La herencia de ZP
Parece que se hubiera propuesto destruir su país y su partido
Está a punto de cumplirse un año de su marcha, pero las consecuencias de su nefasto gobierno siguen haciendo estragos. Si fuese malpensado respecto a su corazón y benévolo en relación a su cerebro, estaría del todo convencido de que su auténtico propósito al llegar a la secretaría general del PSOE fue el de acabar con una fuerza política con más de un siglo de historia, de la misma manera que al llegar a la presidencia del gobierno de España se propuso poner fin a una nación que permanece unida desde hace quinientos años.
No iba a ser fácil superar a Aznar, con su pacto de las Azores, ni a González, con su FILESA y su GAL, en el mal gobierno de España, pero él lo consiguió. Ya lo creo que lo consiguió. No sólo nos ha dejado un país corroído por las deudas y gangrenado por el paro, sino, lo que es aún peor, una nación que ya no quiere serlo. El muy mentecato afirmó que el estatuto que aprobase el parlamento de Cataluña iría a misa. Y también se encargó de volver a legalizar al brazo político de ETA. Los nacionalistas catalanes se han echado definitivamente al monte, y los vascos, con los amigos de los etarras envalentonados como segunda fuerza política tras sus primos del PNV, no tardarán en hacerlo. De aquellos polvos vienen estos lodos.
El PSOE sobrevivió al ímpetu antidemocrático de Largo Caballero, a la connivencia con el estalinismo de Negrín, al latrocinio de Sala, Navarro y compañía, al aborto de las primarias practicado por Almunia sobre Borrell, pero puede que no supere la terrible enfermedad que les ha inoculado el infame ZP. Y es que promocionar hasta los bancos azules del Congreso a personajes de la catadura intelectual y ética de Bibiana Aído o Leire Pajín es de nota. Y más en un partido en cuya nómina de afiliados todavía pueden leerse nombres como los de Joaquín Leguina, Enrique Múgica o Nicolás Redondo Terreros. Así se entiende que el PSOE vaya de batacazo en batacazo electoral desde las municipales y autonómicas de 2011.
Como ocurría con Atila, allá por donde pasa ZP no vuelve a crecer la hierba. Pero, a diferencia del líder de los hunos, en el caso del Bambi de Ferraz la infertilidad del terreno no se debe a su fiereza guerrera sino a su corrosiva estulticia.
-Carlos Salas González-
