‘España-Spain’: Pitos y más pitos… ¡qué pena y qué asco de gentuza!
A raíz de lo acontecido en la última final de la Copa del Rey de fútbol ya me dio “pena y asco”. Terrible imagen que daba un país en el que el público y manifiesto insulto a su himno nacional no se acompañaba de castigo alguno y sí de la mayor de las condescendencias. “Lo auténticamente grave no es que unos cuantos cientos de giliopollas empedernidos silben al himno nacional, sino que tal incidente no tenga consecuencia alguna. Y aún más grave resulta el hecho de que numerosos españoles vean en esa pitada un sano ejercicio de libertad de expresión”, confundiendo libertad con libertinaje demagógico, burdo y asqueroso.
Me reafirmo en dichas palabras tras lo acaecido este domingo en Vitoria. Allí se ha jugado la Copa del Rey de baloncesto, otra vez con el Barça como finalista. Pues bien, al llegar el jefe del Estado al palco y sonar los compases del himno nacional se ha repetido la historia: abucheos y pitos mayoritarios. A tanto subieron los decibelios del odio que al parecer ni el Monarca oyó las notas de la Marcha Real, pues mientras ésta sonaba se puso a charlar con el lehendakari. No faltaron tampoco los cartelitos de apoyo a los presos de ETA. Todo muy edificante. Pero otra vez insisto en que lo grave no es que unos cuantos centenares de cabestros con cornamenta retorcida ejerzan de lo que son. Lo verdaderamente grave es que después de ese bochornoso espectáculo no pase absolutamente nada.
En efecto, aquí no pasa nunca nada. Todo da igual. Los símbolos del Estado son mancillados sistemáticamente y no se altera nadie. ¿Que centenares de ayuntamientos se saltan la ley relegando la bandera nacional al cuarto de las ratas? Pues se mira para otro lado. ¿Que en la toma de posesión de un presidente autonómico se esconde el retrato del Rey tras un telón negro? Pues se ríe y se aplaude. ¿Que en un estadio deportivo se abuchea el himno nacional? Pues se hace uno el sordo.
¡Ya está bien coño!
Esto no ocurre en ningún otro país del mundo. Sólo aquí, en el reino de los acomplejados, en el paraíso de los tontos del haba. Y es que no se trata de ser monárquico o españolista. Yo no lo soy, ni una cosa ni la otra, y sin embargo me ofende, como a cualquier ciudadano con dos dedos de frente y ni medio de prejuicios, la absoluta desidia de nuestras autoridades con respecto a tales hechos.
Gamberros, ineptos, papanatas, libertinos, cipotes y cantamañanas siempre los ha habido y los habrá, pero cuando se trata de estos temos, que los “aguanten” sus parientes, si es que los aguantan, en su puñetera casa.
Amén.
