La seleccíon española en otra final: Sangre, sudor y ¡a Maracaná!
La histórica frase de Churchill viene al caso, aunque sólo sea porque España se dará otro gustazo inolvidable: jugarse el trono de la Confederaciones contra ‘la Penta’ en la Tierra Prometida del fútbol. Sangre, sudor, penaltis… y ¡¡a Maracaná!! tras 120 minutos de agonía sin goles en la sauna del Castelao, al límite del colapso, con Italia moribunda en la prórroga. El ‘misterio’ insondable se resolvió al decimotercer penalti. ¡Aleluya! Bonucci falla y Navas grita éxtasis, con Del Bosque transpirando por su rostro semejante maratón de fútbol, tensión y paciencia, infinitos. [Así le narramos la histórica semifinal]
La mejor Italia se estrella ante Casillas
España muestra su grandeza no sólo cuando todo le sale rodado y baila que te baila al adversario. Resistencia de campeón, del que sabe aguantar y dar la vuelta hasta convertirse otra vez en el dueño del fútbol 11 contra 11. Muchas cosas para analizar. Italia, grande, se adueñó del primer acto. Las bandas fueron dos autopistas sin peaje para Maggio, derecha, y Giaccherini, izquierda, dos puñales en despliegue y desdoblamiento constante, martirio de Jordi Alba y de Arbeloa, que nunca tragaron tanta quinina. Llegaron y remataron los dos laterales adelantados más que su propio centrodelantero Gilardino. Una sangría de juego bello y neto que España no pagó por la falta de puntería, con dos paradas de Casillas a Maggio y Marchisio de propina en ese primer acto. Reivindicación por todo lo sucedido.
La ‘nazionale’ no supo mantener su derroche en una segunda parte donde España se recompuso, equilibrio, tampoco los goles llegaron, esquivos. Y la campeona nunca se pareció a la verdadera campeona hasta la prórroga, donde Iniesta, Navas y Xavi tuvieron a una Italia zombi a punto de caramelo en un puñado de ocasiones, con Javi Martínez de centro delantero, el último recurso de Del Bosque, a la antigua usanza. A apostar a los penaltis. Exhibición de lanzamientos en el clavo, 12 seguidos hasta que Bonucci la pifió a los cielos y Navas citó a su equipo contra Brasil en el templo. ¿Quién da más?
El técnico español sustituyó a los tocados Cesc y Soldado por Silva y Torres. El sistema no varía, la filosofía del campeón no se toca. Prandelli tocó más teclas, recompuso su puzzle no sólo con fichas sino que cambió a un sistema con los tres centrales de la Juve (Chiellini, Bonucci y Barzagli) y dos laterales adelantados tan largos y punzantes como lanzas: Maggio y Giaccherini. Ambos terminaron un montón de jugadas como extremos -o como delanteros- en una primera mitad tan plena de poderío como falta de puntería en sus remates variados. Nueva pizarra, pero no de estilo por el corte de sus elementos, la Italia más bella de esta Confederaciones. ‘Il metrónomo’ Pirlo volvía a su sitio y con él sólo a Chiellini se le ocurre dar algún pelotazo, con el menudo Gilardino en punta por el lesionado Balotelli. Y la ‘tetra’ se pareció a la de la Eurocopa.
Italia creaba y mucho, en una jugada plena de arriba a abajo, de derecha a izquierda con toques y aperturas que Casillas salvó en un cabezazo a quemarropa que Giaccherini puso a Maggio. De lateral a lateral, uno centra y el otro remata, llegadores puros. Torres se buscó la vida para fabricarse la mejor ocasión en un balón que le llegó dentro del área, fija a Barzagli con el cuerpo, recorte a la media vuelta y su disparo con la zurda se marcha fuera. Su movimiento, soberbio; su disparo, muy deficiente.
Equilibrio
Prandelli pedía más madera al quitar al central Barzagli y sacar a un mediapunta Montolivo a la vuelta del refrigerio. De Rossi se retrasó a la posición de central para el caso. Su equipo bajó el pistón, no era normal su frecuencia de llegadas. Lo pagó y España lo agradeció de veras. Navas creó más incertidumbre a la defensa italiana en cinco minutos que un Silva desconocido durante 50, en un partido que bajó de golpe 10 cuerpos. Pies de plomo bajo la caldera. Y apareció el dosificador de Iniesta. Arrancó en el centro del campo y a golpe de cambios de ritmo sorteó en eslalon a los tres italianos que le salieron al paso para engatillar un disparo mordido desde fuera.
Media hora y pelotas al tran tran, no había ni asomo de algo parecido a la presión. Piqué y Ramos, inviolables atrás, sostenían a la roja en defensa en los balones parados. Y España se olvidó de Navas demasiado pronto, aunque después reaparecería. Candreva, el interior derecho, tomó el relevo por la derecha de Maggio un par de veces. Último apretón de Italia. La pelota volvía a los blancos, lo que arrancó los olés en las gradas en alguna jugada de larga posesión que parecía patente en exclusiva de la campeona mundial, la que más envidia despierta.
Faltaban 10 minutos: Pedro dejó su sitio a Mata y Marchisio, a Aquilani. Los dos equipos fundidos. España se marcó su mejor jugada del partido con Torres abriendo a Navas y el pase de la muerte a Piqué llegando por detrás se le fue al limbo. Así murió la más clara. Se andaba más que se corría, cada desmarque era entregar un aliento que nadie tenía. O sí, dos. Navas e Iniesta inventaron las últimas intentonas españolas que acabaron en taquicardia, sobre todo en una falta que fabricó el Quijote. Rosca de Xavi y De Rossi le quita a Ramos el gol de cabeza con un peinado leve, lo suficiente para maldecir. A la prórroga.
Del Bosque reaaciona
Del Bosque se sacó un invento a la antigua usanza, Javi Martínez de centrodelantero. Cargas de caballería, acoso a balón parado y Howard Webb y sus asistentes que no vieron una mano de Chiellini y un discutible empujón a Ramos dentro del área. Y qué malabarismo de Iniesta, bárbaro, por encima del defensa hacia Jordi Alba, pero se le escapó alto ese empalme a quemarropa. Italia estaba rota, no podía más, la prórroga era de España y de Iniesta, un castigo para la defensa, imposible esposar a los genios. Eso es como querer encapsular al viento.
España amasó balón y más balón, todo era suyo ya en el verde, y siguió llegando, sacando fe y energías de donde no había para ganarse no ir a la rifa. Italia era un moribundo, sin balón y sin ganas de tenerlo. Iba el balón cansino de lado a lado hasta que Xavi barrenó en la frontal un misil que puso a cantar el ‘Padre Nuestro’ a Buffon, despeje que puso a temblar la escuadra. En ésa rezó, pero en la siguiente sacó la punta de la manopla abajo para quitarle el gol a Navas en una incursión con derechazo raseado. En la tanda sólo había que ver el sudor en el rostro sabio de Del Bosque. Hasta 12 dieron en la diana en un recital de tiro al blanco sin fallo. Sólo la pifió Bunucci y Navas cobró la pieza. Generación irrepetible.
