Perroflautismo parlamentario
Empecemos por lo básico: no se debe ir en chanclas al Parlamento. No digo con esto que no “se pueda” ir, sino que no es lo más adecuado. Y ello es porque, en mi opinión, determinados empleos requieren de un cierto nivel de decoro incompatible con lucir un aspecto descuidado o voluntariamente casual, para demostrar así un contradictorio desprecio a la institución o al organismo del que luego se acepta hasta el último de los euros del sueldo. Se desprecia la etiqueta pero se respeta el salario. Faltaría más. En todo caso no es normal que los diferentes hemiciclos donde se debate la política nacional y autonómica de España sean en numerosas ocasiones pasarela de camisetas feriales, pancartismos colectivos, desnudos parciales y banderolas inconstitucionales. El chusco episodio vivido hace poco en el Parlamento de Cataluña con un diputado independentista blandiendo su calzado playero en tono amenazante contra un compareciente, viene a coronar la disparatada espiral de sobreactuaciones con la que la izquierda más radical está contribuyendo a generar una pésima imagen global de nuestra democracia. Y todo ese festival de mamarrachadas (en Almería hemos visto a concejales prometer el cargo “por imperativo legal” y con gran despliegue de fantasías animadas de ayer y hoy) nos avanza el riesgo que supone otorgar a los diversos escalones del perroflautismo semejante nivel de representatividad. Pero lo peor es que el descacharrante comportamiento de todos estos buscadoresde portadas suele ser acogido con simpatía y hasta de buen grado por algunos parlamentarios ignorantes que confunden el progresismo con la fascinación por la coreografía. A los parlamentos se va a hablar y a escuchar y no a montar escenitas tabernarias de pendenciero mochilero. Que el diputado descalzo siga siendo diputado retrata con milimétrica precisión el fracaso multiorgánico de nuestra democracia.
-José Fernández-

