos, es decir, del Tesoro Público. Un papel que da una rentabilidad por encima del 7% es muy atractivo para inversores de riesgo, pero pone al emisor al borde de la bancarrota. Los inversores temen un impago y suben el interés, una relación lógica entre la urgencia que nuestro Gobierno tiene de fondos para financiar su tren de gasto y lo debilitada que está nuestra economía.
El Estado no podrá financiarse a ese precio, de hecho, si hoy el Tesoro hubiese tratado de colocar deuda hubiese tenido que remunerar a los inversores el doble que hace un año, cuando el bono rondaba los 300 puntos. Al Gobierno de Rajoy se le van acabando las ideas y, sobre todo, el tiempo. Si subir salvajemente los impuestos no ha funcionado tendrá que probar con un genuino ajuste de gasto público, algo que aún no ha acometido a pesar de llevar siete meses en el poder.
