Paz para los malvados
A diferencia de la película de Enrique Urbizu que arrasó en la noche de los Goya, en la vida real sí hay paz para los malvados que quedan impunes a pesar de los desmanes cometidos. Es el caso de Rodríguez Zapatero, que puede supervisar nubes con tranquilidad mientras cobra su sueldo de ex presidente y de miembro del Consejo de Estado.
O sus ministros, once de los cuales ingresan ya del orden de los 10.000 euros al mes. O los sindicalistas burgueses de UGT y Comisiones Obreras, que se permiten la desfachatez de convocar movilizaciones mientras se ponen como el tenazas en restaurantes de cinco tenedores, disfrutan de cruceros a lo Vacaciones en el mar, lucen relojes de lujo o cobran sueldos inimaginables para los obreros. En la vida política en España, haber arruinado a los ciudadanos, haber despilfarrado el dinero público o no haber protegido a los trabajadores y a los desempleados, no tiene coste alguno. En cualquier empresa, a un gestor inútil o indolente se le exigen responsabilidades, incluso penales. A nuestros políticos, sin embargo, se les tiende puente de plata y se les permite seguir alardeando de su paso por la administración sin pedirles explicación alguna. En Islandia, el parlamento aprobó llevar ante los tribunales al ex primer ministro, Geir H. Haarde, por presunta negligencia durante su mandato, en el que se produjo el colapso bancario del país. Todo un ejemplo que podría cundir en las sociedades democráticas.
Fue el profeta Isaías quien aventuró que no habría paz para los malvados (Is. 48:22). Se refería, sin duda, a otro juicio que nada tiene que ver con uno terrenal. Porque aquí, al menos en España, rendir cuentas de los propios actos es algo ajeno a la vida política. Eso queda para las películas, como en el caso de Santos Trinidad, el personaje encarnado por José Coronado, que atrapado en su propia maldad, acaba conjurando un terror todavía mayor. Cosas del cine.
-Javier Algarra-
