¿Más diálogo? ¿Sobre qué, entre quiénes y con qué fin?
Tengo la ventaja de que ya no dependo de nadie, no le debo nada a nadie y, en el peor de los casos, nada más debería darme cuentas a mí mismo por aquello de lo que tuviera que responder. Quiero decir que estoy en condiciones de escribir lo que me parezca y, si quienes lo deben publicar, no ponen objeciones y lo hacen, ¡Ancha es Castilla! Y lo curioso es que, en uno de los medios en los que tengo columna, su director ya me advirtió de que, la línea editorial de su periódico y, él mismo, no coincidían con mi forma de pensar ni mis tendencias políticas; no obstante, debo reconocer que no ha dejado de publicar ninguna de mis colaboraciones desde que formo parte de sus columnistas. ¿Hay una forma más expresiva de tolerancia, de respeto por las ideas de los demás y de juego limpio?, a mi me parece que no y estoy orgulloso de formar parte de una publicación en la que su personal es capaz de mostrar un comportamiento semejante, aunque, a veces, debo confesar que me siento un poco aislado.
Con ello quiero manifestar que no voy a cambiar mi línea de razonamiento, no voy a aceptar otras ideologías para adherirme a ellas y, mucho menos, me voy a dejar influir por cualquier corriente que se aparte un milímetro de lo que son mis ideales, mi concepción de la política, mi patriotismo y mi repudio absoluto hacia las formas de gobierno inspiradas en doctrinas comunistas, totalitarias, separatistas o contrarias a la concepción de España como una nación única, democrática, libre, con libertad de mercado, liberal y, por supuesto, entregado a este proyecto común al que decidimos juntarnos, formado por todas las naciones que decidieron integrar la UE y que forman parte de la unidad monetaria de la CE , representada por el Euro.
Lo que sucede es que, en estos momentos, España está en una situación en la que, la proliferación de infinidad de partidos, de grupos de presión y de adversarios implacables que intentan atacar la unidad del país, junto a sectores de agentes desestabilizadores llegados expresamente del extranjero, empeñados en darle la puntilla a nuestra democracia, mediante un asalto al poder por medios revolucionarios, ajenos a lo que han venido siendo, durante toda la transición, nuestras constitucionales prácticas democráticas. Después de dos elecciones fallidas, de las que ya hemos hablado en demasía, volvemos a una situación de impasse, en la que le tocaba mover pieza al Rey. Curiosamente la decisión del inquilino de la Zarzuela no parece que haya sido, de momento, nombrar a otra persona para que intente lo que Rajoy no ha conseguido.
Algunos llegamos a pensar que sería P.Sánchez del PSOE, y no me extrañaría que llegara a cometer semejante locura el eterno aspirante a presidir el gobierno; pero no parece que el Rey haya querido pillarse los dedos y ha adoptado por prorrogar la angustia del pueblo español, encomendándoles a la señora Pastor, presidenta del Parlamento, que recomendase a los partidos políticos, de todos los colores, que intentaran mantener nuevas conversaciones, en la creencia ( mucho nos tememos que poco acertada) de que, lo que no se ha conseguido en los más de 8 meses transcurridos, se consiga ahora, mientras tiene lugar las elecciones vascas y gallegas previstas para el 26 del corriente mes de septiembre. Es cierto que, el señor Rajoy, parece confiar, más que en conversaciones o diálogos inútiles y poco fructíferos, en el transcurso del tiempo como elemento suavizador y, especialmente, en el resultado de dichas elecciones que pueden, en el caso de que no favoreciesen a los intereses de los socialistas, crear una situación bastante complicada en el seno del partido.
Nos preguntamos: ¿quiénes han de dialogar? ¿Acaso los mismos que ha sido imposible, hasta ahora que lo hicieran? Es posible que el Rey tenga en mente hablar con Sánchez para que se apee del machito y acceda a sentarse en una mesa de negociaciones con Rajoy; porque, en caso contrario, ya se ha ocupado don Pedro en dejar suficientemente claro que no está dispuesto a hacerlo. Podemos entender que, en esta ocasión, el Rey pudiera pensar en otra probabilidad de formar una alianza, un gobierno de coalición o uno minoritario; con el apoyo de otros partidos que se comprometieran a facilitar la gobernabilidad, algo a lo que se han negado a hacer en el caso del PP. Lo que ocurre es que, si la aritmética no falla, tampoco se consigue la mayoría necesaria y deberían recurrir al apoyo de los separatistas que, eso sí, a cambio de algún regalito ( puede que el famoso referéndum para decidir) parecen dispuestos a apoyarlos, con tal de sacarse de encima al señor Rajoy, al que se la tienen jurada por no transigir con sus intentos independentistas. Pero un gobierno formado por un colage de partidos distintos, con sus aspiraciones propias, sus formas distintas de entender la propiedad y sus agravios, que algunos vienen arrastrando desde la Guerra Civil, es evidente que tendría un porvenir poco halagüeño y de duración corta.
En resumen, que lo probable es que transcurriera este nuevo plazo de un mes y siguiéramos como al principio, sin acuerdo ni posibilidad remota de conseguirlo. ¿Intentaría el Rey algún otro procedimiento o se rendiría a la evidencia, permitiendo que se convocaran estas famosas terceras elecciones que, para muchos, a la vista de las recientes manifestaciones de algunos líderes políticos, ya estamos dando por descontadas? Todos estamos de acuerdo en que es algo inusitado y que significa un gran fracaso de nuestra clase política, ya suficientemente desacreditada; amén de que nos vamos a convertir en la chirigota del resto de naciones que, seguramente, no entenderán que seamos tan rematadamente obtusos que, como hacen en el resto de naciones de nuestro entorno, ante una situación complicada, entienden que se ha de pactar, de ceder y de trabajar juntos para ayudar a que, la nación, consiga superar todos estos malos años en los que hemos tenido que sacrificarnos y recortar los beneficios de los que anteriormente disfrutábamos.
Sin embargo, mucho nos tememos que, ante posturas tan inmovilistas, ante negativas tan rotundas a entablar negociaciones y ante actitudes tan enfrentadas, no parece que quede otra solución que la de volver a las urnas con la débil, pero única esperanza, de que, en esta ocasión, la ciudadanía entienda que no caben soluciones a medias y que es preciso dejar, de una vez, bien sentado que la atomización excesiva del voto no lleva más que a estas situaciones en las que la inseguridad política y la falta de una solución clara llevan a la imposibilidad de formar gobierno y, aún en el caso de que se consiguiese, su estabilidad, sus posibilidades de subsistir en el tiempo y su eficacia, con toda seguridad, iban a quedar muy mermadas.
O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, no vemos que las posibilidades de “dialogar” y, aún más, de que este último intento pudiera servir de algo más que para continuar retrasando el encontrar una solución razonable al problema que tiene planteado actualmente España, al no tener un gobierno estable y fuerte, obligados a continuar en manos de uno en funciones que, para determinadas cuestiones, está amarrado por la imposibilidad de dictar nuevas leyes, de aprobar nuevos presupuestos y fijar los topes de gastos para las distintas autonomías. Es evidente que el Rey tiene una papeleta de dificultosa solución si los distintos partidos políticos, como está sucediendo, se empeñan en complicar la situación con propósitos que, a muchos, nos parecen poco honestos, impropios, desestabilizadores y nefastos para España y los españoles.
-Miguel Massanet-
